La familia Sosa, oriunda de Córdoba capital, de espaldas a un avión sanitario en Ucrania. Tardaron apenas seis meses en recaudar el dinero y de organizar el viaje. Estuvieron cinco años viviendo en Minsk, Bielorrusia
La familia Sosa, oriunda de Córdoba capital, de espaldas a un avión sanitario en Ucrania. Tardaron apenas seis meses en recaudar el dinero y de organizar el viaje. Estuvieron cinco años viviendo en Minsk, Bielorrusia

El sábado 26 de abril de 1986 a las 1:23 de la madrugada la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, ubicada hoy al norte de Ucrania y en ese momento en dominio de la Unión Soviética, liberó una nube de dióxido de uranio, carburo de boro, óxido de europio, erbio, circonio y grafito. Murieron en el acto dos empleados. Morirían otros 29 en los siguientes noventa días.

El reactor nuclear 4 explotó en una prueba de seguridad producto de un sobrecalentamiento y de una serie de sucesos desafortunados de naturaleza humana: desidia, impericia, apatía. Las autoridades del régimen soviético recurrieron a un artilugio habitual: ocultar el desastre detrás de la Cortina de Hierro. "Que el mundo no se entere" fue la consigna. La noticia se filtró como la onda expansiva de la radiación. El hermetismo político no pudo contener la catástrofe ambiental.

Chernobyl en ruso significa vida negra. Su tragedia, su desastre ocurrió seis años antes de que Bielorrusia declarara su independencia el 25 de agosto de 1991, tras el colapso de la Unión Soviética. Cuando al año siguiente una familia argentina oriunda de Córdoba llegó a Minsk, capital del nuevo país, sabían más del hongo radiactivo, de la letalidad del virus, de los efectos de la contaminación y del radio de exclusión que los propios residentes.

Eduardo, Edith, Ximena, Federico y Sebastián. Los padres viven en Málaga, la hija está en Estados Unidos, Federico murió de una enfermedad llamada poliposis múltiple y Sebastián es el único que reside en Argentina
Eduardo, Edith, Ximena, Federico y Sebastián. Los padres viven en Málaga, la hija está en Estados Unidos, Federico murió de una enfermedad llamada poliposis múltiple y Sebastián es el único que reside en Argentina

Los Sosa -madre, padre, hija, dos hijos- vivían en una apacible Córdoba. Gozaban de comodidades que desconocían. No acumulaban lujo ni ostentaban estatus: los regía un espíritu compasivo y altruista. Su filosofía de vida era noble: ayudar a los más necesitados.

Eduardo, el padre, dijo que fueron  Chrnobyl a hacer lo mismo que hacían en Argentina. Médico grastroenterólogo y pastor evangélico, hoy a los 66 años reside en Málaga, España. Sebastián, el hijo mayor de 42, referente de la marca de inmobiliarias Remax, vive en Buenos Aires.

Definió a su padre como un loco: "Es especial, siempre tuvo el deseo de ayudar. Hubo dos cosas que influyeron mucho en él: su padre, otro médico, de ésos que se pasaban media hora hasta conocer al paciente. Mi viejo heredó eso de mi abuelo: amar cada cosa que hacía. Recorría el interior de la provincia visitando consultorios. A veces le pagaban con torta, con postres, con comida, con un chivito. 'Viejo nos tenés que traer plata a casa', le pedíamos. Lo otro que influyó en él fue la iglesia: mi viejo empezó a congregar, a leer la vida de Jesucristo y eso lo marcó mucho. Con mi vieja, siempre tuvieron las ganas de hacer y de dar".

Una vez fueron a Suiza y trajeron 300 kilos de ropa para los niños de Chernobyl. “Cuando llegamos descubrimos un país poblado de gente con ‘mente virgen’. A los pocos meses, la juventud ya tenía ‘modas’ occidentes”, dijo el padre
Una vez fueron a Suiza y trajeron 300 kilos de ropa para los niños de Chernobyl. “Cuando llegamos descubrimos un país poblado de gente con ‘mente virgen’. A los pocos meses, la juventud ya tenía ‘modas’ occidentes”, dijo el padre

Eduardo y Edith cambiaron sus viajes solidarios al Tartagal salteño o al impenetrable chaqueño por el lugar que él había distinguido en sus sueños. Lo conoció por imágenes de diarios. "Tenemos que ir acá", le pidió a su esposa Edith, nutricionista de profesión. Ese lugar era Siberia. Fueron: evidenciaron la necesidad, la escasez y las dificultades. Sintieron la carga emocional de involucrarse. Su objetivo era la Rusia profunda, su propósito mejorarle los días a los desahuciados. En el viaje de regreso conocieron a alguien que les modificó el plan humanitario. "Todos van a Rusia, nadie quiere venir a Bielorrusia por miedo a la radiación", les dijo y los conmovió: "Casi que nos imploró ir hasta allá".

Eduardo estaba convencido. Edith conoció en el viaje a Siberia a una traductora que había cometido una imprudencia en la lógica soviética: mostrar sus sentimientos. Sus compañeros la cargaban porque le había suplicado piedad a unos clientes, porque había roto el protocolo. "Yo quisiera tener lo que tienen ustedes -les dijo-. Todos dicen que van a volver y nunca vuelven". Edith, movilizada y estremecida, se había decidido. Restaba convencer a Sebastián, Federico y Ximena, sus tres hijos adolescentes.

Cuando los estaban por deportar, el embajador argentino les recomendó comprarse un auto e huir a Polonia. En la imagen, cuando pincharon una goma en la ruta Minsk – Brest, una de las más peligrosas de la zona
Cuando los estaban por deportar, el embajador argentino les recomendó comprarse un auto e huir a Polonia. En la imagen, cuando pincharon una goma en la ruta Minsk – Brest, una de las más peligrosas de la zona

"Volvieron, nos sentaron y nos mostraron fotos -contó Sebastián-. Me acuerdo de ver a mi viejo muy conmovido. Nos habló de lo aislada que vivía esa gente, de sus necesidades, de cuánto los había afectado Chernobyl. Nos dijo: 'A su mamá y a mí nos gustaría que hagamos este viaje en familia'. Nos preguntó si teníamos ganas de ir. Recuerdo por un lado pensar 'qué guacho mi viejo que me tira la responsabilidad a mí por ser el mayor', y por otro lado me pareció que nos dio la posibilidad de hablarlo. La decisión, sin embargo, era ir. Sabíamos era había un grado de inconsciencia. Pero somos osados, lo hacemos". Dejaron todo: sin reservas y sin retorno.

Eduardo relató que no quisieron obligarlos o presionarlos. Sebastián pensó que, más allá de sus opiniones, la decisión estaba tomada y había que acompañarlos: no dejaban de ser jóvenes de 12, 13 y 16 años en los albores de la década del noventa. Era, como confesó Eduardo, una aventura demasiado riesgosa, una locura. Era, como precisó Sebastián, una gesta noble, heroica. Los tres hijos debieron firmar un consentimiento para viajar a Bielorrusia. La carta estaba fechada el 21 de noviembre de 1992.

La carta que los jóvenes Sosa debieron firmar para que pudieran viajar a Bielorrusia. Los hijos tenían 12, 13 y 16 años y cursaron los estudios desde allí
La carta que los jóvenes Sosa debieron firmar para que pudieran viajar a Bielorrusia. Los hijos tenían 12, 13 y 16 años y cursaron los estudios desde allí

El aeropuerto de Ezeiza era ya un mundo inconmensurable y desconocido para los hijos de la familia Sosa. Llegar a Moscú significaba una hazaña cautivante. "Ves gente por todos lados, conocés la nieve. Al principio es todo romántico, es todo turístico, es todo lindo hasta que te das cuenta que vas a quedarte a vivir ahí un montón de tiempo, sin saber el idioma y sin conocer a nadie", contó Sebastián.

Se instalaron en un precario hotel de media estrella en Minsk. Tenían visa de visitante, no de residente. El trámite costó seis largos meses: los Sosa definieron ese semestre como "atroz". Para subsistir repitieron todas las semanas una misma dinámica. Los lunes viajaban a Moscú para recibir un permiso de visitante por tres días. Los martes a la noche regresaban a la capital bielorrusa. La visa temporal les servía hasta el sábado. Los fines de semana no iban a ser descubiertos. Los lunes volvían a practicar ese mecanismo.

Dos veces los quisieron deportar. Una vez escaparon hacia Polonia. El embajador argentino Juan Carlos Olima, vicecanciller durante el gobierno menemista, les suplicó que huyeran. Resistieron. Se les ocurrió fundar una organización no gubernamental con la que garantizaron su estadía hasta 1997, hasta que el dictador Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia desde el 20 de julio de 1994 y un nostálgico de la extinta URSS, emprendió una persecución a la comunidad extranjera que derivó en la expulsión de embajadas de naciones occidentales.

“Cuando comías, le entregabas tu cuerpo a Dios para que no te pasara nada”, contó Sebastián
“Cuando comías, le entregabas tu cuerpo a Dios para que no te pasara nada”, contó Sebastián

"Nos encontramos con un país triste, apagado y enfermo, con pocas esperanzas, con gente que sabe que nada bueno va a sucederle en su vida -rememoró Eduardo-. Nosotros éramos los bichos raros, no podían creer que un país como el nuestro, 'de negros, indios y pobres', podía ayudarlos. Pero les caíamos bien porque éramos latinos, occidentales pero no del primer mundo. Recién se había derribado la Cortina de Hierro. Hacía setenta años que no veían nada del mundo exterior. Para ellos, nosotros significábamos la modernidad".

En Minsk, a 350 kilómetros del foco radiactivo de Chernobyl, el costo de vida era cinco veces menos que en la capital rusa. El salario mínimo era inferior a 12 dólares, mientras que en Moscú ascendía a 140. Los Sosa estaban financiados por donaciones y alimentados con promesas de víveres que a veces llegaban y a veces no. Permanecía en Bielorrusia reminiscencias y melancolías del régimen soviético: no habían compañías occidentales, no existían Coca Cola ni Mc Donalds. Sebastián recuerda con gracia que había una única marca de desodorante, una única marca de jabón. Dijo que hasta los almacenes más pequeños de Argentina tenían más variedad de productos que el supermercado más grande del flamante país de la Europa Oriental.

Eduardo y Ximena, en un hospital de Minsk. Además de realizar cuidados médicos, repartían golosinas y juguetes, entre otras cosas
Eduardo y Ximena, en un hospital de Minsk. Además de realizar cuidados médicos, repartían golosinas y juguetes, entre otras cosas

Sebastián identificó, con el tiempo, un curioso rito de los residentes: "Los soviéticos hacían cola para todo. A veces nos organizábamos y nos parábamos a propósito frente a un mostrador para atraerlos. Venían y armaban una fila sin saber lo que se vendía".

La comedia maquillaba el drama: como los artículos escaseaban, era prioritario cubrir necesidades básicas. Las colas suponían la comercialización de un producto urgente, en un contexto donde las emergencias acechaban. Sebastián nombró dos mercaderías antagónicas de bajo stock: el papel higiénico de origen finlandés (los árboles locales estaban contaminados) y las camperas ("cuando llegaba una, todos comprábamos la misma"). La única vía para obtener algo diferente eran los mercados informales que se montaban en los estadios de fútbol: para la familia argentina la feria del Dinamo Minsk era una suerte de La Salada soviética.

Chernobyl era asunto clasificado. El hermetismo del régimen soviético sobre la catástrofe nuclear concibió una comunidad ignorante. Había un profundo desconocimiento sobre los efectos de la nube radiactiva.

Sebastián lo describió: "Era triste porque no se sabía mucho del tema. Se destapó recién en el '94 cuando empezaron a vender mapas con escala de colores de las zonas más afectadas por la radiación. Recién ahí comenzaron a tomar conciencia del desastre. Pero el extranjero sabía más de lo que ahí se hablaba". Chernobyl y sus consecuencias yacían únicamente en los hospitales y en el deterioro de la salud de las personas.

“Nunca trabajamos por dinero, nunca fuimos remunerados. Recibíamos donaciones que a veces llegaban y a veces no”, narró Sebastián, que se fue en la mitad de la estadía a estudiar a los Estados Unidos
“Nunca trabajamos por dinero, nunca fuimos remunerados. Recibíamos donaciones que a veces llegaban y a veces no”, narró Sebastián, que se fue en la mitad de la estadía a estudiar a los Estados Unidos

Los Sosa estaban en Bielorrusia para hacer lo mismo que hacían en su país: ayudar. Era un núcleo familiar inseparable. Iban los cinco a visitar hospitales, sanatorios, orfanatos y hogares. Se vestían de payasos, cantaban canciones, distribuían golosinas, títeres, juguetes, cumplían funciones clínicas y espirituales. Destinaban su tiempo. Se dedicaban a estar y contener. Les contagiaban sonrisas a niños sin prosperidad. Su trabajo consistía en darles atención. Se encargaban de transmitir alegría y de renovarles esperanzas. "Aportamos un pequeño granito de arena a una sociedad golpeada, un pueblo que ha sufrido mucho. El recuerdo que me queda es que aportamos valores y principios para una generación nueva, hicimos algo, colaboramos, aunque sea poco", resumió Sebastián.

"Nos enamoramos de hacer ese trabajo con los niños de Chernobyl", ratificó Eduardo. Nunca se olvidará del hospital con 127 niños con cáncer de tiroides que no recibían tratamiento y de las maternidades vacías porque ninguna madre deseaba parir hijos enfermos. "Hubo una generación que desapareció en Bielorrusia", sentenció. La ignorancia de los residentes empataba con la inconsciencia de los visitantes.

Los Sosa adoptaron ciertos recaudos de consumo: eventualmente cruzaban hacia Varsovia, Polonia, para abastecerse de bebidas y enlatados. No tomaban leche ni agua de Minsk y algunas comidas intentaban evitarlas. Conocían los riesgos y su exposición, pero a veces debían desoír las recomendaciones, tal vez por asimilación del contexto o por mera cordialidad. "Hacíamos lo que podíamos. Éramos parte de ellos, teníamos que aceptarlo y punto", graficó Sebastián. "Si nos invitaban a cenar a la casa de alguien, había que comer lo que nos sirvieran", validó Eduardo.

Una de las postales que recuerda la familia Sosa: el colectivo, el frío y la nieve. Los Sosa aman Bielorrusia y quedaron profundamente agradecidos con la comunidad que los albergó
Una de las postales que recuerda la familia Sosa: el colectivo, el frío y la nieve. Los Sosa aman Bielorrusia y quedaron profundamente agradecidos con la comunidad que los albergó

Ambos coinciden en un análisis: no se arrepienten de nada, volverían a realizar la misma misión humanitaria. No saben de reproches ni lamentos. Incluso tras la fatalidad de uno de los suyos: Federico, hijo de Eduardo y hermano de Sebastián, falleció en 2014 en la Fundación Favaloro. La causa: poliposis múltiple. La enfermedad, hereditaria, lo golpeó sin razón.

"Tal vez estuvo motivada por la radiación, pero nunca lo sabremos -expresó su padre-. Creo que se murió porque tuvo que morirse y punto. Nuestros hijos y yo tuvimos complicaciones. Él peleó la más brava: se enfermó en 2009 y murió cinco años después. Pero nunca se quejó por haber ido, nunca se arrepintió de nada. 'Cuando salga de ésta, vamos a vovler', me decía".

"Si me lo preguntás a mí como padre, tal vez sí fue una decisión inconsciente. Pero teníamos que estar ahí, en el lugar y en el momento justo. En la vida tenemos poco tiempo para hacer estas cosas", razonó Eduardo.

Asumen, con su hijo, que su expedición a la zona limítrofe de Chernobyl era algo que debían hacer. Sus recuerdos difíciles se traducen en las costumbres impartidas, en los olores, en las comidas, en los inviernos dominantes, en las postales desesperanzadas. Y se miden en parámetros existenciales: las enseñanzas de un pueblo aletargado, entender que el esfuerzo nunca bastaba, comprender que la ayuda era valiosa pero ínfima, preguntar hasta dónde alcanza su utilidad.

Un diario de época que reconoce la tarea humanitaria del equipo argentino de la familia Sosa
Un diario de época que reconoce la tarea humanitaria del equipo argentino de la familia Sosa

Sus recuerdos felices radican en los fenómenos curiosos: tirarse sobre papel y cartón en la nieve, dejar ropa colgada y retirarla congelada, olvidarse una botella de agua en el balcón y que se explotara, patinar con el auto sobre el hielo. Y en las situaciones simples: descubrirse juntos y mejores, sentirse queridos por los demás, saber el idioma, ir al supermercado, interactuar y volver con el artículo correcto. Misceláneas de una familia cordobesa sobre el frío de Minsk, a la sombra de Chernobyl.

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