El naranja de los Países Bajos no figura en su bandera, el azul de Japón no tiene nada que ver con su sol rojo y el amarillo y verde de Australia viene de una flor. Varios seleccionados nacionales de fútbol visten colores que no corresponden a los de su emblema, una anomalía que tiene explicaciones históricas, botánicas y hasta monárquicas.
El caso más conocido es el de los Países Bajos. Sus hinchas tiñen el cabello, decoran fachadas y llenan estadios de naranja en cada gran torneo. El país tiene incluso un término para esa fiebre colectiva: oranjegekte, literalmente “locura naranja”. Pero la bandera tiene los colores rojo, blanco y azul, sin rastro de otro.
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La razón es territorial: el naranja no es una tonalidad, es un lugar. El pequeño principado de Orange, en el Vaucluse francés, cerca de Aviñón, pasó en el siglo XVI a manos de Guillermo de Orange, padre fundador de la nación neerlandesa. El color se convirtió en emblema de la monarquía y luego del país entero. La bandera, por su parte, adoptó el rojo en reemplazo del naranja por ser más visible en el mar. El maillot naranja sobrevivió incluso a una goleada de 12-2 ante Inglaterra en su debut en 1907, y nunca fue abandonado.
El recorrido de Japón hacia el azul fue más accidental. El emblema nipón lleva blanco y rojo, pero la selección luce la tonalidad del mar desde 1930, cuando fue la Universidad Imperial de Tokio la que representó al país en los Juegos de Extremo Oriente. Los universitarios vestían camisetas azul cielo, y ese color quedó asociado al equipo nacional.
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La superstición hizo el resto: en Berlín 1936, el País del Sol Naciente venció a Suecia por 3-2 con ese uniforme, su primera victoria internacional. Entre 1988 y 1992 hubo un intento de volver al rojo y blanco, pero los resultados fueron negativos: eliminación en el Mundial de Italia 1990 y fracaso en los Juegos Olímpicos de Barcelona. El azul regresó en 1992, esta vez en un tono más oscuro, y Japón conquistó la Copa de Asia poco después. Desde entonces, el color no se tocó más.
Australia tiene una lógica diferente, y es botánica. Su bandera lleva rojo, blanco y azul, pero sus deportistas -los Wallabies en rugby, los Socceroos en fútbol, los atletas olímpicos- visten de amarillo y verde sin excepción.
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El origen está en el golden wattle, el acacia dorado, que en 1901 fue incorporado a los escudos del Commonwealth como símbolo de unidad nacional. El gobierno australiano reconoció oficialmente el amarillo y el verde como colores nacionales en 1984, aunque los Wallabies ya los usaban desde 1928 y los Socceroos desde su primera Copa del Mundo, en 1974.
En Nueva Zelanda, la elección del blanco para el fútbol fue una reacción directa al negro que domina el deporte del país. Los All Blacks del rugby, los Black Caps del cricket, los Tall Blacks del básquetbol y los Black Sticks del hockey comparten ese color. Los futbolistas también lo usaron en sus inicios, pero en 1982, durante las clasificatorias mundiales, enfrentaron a Taiwán con una camiseta completamente blanca. El apodo All Whites nació de inmediato, por contraposición directa a sus vecinos del balón ovalado.
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El caso de Italia es quizás el más paradójico. La Nazionale, ausente del Mundial 2026 tras una tercera eliminación consecutiva en repechaje, siempre jugó de azul a pesar de que su bandera es verde, blanca y roja. Hasta 1910 la selección vestía de blanco. Al año siguiente adoptó el azul de la Casa de Saboya, en homenaje a Víctor Manuel II, primer rey de la Italia unificada, cuyo escudo de armas estaba rodeado de ese color.
El azul se convirtió en símbolo de unidad para una nación joven. En 1946 la monarquía fue abolida y la familia de Saboya desterrada, pero el color permaneció. Cuatro títulos mundiales después -1934, 1938, 1982 y 2006- nadie consideró necesario cambiarlo.
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