"¿Me disculpás un minuto? Necesito un cigarrillo". Ernesto deja por un momento su lugar. Agarra algunos de los billetes de cinco pesos que había en su funda, sube las escaleras y escapa al kiosco. Deja atrás su bicicleta, su banquito, su guitarra vieja, la imagen de Cristo y unos pocos pesos. Necesita respirar del barullo de cámaras, flashes, el amontonamiento de gente, Anamá Ferreira y su guitarra nueva. Pide permiso para huir de la escena, asimilar la exposición, procesar la sorpresa y ver en retrospectiva. Había sucedido algo que esperaba hacía veinte años.
El 30 de septiembre Infobae publicó su historia. Ernesto Matarozzo es viudo, tiene tres hijos y trabaja todos los días en el túnel de la estación de trenes de Villa Ballester. No sabe si es cantante o guitarrista pero canta y toca. No sabe hablar en inglés pero su fonética es perfecta. Es el "John Lennon del túnel", un ciudadano ilustre para la comunidad sin el reconocimiento formal de las autoridades.
La gente lo adoptó, lo cuida y lo adora. Su primera vez en el túnel fue en diciembre de 1998. Nunca se fue, se eternizó. Su música fue parte del paisaje del tránsito de todo aquel que en los últimos veinte años haya pasado al menos una vez por la estación de Villa Ballester.
La nota, reconoce Ernesto, trajo cambios. "Las repercusiones fueron muy grandes. Me llamó gente de otros países. Mediante Facebook, Messenger o Instagram. De Estados Unidos, España, Chile, Brasil, Costa Rica, México, Perú, Ecuador, Suecia, Alemania. A muchos les conmovió la historia. No debo ser el único viudo del mundo pero al verse mostrado tan fielmente cómo fue ese día (su esposa falleció en 2010 de un ataque de asma fulminante), la gente vio autenticidad. Conoció mi realidad. Yo la traté de contar lo mejor que pude. Me decían que siguiera adelante, me deseaban mucha fuerza", explicó.
Ernesto vive con su madre y sus tres hijos a pocas cuadras de la estación. Por día gana cerca de 250 pesos: su sueldo es la retribución monetaria de su arte. No es fijo ni es mucho. "No alcanza la plata pero la gente es generosa. Mientras sea así, a mí me alcanza como persona", dijo. Y el reconocimiento se traduce en paz. La gente valora su humanidad. Él pudo detener la dinámica del tiempo. Crecieron escuchándolo. Los niños que caminaban de la mano de sus padres se volvieron adolescentes. Los que se mudaron, los que cambiaron de trabajo lo extrañan. Se convirtió en un elemento más del paisaje urbano. Algo permanente, inclaudicable.
"Los primeros días después de la nota fue algo increíble. Explotó. Venía gente y me dejaba de a 300 pesos. Querían que me comprara la guitarra. Pero claro que nunca me la pude comprar porque toda la guita que gano la llevo para casa", reveló.
En ese momento, por la otra punta del túnel venía Anamá Ferreira. La modelo, diseñadora, actriz y empresaria brasileña nacionalizada argentina traía colgado de su hombro un regalo. Se había conmovido con su historia: "Lo que me tocó el corazón fue que diga que hace veinte años que no puede ahorrar para comprarse una guitarra. Me mató. Y pensé que podía ayudarlo. Yo no soy rica, yo soy una laburante. Pero quería hacer un esfuerzo. Me puse a buscar una guitarra, pregunté a todo el mundo y conseguí ésta de una persona que se la compró al hijo y él nunca la tocó".

"No lo puedo creer". "No sé qué decir". "No te puedo decir lo feliz que estoy". "Ustedes me quieren hacer llorar, qué botones que son. Pero no voy a llorar, la guitarra va a llorar". Las frases de Ernesto se recolectan en un situación convulsionada. La sorpresa provocó primero desconfianza, después incertidumbre y finalmente alegría. Hubo agradecimientos interminables, canciones, dedicaciones, abrazos y silencios cómodos. Y un actor inevitable: la multitud. El encuentro entre Ernesto y Anamá fue filmado por miles de celulares.
"Grande maestro". "Hace veinte años que está acá". "Ahora tenés que salir del túnel". "Tenés que hacer un show. Yo voy a ser la primera en venir". Las frases interrumpían la entrevista. Ernesto cantó Yesterday y el público lo ovacionó. Contó que había encontrado su guitarra abajo de un puente, que estaba toda rota, que la arregló como pudo y que perdió una cuerda. Sin poder creerlo y sin poder tocarla porque para que suene necesita un amplificador, confesó que su sueño se transformó en realidad.
Hace una semana también una señora le había regalado una guitarra criolla. Ahora tiene dos guitarras nuevas. Hay quienes le reclaman que haga recitales, que se suba a escenarios, pero él prefiere seguir seguir dándole alegrías a la gente del túnel. Hace un mes había dicho que no tiene tiempo para otras cosas: "Quiero dedicarle tiempo a mis hijos, al túnel y a la gente".
Con las manos en el nuevo instrumento, se acordó de su esposa, a quien conoció tocando y con quien hacía música: "Me gustaría tocar todo lo que no pude tocar con la Flaca". Se propuso no claudicar. La situación lo había superado. Anamá Ferreira, la ídola de su madre, se había emocionado con su relato y había invertido tiempo y dinero para entregarle una guitarra nueva. La gente lo abrazaba, lo estimulaba. Le pedía que hiciera shows, espectáculos. Alcanzó a expresar que estaba muy agradecido, que no lo podía creer y que no sabía qué más decir. Solo pidió disculpas y un minuto para fumar un cigarrillo.
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