Pabla Retamar tenía 37 años y cuidó en soledad a Miguel casi desde el nacimiento del niño
Pabla Retamar tenía 37 años y cuidó en soledad a Miguel casi desde el nacimiento del niño

El lunes por la mañana, Miguel Rosé Retamar, de 11 años, ayudó como todos los días de los últimos meses a trasladarse a su abuela Amanda, que ya depende de un bastón para la movilidad. Ambos viven juntos en un departamento humilde del centro de San Juan. Una vez en la puerta, el chico se asomó a la calle para tomar un remís. Viajaron así a un banco cercano, donde Amanda tenía que cobrar su jubilación.

Una vez en la entidad bancaria y mientras hacían la cola para ser atendidos, Miguel entró en un estado de desesperación. "¿¡Dónde está!?, ¡no tengo el teléfono!", le gritaba a su abuela mientras se metía las dos manos repetitivamente en sus bolsillos. El niño acababa de perder su teléfono celular, el dispositivo donde tenía las últimas fotos, los últimos audios y los últimos videos junto a su madre Pabla, quien murió de manera casi repentina a mediados de abril, a causa de un cáncer terminal detectado demasiado tarde.

"En el celular tenía todo lo de mi mamá. Mis charlas de Whatsapp, los videos y fotos que me mandó antes de que quedara internada. Intenté rastrear en internet para ver si podía encontrar algo, pero todo estaba ahí dentro, no tengo manera de recuperarlo", le dijo Miguel a Infobae en un diálogo telefónico.

"La foto que más me gustaría recuperar es la que estamos soplando las velitas en nuestro último cumpleaños juntos, el año pasado. No me quedó ninguna imagen de eso", agregó.

Miguel está convencido de que su teléfono negro Samsung modelo Galaxy J1 Ace ("que hasta tiene la pantalla rayada") se le cayó dentro del auto que los trasladó desde el domicilio hasta el banco.

En San Juan, muchos remises lucen iguales a los taxis: techo amarillo y el resto del vehículo pintado de blanco.

El propio niño recordó que el auto que los llevó al banco pertenecía a la empresa Remises Victoria. Así, la familia llamó a la empresa, que no posee una oficina física, y después de unas horas, desde la propia compañía se les respondió que ninguno de sus choferes vio un teléfono de tales características dentro de sus móviles.

"Estoy seguro de que se me cayó adentro del remís. En el viaje lo había sacado para revisar algo, lo recuerdo perfectamente", aseguró con vehemencia.

"Mi nieto tiene una memoria privilegiada. Él fue el que recordó el nombre de la remisería y seguramente se le habrá caído del bolsillo cuando intentó ayudarme a mí a bajar del auto. Ya no sabemos qué hacer", le dijo la mujer de 74 años a Infobae.

Miguel construyó una relación muy unida junto a su madre Pabla durante los 11 años que compartieron. El padre del chico se fue de la casa a los pocos meses del nacimiento y este estudiante de sexto grado nunca pudo conocerlo. Así, la madre quedó al cuidado exclusivo y ambos compartieron techo junto a la abuela Amanda y a uno de los seis hermanos de Pabla.

"Hacíamos todo juntos. Me acompañaba a cualquier lado. La iba a despertar a su cama para que desayunáramos juntos ahí y teníamos juegos que hacíamos todos los días", afirmó Miguel.

Pabla murió apenas tres semanas después de que le detectaran un cáncer de mama
Pabla murió apenas tres semanas después de que le detectaran un cáncer de mama

La vida de ambos y del resto de la familia cambió de manera drástica ante un control médico al que se sometió Pabla a finales de marzo.

"Le detectaron un cáncer de mama. Pero cuando lo vieron ya era una cosa general. Estaba en todo el cuerpo. Así como se lo descubrieron, mi hija se murió en apenas 20 días. Fue un shock para todos y especialmente para Miguel", relató entre lágrimas Amanda.

"El celular es tan importante para él porque cuando mi hija estuvo esas tres semanas internadas, se mandaban audios y fotos todo el tiempo. Ella lo llamaba tres veces por día y estaban todo el tiempo mandando y escuchando audios", remarcó.

Una vez extraviado el dispositivo, la familia trató de difundir el caso en diferentes medios de comunicación de San Juan para intentar localizarlo. Sin embargo, a dos días del extravío aún no hubo noticias sobre el teléfono.

Hoy Miguel se consuela con las pocas fotos en papel de su madre que tiene pegadas en su cuarto y con un montón de ropa suya que tiene guardada en un baúl. "Me gusta mirarla y tocarla", dice. Y mientras continúa a la espera de un dato sobre el paradero del celular, se enfoca en ir a la escuela todos los días y seguir con sus estudios hasta recibirse de ingeniero civil.

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