
Fue de madrugada, en la casa de enfrente, la despertaron los gritos. Laura estaba por cumplir 40 años, era dermatóloga y su vecina -la mujer que gritaba- acababa de encontrar a sus dos hijos muertos. Durante los 10 años que siguieron, Laura no logró hablar de aquella noche sin llorar. Fue un accidente dramático y, sin embargo, cambió para siempre su relación con la muerte.
Pasaron 27 años de la madrugada fría en que esos dos chicos murieron intoxicados con monóxido de carbono y Laura Aresca (66), que ya no es dermatóloga, dice a Infobae:
"Hasta ese momento, la muerte era un cuco para mí. 'De esto mejor no hablo, mejor ni la pienso, a ver si la atraigo'. Tenía esa fantasía de que si no pensaba en eso hacía una especie de conjuro para que no ocurriera. Pero a partir del accidente empecé a ver la muerte desde otro lugar".

No es que la muerte y la discapacidad no hubieran estado presentes en su vida, porque habían existido desde que ella se gestaba en la panza de su mamá. Laura lo contó en una charla TED llamada "Somos lo que superamos".
Cuando su mamá estaba embarazada, su papá fue a ver un torneo de boxeo a un club de Bell Ville, Córdoba, donde vivían. La lluvia se acumuló sobre un toldo improvisado y una pared cayó encima de los espectadores: murieron 41 personas, su papá sobrevivió pero quedó parapléjico.
Lo que cambió entonces, con respecto a la muerte, fue su forma de acercarse. En 1994, dos años después de la muerte de los dos chicos, Laura Aresca hizo un posgrado en psicología clínica y fue ahí que conoció a un médico que acompañaba a las personas a morir. Después estudió psico- oncología y, durante las últimas décadas, acompañó a cientos de personas en el proceso final de sus vidas.
De los años que lleva acompañando, no sólo a quienes están por morir sino a quienes se enfrentan al desafío de vivir durante años con una enfermedad que pone en riesgo sus vidas, sabe algo: ¿Qué es lo que más lamentan las personas que están en esa etapa?

"Hay algo que suelen decir: 'Si hubiera sabido que me iba a enfermar habría aprovechado más mi vida'. Porque como todos fantaseamos con que nos vamos a morir dentro de mucho tiempo, decimos 'bueno, no hago esto ahora porque tengo 40, 50 años más de tiempo'. Cuando uno se plantea esto en el momento en que las cosas no tienen solución, porque ya no tenés tiempo, la sensación de frustración y de impotencia es muy grande".
La muerte es la única certeza que tenemos, sin embargo es raro encontrar a alguien sano que sea consciente de su finitud. "Lo interesante es que cuanto antes uno se lo plantee más chances tiene de decidir qué es lo que quiere hacer con su vida", sigue.
Con esa intención, Laura Aresca hace la misma pregunta cada vez que dicta cursos a otros profesionales de la salud. "'¿Si hoy te enteraras de que te queda un año de vida, harías lo mismo que estás haciendo?'. ¿Te planteaste eso alguna vez? ¿y qué no harías?".

¿Mantendríamos un trabajo que nos da dinero pero nos pone de mal humor? ¿Mantendríamos una relación que no nos hace felices? Aresca explica:
"Esto de haber inmolado años de la vida en un trabajo que no te gusta o en una relación dañina también son lamentos que aparecen en el proceso final de vida. ¿Por qué no me animé a soltar esta relación? ¿Por qué no pude dejar ese trabajo que me generaba tantos sentimientos negativos? Lo que hay en el fondo es miedo: miedo a no quedarme solo, miedo a no pasar estrecheces económicas".
Algo de eso dice Carlos Castaneda en el libro "Las enseñanzas de Don Juan": "Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta. Es una pregunta que sólo se hace un hombre muy viejo… Te diré cuál es: ¿Tiene corazón este camino? Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Puedo decir que en mi vida he recorrido caminos largos, largos, pero no estoy en ninguna parte. Si el camino tiene corazón, es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte, el otro te debilita".
Laura habla del miedo y de ahí nace otra pregunta: "¿Qué harías si no tuvieras miedo? A no tener plata, a enfermarte, a morir o que se muera alguien querido, a perder un vínculo. Podemos contestar 'sería más libre' pero cuánta responsabilidad hay cuando uno es dueño de su vida, de sus decisiones y no puede culpar al miedo por lo que no hizo, ¿no?"

Muchos lamentan, además, haber conseguido dinero o buena reputación profesional pero "no haber logrado cosas realmente importantes": Laura lo ve a diario: "Cuando nos atraviesa una enfermedad grave y la posibilidad de morir todo cobra otra dimensión. ¿Qué es lo que valoran en ese momento? Ni el dinero ni la profesión. Se valoran los afectos".
Lo sabe porque quienes se dedican a los cuidados paliativos acompañan a las personas que tienen enfermedades que ponen en riesgo sus vidas desde distintos lugares: el espiritual, el emocional y el físico.
Por eso, de aquella pregunta madre -¿qué harías si hoy te dijeran que te queda un año de vida?-, deriva otra, que Laura también hace a sus pacientes y colegas: '¿Y si hoy te despertaras con la certeza de que hoy mismo vas a morir, ¿cómo vivirías este último día de tu vida?". ¿Qué no harías, de todo lo que estás por hacer hoy? ¿Qué sí harías? ¿Un llamado? ¿Un agradecimiento? ¿A quién?
Dice que otro de los mayores arrepentimientos es no haber vivido "una vida con sentido" basada en dos conceptos que suelen estar bastardeados: el amor y la compasión: "No sólo hacia los demás. A veces creemos que ser compasivo es 'te doy todo' y no: ser compasivo también es decir 'no, hoy no puedo', 'hoy no tengo ganas', 'hoy estoy cansada'. Escuchar cuáles son mis necesidades, tratarme bien, poner límites. Sólo cuando uno es amoroso con uno mismo puede serlo con los demás". De amor y compasión también habló en una extensa entrevista para el sitio "Aprender de grandes".
¿Qué hacer cuando todavía hay tiempo? "Creo que hay un gran capítulo que es trabajar para ir liberándose de las culpas, incluso cuando hemos dañado a alguien. Y trabajar para ser coherentes entre lo que uno siente, piensa, dice y hace. Cultivar una vida que tenga sentido y no esté llena de logros pasatistas. Que lleguemos satisfechos al final, sin nada pendiente".
Se despide Laura pero lo último que dijo le hace recordar a Diego, uno de sus pacientes, que tenía 26 años y un tumor maligno que fue creciendo bajo su axila. El día final, cuando ya todos sabían que le faltaban horas para morir, Laura pasó varias horas a su lado ayudándolo con la medicación para que no sufriera. En un momento, Diego abrió los ojos y se despidió: "Bueno, al final viví la vida que quise", le dijo.
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