Luciana Peker acuñó la expresión “revolución de las hijas” en su discurso en el Congreso por la legalización del aborto
Luciana Peker acuñó la expresión “revolución de las hijas” en su discurso en el Congreso por la legalización del aborto

Cuando Luciana Peker comenzó a preparar lo que sería su discurso -desde su lugar como periodista especializada hace más de 20 años en la temática de género- para defender en el Congreso la legalización del aborto, encontró inesperadamente las palabras indicadas en el pelo de su hija Uma. 

Mientras la peinaba para ir al colegio, casi como una verdad epifánica, sintió que ahí estaba lo que ella quería decir. Que, en las calles, había una "marea" de mujeres jóvenes y adolescentes que habían abrazado el reclamo y habían decidido convertirlo en su bandera. Que, lejos de pasar inadvertidas, eran los rostros centrales de la movilización y que lo que ahí estaba manifestándose era "la revolución de las hijas". Que todas las luchas pasadas y venideras encontraban al fin un sentido en ellas.

Hace poco más de un año, cuando el color violeta distintivo de las marchas feministas viró al verde oscuro y ungió al aborto como demanda protagonista en forma de pañuelo, glitter, pintura y banderas, Luciana Peker le puso nombre a un fenómeno que desde sus ojos transformó al feminismo en "el actor político más importante de la Argentina".

La autora de La revolución de las mujeres no era solo una píldora (Eduvim) y Putita golosa, por un feminismo del goce (Galerna) tomó entonces ese nombre, que aún después de que la ley por el aborto no se aprobara en el Senado se masificó, y lo profundizó en un libro homónimo: La revolución de las hijas (Paidós).

A partir de él y en una mañana fría de otoño porteño, Peker recibe a Infobae en la calidez de su casa, enfundada en un vestido color verde aborto y con brillos en las uñas para hablar de todo lo que el libro recoge: el protagonismo de las jóvenes (y no tanto) en las calles, las diversas formas de violencias y desigualdades que aún persisten y los desafíos de un feminismo cada vez más plural y no por eso menos caótico que busca conquistar más espacios de poder.

Es periodista especializada en género y autora de varios libros de la temática
Es periodista especializada en género y autora de varios libros de la temática

—"La revolución de las hijas" muchas veces se relaciona directamente con el protagonismo que tienen las jóvenes en el feminismo. ¿Va más allá de la cuestión generacional?

—Me parece que el vínculo entre madres e hijas como un vínculo interpelador en la historia argentina es central. Las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo son la columna vertebral de la resistencia a la dictadura, aún en democracia, de la historia política de la Argentina y del protagonismo de las mujeres en la historia argentina. Eso nos define. Pero ahí no está sólo el protagonismo de Madres y Abuelas, sino el rol que tuvieron esas hijas desaparecidas, desde Claudia Falcone hasta Laura Carlotto. Estela vino a la presentación del libro y decía "todes": "Estoy aprendiendo porque meriendo con mis nietas los domingos", decía. Hay un intercambio intergeneracional que es precioso. Remo Carlotto, su hijo y ex diputado, dice una frase que para mí es muy paradigmática: "Laura la parió a Estela". Hay algo por supuesto en la fuerza de ellas pero hay algo aún en las hijas desaparecidas, asesinadas, muertas por femicidios y terrorismo de Estado que es muy constitutivo de la historia argentina.

—De todas formas en la tapa del libro están las chicas adolescentes, el glitter, los emojis… ¿Creés que la época facilitó que ellas fueran las protagonistas?

—Si, por eso rescato la historia, las chicas no vienen de un repollo. Muchos me dicen "¿Por qué no 'La revolución de las pibas'?" Y a mí me interesa reivindicar la palabra hijas. Me da gracia que futbolísticamente decir "hijos nuestros" es subestimar al equipo perdedor, a mí la palabra "hijas" me da más a orgullo. Hablo de las jóvenes como sujeto, pero también de sus relaciones políticas y vinculares. Sí, en Argentina hay una revolución política protagonizada por jóvenes, pero eso no quiere decir que sea excluyente, que no haya adultas, que no haya pioneras. Y las pibas tienen mucho respeto por ellas. Hay una admiración intergeneracional muy buena, que en otras partes de Latinoamérica no ocurre. Hay algo colectivo, un vínculo madre-hija que cambia y se libera con esta revolución del poder de los hijos en todas las mesas y las casas. Incluso cambian las relaciones con los padres. No en todos los casos, pero es algo que miro y que pasa mucho. Las hijas interpelan.

“La revolución de las hijas”, de Luciana Peker (Paidós)
“La revolución de las hijas”, de Luciana Peker (Paidós)

—Ahora que está tan discutido el rol de los varones en el feminismo y que a muchos de ellos les llegó a través de sus hijas, entra en debate también el rol de los padres.

—Yo prefiero la autocrítica en los varones, aún un poco impostada, que la exacerbación del machismo. Sostengo que no quiero varones sin prontuario, sino hombres dispuestos a cambiar y escuchar (por supuesto que si cometieron machismo, violencias y abusos están excluídos de eso) y ahora es un poco más habitual la deconstrucción, pero no son todos. Cuando te preguntan qué hacer, la respuesta es bastante sencilla y aún así es lo que no hacen: escuchar. Me parece muy interesante que hay algo subjetivo en el deseo de los varones de querer a sus hijos e hijas, que muestra cómo el amor puede transformar procesos históricos. Son varones que no escucharon a sus esposas, a sus amantes, a sus novias, a sus compañeras de trabajo, a las periodistas, activistas o diputadas pero sí a sus hijas. El deseo de ser buenos padres o de enmendar errores hizo que las escucharan. No hay político o periodista que haya cambiado donde vos no veas que hubo una hija que estuvo fogoneando ahí. Las hijas rompen todo en las mesas familiares, mucho más de lo que hicimos generaciones anteriores. Tal vez nosotras lo hacíamos afuera pero no en nuestras casas.

Me parece que el vínculo entre madres e hijas como un vínculo interpelador en la historia argentina es central. Las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo son la columna vertebral de la resistencia a la dictadura, aún en democracia, de la historia política de la Argentina y del protagonismo de las mujeres en la historia argentina. Eso nos define. Pero ahí no está sólo el protagonismo de Madres y Abuelas, sino el rol que tuvieron esas hijas desaparecidas, desde Claudia Falcone hasta Laura Carlotto

—En el libro decís que las nuevas generaciones "transforman las formas de criar y gobernar" pero también que "la política tradicional desilusiona y no enamora". ¿Cómo se refleja eso en un año electoral? ¿Cuál es el punto de encuentro entonces entre el feminismo y los partidos políticos?

—Ese hoy ese el gran problema. La calle y la resistencia al macrismo fue del feminismo y eso para mí no es casualidad, fue porque el feminismo pudo mantener la autonomía. Pero veo un problema en cómo se traduce eso en poder real. En principio, que hoy no sólo se pude ser diputada a los 25 años y senadora a partir de los 30, sino que el promedio de edad de senadoras es de 57 años. O sea que hoy una piba de 18 años tiene que esperar tres veces su propia existencia para poder llegar a ser una senadora promedio y generar un cambio. Hoy, las que sufren el aborto clandestino no votan en el senado y los que votan no son quienes van a abortar. Esa distancia en la política argentina es un problema gravísimo. Aunque los cupos no solucionan todo en lo personal creo en las democracias con acciones afirmativas. Yo permitiría que a partir de los 16 o 18 años, que se puede votar, los chicos y las chicas puedan ser senadores y senadoras. No necesariamente ser mujer implica defender políticas de género ni ser joven implica defender políticas revolucionarias y entiendo las dificultades de esa transformación en lo legislativo, pero yo estoy a favor de que una piba de 18 años pueda ser senadora. Si no, no tiene derechos completos y en el camino pueden pasar un montón de cosas. No se puede aislar a un sector político tan importante.

Para Luciana Peker, “el gran enemigo del feminismo es el neofascismo”
Para Luciana Peker, “el gran enemigo del feminismo es el neofascismo”

—Es decir que, además de la calle, las jóvenes feministas deberían ocupar las listas.

—No creo que la vía de cambio sea sólo electoral, no creo que todas tengan que ser candidatas ni que todo se cambie en las listas o en la política legislativa, pero sí creo que hay que respaldar más a las referentes en los partidos y a las mujeres que aspiran a tener poder. Cada cual decide en las urnas qué votar, creo mucho en la pluralidad, pero aspiremos a que las mujeres ocupen todos los lugares de poder que quieran y puedan. Estoy alarmada de cómo cuadros políticos juveniles tan importantes e impactantes como Ofelia Fernández no tienen un lugar garantizado y destacado en las listas, ni siquiera como legisladora porteña, que es el único lugar que puede ocupar y le queda chico en relación a la capacidad de cambio que tiene una ciudad. Tendría que llegar al Congreso de la Nación. Los partidos políticos tradicionales no pueden usar solamente a las pibas y ponerlas de candidatas, tienen que darles además lugares preponderantes. Después, que cada cual elija qué vota y que se puedan marcar las diferencias políticas legítimas con respeto, pero haría una apelación a la menor crueldad e internismo dentro del feminismo.

El deseo de ser buenos padres o de enmendar errores hizo que las escucharan. No hay político o periodista que haya cambiado donde vos no veas que hubo una hija que estuvo fogoneando ahí. Las hijas rompen todo en las mesas familiares, mucho más de lo que hicimos generaciones anteriores. Tal vez nosotras lo hacíamos afuera pero no en nuestras casas

—Hablás seguido de "feminismos" en plural. Si el feminismo es tan diverso y democrático ¿cómo puede resolver el desafío del debate de sus diferencias e internas?

—Entre discutir tanto entre nosotras y que no nos lleven puestas por eso yo prefiero la segunda. Las diferencias y los debates me parecen legítimos y fruto de un feminismo horizontal, asambleario y con formas de construcción mucho más democráticas que la política tradicional. Parte de lo que nos pasa es que la política está acostumbrada a sentarse en una mesa y negociar, son grandes operadores. El feminismo no negocia en una mesa y no hay una presidenta del feminismo pero eso no nos tiene que quitar la posibilidad de llegar al poder. La horizontalidad fue lo que construyó al feminismo como gran resistencia en estos años, porque tiene una legitimidad y una forma de organización autónoma que no fue aplacada por la idea de disciplinamiento. Admiro a las que hacen gestión en la función pública, pero la autonomía del movimiento del Estado no se tiene que perder. Este es un momento donde el gran enemigo del feminismo es el neofascismo. Pero aún sin caer en la verticalidad hay que poder respaldar a algunas referentes. El gran peligro de este ataque permanente en redes sociales y la deslegitimación de referentes es que puede dilapidar absolutamente el poder político de las calles. Ahí el gran peligro del feminismo es el propio feminismo.

“No me interesa un feminismo que sea cruel con las otras mujeres”
“No me interesa un feminismo que sea cruel con las otras mujeres”

—¿Eso es lo que llamás "feminismo carnívoro"?

—Es el feminismo que se come a las otras, que es cruel con la más cercana, que hace llorar, que genera más dolor hacia algunas personas del que le genera a quienes están de la vereda del frente, que destroza a todas permanentemente y que no piensa en la otra. Es la anti-sororidad. Te puede gustar o no un libro, podés tener posturas diferentes, querer que alguien participe en una lista política y vos querer votar a otra. Es legítimo. Lo que me parece que no es legítimo es la crueldad. No me interesa un feminismo que sea cruel con las otras mujeres. Me parece nocivo. A mí no me interesa ser algo decorativo y no aspirar a poder, aunque el único poder no sea electoral. No vamos plantear un mundo naif e ingenuo donde las diferencias se dirimen con buenos modales, no tenemos que ser un ejemplo de amor y paz. Puede haber diferencias volcadas con mucha pasión pero sí creo que hay determinada artillería con mucha crueldad. Yo apuesto a que no nos lleven puestas y que nuestras diferencias legítimas no destrocen a quienes quieran llegar a ocupar algún lugar de poder público.

Parte de lo que nos pasa es que la política está acostumbrada a sentarse en una mesa y negociar, son grandes operadores. El feminismo no negocia en una mesa y no hay una presidenta del feminismo pero eso no nos tiene que quitar la posibilidad de llegar al poder. La horizontalidad fue lo que construyó al feminismo como gran resistencia en estos años, porque tiene una legitimidad y una forma de organización autónoma que no fue aplacada por la idea de disciplinamiento

—Aunque vos decís que "la pelea por el aborto no fue solo por las jóvenes que abortan ni sólo por el aborto", ¿por qué crees que igual el reclamo monopolizó las marchas feministas?

—Es la gran consigna y hay una necesidad imperiosa, urgente e impostergable, de que se apruebe el aborto legal seguro y gratuito. Creo que simboliza además la gran demanda de las mujeres y de las jóvenes que es ser iguales. No creo que las jóvenes puedan ser ciudadanas plenas hasta que no vivan en un país con aborto legal. Por supuesto que hay otras demandas, pero la pelea por el aborto legal significó muchas más cosas que eso. Si una chica tiene sexo con un chico, uno de los dos se puede morir por tener sexo y uno de los dos es la chica, eso es por la clandestinidad del aborto. Las chicas crecen y se enfrentan a su sexualidad con esa sombra de la muerte. Hasta que el Estado no garantice que eso se quite no van a ser ciudadanas plenas con derecho al goce, por eso es que el pañuelo verde se ha convertido en una contraseña de ayuda y complicidad que excede la demanda del aborto. Las chicas y adolescentes se sienten más seguras en el transporte público, por ejemplo. Pero además no somos solo una agenda de género, somos un movimiento político, no solo porque las demandas son de mayor igualdad y de mayor transformación política y económica, sino porque además somos un movimiento político de resistencia. La política tradicional tiene que entender que no somos un decorado, que no nos vamos a callar, y el feminismo tiene la responsabilidad histórica de actuar en base a eso.

“El gran peligro del feminismo puede ser el propio feminismo, hay que bajar la crueldad”
“El gran peligro del feminismo puede ser el propio feminismo, hay que bajar la crueldad”

—Si un candidato ya "cumple" con el feminismo diciendo que está a favor del aborto, ¿cómo hacer para que otras demandas no queden ocultas bajo ese reclamo?

—Yo no creo que después del movimiento que hubo en relación al aborto legal tendría que llegar un candidato o candidata a la presidencia que esté en contra. Porque más allá de eso, esos candidatos tienen que ser lo suficientemente valientes como para oponerse al lobby de las iglesias católicas y evangélicas. Si no están dispuestos a eso no es sólo que no van a defender el aborto, sino que además van a retroceder en derechos. Si no están a favor del aborto legal para mí no están a favor de las mujeres y las disidencias sexuales. Si los sectores antiderechos no dejaron pasar el aborto legal en Argentina es porque Argentina es un disparador para toda América Latina. No les creo a los candidatos y candidatas que se opongan al aborto por libertad de convicciones, sino por el lobby y los aprietes que hay detrás y que me parecen ilegítimos y peligrosos. Más allá de que existan muchas otras demandas, no me parece que se pueda decir: 'Si no están a favor del aborto legal encontremos en qué punto nos ponemos de acuerdo'. No, no se puede negociar. Son sectores que en todo el mundo quieren destrozar al feminismo y sacar los derechos de mujeres, lesbianas, gays, bisexuales y trans.

Fotos: Adrián Escandar

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