
Sin bulla, mientras dormía en su casa, se fue Hermenegildo Sábat, "Menchi", uno de los más grandes dibujantes rioplatenses, el hombre que sintetizó como nadie con sus pinceladas, su manejo de las tintas y los trazos gruesos de su grafito el último medio siglo de política argentina.
Sus dibujos mortificaron y embelesaron por igual a los dirigentes políticos de todos los colores. Sus "víctimas" más zonzas sólo supieron sufrir cuando Menchi les dedicaba su arte: algunas hasta lo vituperaron en público e intentaron censurarlo. Los más lúcidos, pasado el trago amargo, sabían reírse de sí mismos y sentirse halagados por la aguda mirada del artista sobre su figura. Incluso no era extraño que mandaran sigilosamente a algún colaborador hasta el diario Clarín a rogar por una copia. Él, con su olfato que todo lo percibía, sabía bien con quién ser generoso y a quién dejar con las ganas.
No le gustaba que le dijeran caricaturista. Se seguía considerando un simple periodista que en vez de escribir, dibujaba. Como si fuera lo más fácil del mundo.
Era el único, más allá de los puestos jerárquicos, que tenía su oficina propia al final de la larga cuadra de la redacción de Clarín, junto a la sección política. En la puerta, Menchi había pegado un pequeño papel con la célebre advertencia del Dante a los que llegaban al infierno: Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate (Pierdan toda esperanza los que aquí ingresan).
Ese templo de 3 metros cuadrados, empapelado con fotos de grandes figuras del jazz (su otra gran pasión), actores de Hollywood, recortes con errores de los diarios, cartas que le habían enviado celebridades internacionales y algunas fotos de sus nietos, era el remanso para los redactores que nos asomábamos un rato a charlar con Menchi o verlo en plena faena.
Sábat llegaba temprano a la redacción, preguntaba cuál era el tema principal de la edición o sobre qué iban a escribir los columnistas y se encerraba en su oficina. No necesitaba más información. A media tarde, su obra estaba terminada.
Nunca me sentí tan feliz cumpliendo una tarea de cadetería como cuando me tocaba buscar el dibujo en su oficina y llevarlo hasta el sector de diagramación para que fuera escaneado. Me sentía un privilegiado por ver antes que nadie cómo el Maestro había resuelto el tema del día, ese dibujo del que hablarían miles mañana. Todavía recuerdo el estremecimiento al día siguiente de la muerte de Alberto Nisman, cuando todo era confusión en la redacción, y Menchi llegó con su dibujo del rostro del fiscal con una gota de tempera roja cayendo desde su frente. Todos nos dimos cuenta de que esa debía ser la página 3, la que abría la edición del diario.

Menchi se movía cansino y silencioso por los pasillos del tercer piso de la calle Tacuarí. Devolvía con un ligero movimiento de su cabeza y unas palabras casi inaudibles los "Qué tal, Maestro" que recibía a su paso. Detrás de su rostro adusto, había un hombre sensible, cultísimo y bonachón. Guardo como máximo tesoro de mi paso por Clarín las dos veces que me obsequió con su trabajo. No fueron por azar. Las circunstancias dicen mucho de quién era y cómo actuaba.
La primera fue en el año 2000. Yo era un simple becario que llevaba pocos días en esa redacción. Lo miraba de lejos y apenas había intercambiado algún respetuoso saludo. Pero sin que me percatara, él me había estado espiando. Un día salí a cubrir una nota y al regresar, sobre mi escritorio, me esperaba un dibujo con su trazo inequívoco: era yo, sentado frente a la computadora, tecleando mis primeros recuadritos. Miré para su oficina y esbozó una sonrisa tímida. Me temblaban la piernas. Apenas pude balbucear el "gracias". Lo sentí cómo su manera de decirme "Bienvenido, ya sos periodista de esta redacción".
La segunda vez fue en 2009. Había andado por otros rumbos y vuelto a Clarín un año antes. Una noche fui a una de las pocas conferencias de prensa que brindó Néstor Kirchner. Se me ocurrió preguntarle algo obvio, pero que nadie le preguntaba: si me podía explicar cómo había incrementado tanto su fortuna en la función pública, tal como revelaban año tras año sus declaraciones juradas. Kirchner no respondió, me trató de "pobre chico mandado por (Héctor) Magnetto" y largó una larga diatriba contra el grupo Clarín por intentar "desestabilizar la democracia", entre los aplausos y las risas de los dirigentes del PJ que lo acompañaban en el escenario.
Siguieron una noche y una mañana difícil. La pregunta y la respuesta eran replicadas en todos los programas de radio y TV. Mi teléfono estallaba. Estaba abrumado. Al llegar a la redacción a la tarde siguiente, otra vez, sobre mi computadora, me esperaba un retrato de Menchi. Ahí estaba yo, solito, esta vez de pie. Otra vez, el dibujo justo.
Cuando me acerqué a su oficina para agradecerle, se levantó de su silla y me dio un abrazo. "¿Cómo estás?", me preguntó. "Bien", le mentí. "Tranquilo, son tiempos duros y vienen peores", me advirtió.

Hace pocas semanas, Menchi había dibujado entre lágrimas sus célebres "alitas" de despedida para Julio Blanck, que ocupaba la oficina de al lado en el diario y fue su compinche en infinidad de páginas memorables de la crónica política. Juntos, fueron dinamita.
Ambos son irremplazables para el periodismo argentino.
¡Gracias por todo, Maestro!
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