Por Luciana Peker

 

Putita Golosa, por un feminismo del goce nace de los temblores. La noche que las piernas se fueron como si desbarrancaran solas por un abismo en el que ya mi fuerza, mi llanto, mi trabajo, mi duelo no alcanzaron. Ya se habían ido mi papá y el padre de mis hijos. Ya estaba sola, mucho antes mis abuelos y, en vida, mi mamá. Ya había escuchado que no hacer tríos o tomar drogas iba a ser la ruina de la apuesta más fuerte de mi vida: una familia. Ya caminaba con una hija al hombro y otro hijo de la mano, ya trabajaba más horas de la que podía, ya vivía en un departamento sin altibajos de donde rodar por la escalera, ya sabía lo que era despertarme sola a consolar los llantos y poner una toalla sobre las sábanas sucias por vómitos infantiles cuando acunar y cambiar las sábanas no son maniobras posibles con dos manos.

Tenía 32 años. Y, ahora, me veo joven.

El frío en el cuerpo no es algo explicable. No es algo explicable cuando una sabe como domar o desembocar el dolor. Una torta de manzana tibia con helado de crema suele ser infalible. Hablar con Daniela. Llorar a mares. Escribir con una convicción tan naif e idiota como el amor: con el afán de cambiarlo todo. Pero no alcanzaba. El dolor era todavía más fuerte que cuando mi abuelo me dijo que estaba muerto y estaba vivo y que cuando se derrumbó en mis brazos, como saludo final, para siempre, entre los azulejos celestes del baño de Ángel Gallardo y que cuando mi papá, con las últimas gotas de morfina, me dijo que se estaba muriendo y él –que prohibía la palabra muerte y se fue sin tumba con más secretos que palabras- me dijo que se moría. Sufrí más porque la nombrara que porque se muriera. Pero yo tenía siete meses de embarazo. Fui a comprar medias de colores al Abasto. Salí del duelo con la cuna. Y me abracé al amor más grande.

Hasta que temblé. Temblé cuando la vida no te permite temblar. Y la explicación la tiene el recetario que busca frenarte el cuerpo con una patada de caballo tragada con saliva. El frío no se fue. Pero aprendí a callarme y a tragar. Temblar era otra cosa. Temblé también en la cama que se volvió inmensa la noche que después del Encuentro de Mujeres de Mar del Plata, después de correr por la primera represión del fin de un gobierno y el comienzo de otro, los neonazis amenazaron a chicas dentro de la Catedral de Mar del Plata, llamamos a la Ministra de Seguridad para que las dejara libres y volvimos peloteando y analizando la revancha represiva y fascista en un auto manejado por cuatro. Sabíamos lo que pasaba y lo que venía. Pero igual me sorprendí–igual que en el amor, como si la lucidez, no fuera nunca un remedio para no enamorarse o espantarse- y me dio miedo cuando el señor neonazi me llamo a mi casa para invitarme a tutearlo sabiendo de su afán por derrocar monumentos por la memoria de los desaparecidos y correr socorristas en las marchas.

Temblé y fui a denunciar y esa fue la última vez que vi a Lohana Berkins. Y ella lo último que me dijo fue:

-Para nosotras coger es más difícil.

Le pedí que me explicara más, pero Lohana me refunfuñó con que "ustedes, las periodistas, siempre quieren preguntar más". Cada vez pienso más en Lohana y en esa frase: el precio por coger habla de la vulnerabilidad social, igual que el precio por trabajar, mandar, estudiar, salir a la calle. El sexo es una forma de medir la desigualdad, difícil para las mujeres, siempre más difícil para las trans.

¿Cuál es nuestro precio por coger?

Hay algo más que entendí con los temblores. Mi autonomía tiene límites. No solo la que busco, sino también la que me demandan. No solo me piden que pueda, sino que lo pueda todo. Yo quiero el poder. Pero también la imposibilidad de poder o la gracia de ser llevada y convidada con chispas.
El amor y/o el sexo, cuando llegan a ese limbo que se confunde, que desentraña al toro mecánico que solo busca tirarte como gracia de las fiestas, o irse antes de llegar, tiene un poder que está cubierto de fragilidades anteriores (nadie que ya haya pasado por las muertes de quienes te ampararon o en quien buscaste amparo puede estar exento de una fragilidad que no se desentierra) y, mucho menos, de los mandatos del amor romántico que el feminismo denuncia con la razón entera en que dejemos de esperar besos redentores y ser sirenas sin piernas.

Sin embargo –y Putita Golosa es un libro del sin embargo- el amor y/o el sexo (el que te hace temblar las piernas) tienen un poder que no hay satanás anti machismo que nos exorcice del todo de ese sacudón en el que nos envuelve. Yo descubrí el Punto G, de mi fragilidad y mi felicidad, también de mi deseo a los varones, aún en épocas en que -sin dudas- no es la mejor opción para salir bien parada: el cuerpo potente en la posición más vapuleada por la sexología hot, ese momento en el que sos una hoja llevada por un viento que no te pide nada, sin semáforo (que nunca titilan en rojo y en verde simultáneamente) para descruzar las piernas y podes palpar los brazos sin miedo a caerte de ninguna escalera, ni de ningún abismo, en que los besos no se retacean ni se esgrimen como un duelo, en que la fuerza se desentraña del miedo y te potencia como un abrigo o una sortija sin otro sentido que el triunfo de dar vueltas para entender que el mundo no es un punto fijo y siempre se puede mirar desde un lugar distinto.

(Salvador Batalla)
(Salvador Batalla)

El feminismo hoy es la gran y única revolución por y gracias a su autonomía política, intelectual y cultural. Y el límite de la autonomía es también, una forma, no la única, de reconocer el cerrojo al liberalismo (queremos ser libres, no liberales) de pensar en una autonomía absoluta. Yo creo en una autonomía cooperativa. Y reconozco mi límite y mi utopía: el amor y el sexo en el que me siento una hoja resguardada de temblores por un cuerpo que me cubre y no me vela. Tramo también el poder de ese goce. Pido que se vuelva potencia y no revancha. Le rezo en susurros de pecado a las cintitas desanudadas de Bahía que el mar nos levante y no nos arrolle cuando las piernas ya no comulgan con la arena y también planto una bandera (frente a la marea feminista que nos empalma y nos pone glitter entre las lágrimas): no quiero regalarte mi fragilidad si no querés recibirla.

 

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