
Las voces de quienes lo explican buscan reivindicar el trabajo sexual como una opción laboral legítima, que garantice los mismos derechos laborales que cualquier otro trabajador. Son ellas las que cuestionan e interpelan, a través de sus trabajos, el ejercicio de la sexualidad, muchas veces tabú y en otras tantas denostado y criticado en el contexto moral que expresa parte de la sociedad.
El 2 de junio de 1975, más de 100 trabajadoras sexuales ocuparon la Iglesia de Saint-Nizier de Lyon, Francia, con el objetivo de alzar la voz ante una persecución y represalias policial que tuvo como saldo la violencia hacia mujeres adolescentes, dos asesinatos y una huelga convertida en un suceso histórico, considerado como el punto de partida de un movimiento que celebra en esta fecha el Día Internacional de las Trabajadoras Sexuales.

Para Georgina Orellano, secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), ser trabajadora sexual es "la mejor opción para las mujeres que venimos de los sectores populares. Seguiré siendo prostituta por siempre, porque más allá de mi trabajo represento la lucha de muchas otras que sufren a diario", dijo a Infobae.
La ética feminista tiene, como lema principal, respetar la decisión que cada persona elija para su vida. También, que a través de la dialéctica, la narrativa de la sexualidad se modifique hasta el punto mismo de transformarse y evolucionar. Para una trabajadora sexual, sentirse llamada "puta" o "prostituta", ¿conlleva alguna connotación negativa o genera sentido de pertenencia?
"Fue todo un proceso para nosotras poder reapropiarnos de nuestro lenguaje, del cual recibimos insultos, agravios y discriminación. Hacia nuestras personas y hacia nuestro trabajo. Luego de ese proceso, como tiene cualquier organización social (AMMAR tiene 23 años) comenzamos a discutir acerca del uso de esas palabras, porque veíamos que la sociedad lo hacía constantemente y buscábamos saber qué nos pasaba cada vez que las escuchábamos", explicó Orellano.

Encontraron que al escuchar "puta" y "prostituta" lo que se intentaba decir era peyorativo y segregante. Descalificar a aquellas mujeres que se salieron de las normas, de lo tradicional, para sumergirse en un mundo que parte desde el discurso moral y encuentra su destino en terrenos inimaginables.
"Únicamente las trabajadoras sexuales somos calificadas como putas o prostitutas. También muchas compañeras que deciden vivir su sexualidad de manera diferente, sin perseguir aquellos mandatos que nos obligan a ser mamás y sí a vivir, viajar y andar solas. Entonces discutimos y llegamos a una conclusión: si la sociedad elige esas palabras para referirse a nosotras por salirnos de las normas, apropiémonos de la injuria", sostuvo la secretaria general de AMMAR.
Las palabras de Orellano reflejan otro de los puntos altos de su lucha: no sólo buscan cambiar leyes o adquirir derechos laborales; también combatir en la semántica. "Las palabras putas y prostitutas nos pertenecen. Y qué mejor que apropiarnos de la ofensa y cargar esas dos etiquetas con orgullo e identidad. También poder anular a quienes sigan utilizándolas como una forma de aleccionarlos", agregó.

La apropiación de la palabra puta posee, quizá, un mayor peso específico. Es el mejor ejemplo de reinvidicación. O en otras palabras: la herramienta que interpela a los disidentes y les extrae las connotaciones negativas. María Riot, trabajadora sexual argentina, se refirió al tema en una entrevista a Luchadoras, un colectivo feminista mexicano: "Lo hicieron en el pasado el colectivo LGBTIQ+: reivindicar la palabra torta en el caso de las lesbianas; reivindicar la palabra puto-maricón como lo han hecho nuestros compañeros gays. O lo que han hecho nuestros compañeros de la militancia gorda, que se llaman a sí mismos gordos porque ser gordos no tiene nada de malo. Entonces nosotros también tomamos esto y dijimos bueno, nosotras también somos putas".
"Para mí es preferible que, en el caso de prostituta, sólo se diga trabajadora sexual. Con lo que no estoy de acuerdo es con el término 'persona en situación de prostitución'. El término trabajadora sexual visibiliza que lo nuestro es un trabajo más, como tantos otros. Y puta me gusta porque es una reapropiación política. Es decir, se denigra en el habla cotidiana a una mujer diciéndole puta, pero para nosotros es una identidad", dijo a Infobae Nadia Karenina, trabajadora sexual de 26 años.
"Yo evitaría hablar de prostituta y sí de puta. Prostituta, al estar ligado a la situación de prostitución, puede ser confundido con explotación sexual o trata de personas. Creo que la mayoría de las trabajadoras sexuales nos sentimos identificadas con el término puta", sostuvo Karenina.
"Creo que cada trabajadora o trabajador sexual tiene el derecho a elegir cómo prefiere ser llamado. Personalmente me siento cómoda con cualquier palabra: trabajadora sexual, puta o prostituta. Si alguna tiene una connotación negativa es porque la sociedad se la dio pero no tendría por qué tenerla. Nuestra identidad es importarte porque con ella nos visibilizamos y hacemos así presentes nuestros reclamos: el reconocimiento de nuestros derechos que merecemos como cualquier otro trabajador", concluyó Riot.
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