
La historia de Noelia Castillo, la joven de 25 años que ha fallecido después de recibir la eutanasia tras más de dos años de batalla judicial, no puede entenderse sin atender a su recorrido vital. Una biografía que, según su propio testimonio, transitó desde una infancia con momentos de felicidad hasta una adolescencia y juventud marcadas por la inestabilidad, el sufrimiento psicológico y episodios traumáticos que condicionaron su vida.
En la entrevista concedida al programa ‘Y ahora Sonsoles’ de Antena 3, Noelia reconstruyó algunos de esos recuerdos con una mezcla de nostalgia y distancia. Entre ellos, destacan escenas de su infancia que situó como una de las pocas etapas luminosas de su vida. “Era una época muy feliz”, afirmó, al recordar los veranos que pasaba junto a su hermana en casa de su abuela.
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Los veranos en casa de su “yaya”
Durante esos meses, según relató, la rutina estaba marcada por una sensación de libertad y tranquilidad que contrasta con lo que vendría después. Pasaban los tres meses de vacaciones allí, en un entorno que identifica como un refugio emocional.
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Las tardes y noches se organizaban en torno a pequeñas actividades compartidas con su hermana Sheyla que recuerdó con precisión. Acudían a ferias donde se instalaban puestos y, en ocasiones, ellas mismas vendían pulseras hechas con conchas o piedras pintadas. “Nos poníamos a vender cositas hechas por nosotras”, explicó. Las jornadas terminaban en la terraza de la casa de su “yaya”, cenando al aire libre, en escenas que reconstruye como momentos de bienestar compartido.
Ese vínculo con su abuela se mantuvo también antes de su muerte y apareció como uno de los apoyos emocionales más sólidos en su relato. Según confesó la madre de Noelia, Yolanda Ramos, en ‘Y ahora Sonsoles’, era la nieta favorita de su “yaya”, una relación que se reforzó con el paso del tiempo y que adquirió especial relevancia en los días previos al desenlace de su historia.
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A esos recuerdos se sumaron otros más cotidianos, ligados a la vida familiar. En la entrevista, Noelia revisó álbumes de fotos junto a su madre y se detuvo en imágenes de su infancia: fotografías comiendo un helado, con trenzas, en su primer día de colegio con una bata roja o disfrazada en celebraciones. “¿Para ti son momentos felices?”, le preguntó la periodista Bea Osa durante la grabación. “Claro. Sí, sí”, respondió ella.
Noelia no solo observó esas imágenes, sino que decidió conservar algunas de ellas en los últimos días de su vida. En concreto, eligió cuatro fotografías que quería tener consigo cuando se le practicase la eutanasia: una en la que aparecía pintando un cuadro de su madre, otra de Wendy —la perrita que tenían cuando era pequeña— con apenas unas semanas de vida, la del primer día de colegio y otra de su infancia. Una selección que remite a los pocos espacios de luz que identificaba en su biografía.
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El inicio de la ruptura
Sin embargo, ese periodo, según su propio relato, tuvo un final claro. El cambio se situó en su adolescencia, en torno a los años de instituto, cuando comienzan a encadenarse una serie de circunstancias que alteran su entorno.
Uno de los episodios determinantes fue la pérdida de la vivienda familiar por problemas económicos. “Se lo embargaron y nos tuvimos que ir a casa de mi padre”, explicó. Ese traslado marcó, según su testimonio, un punto de inflexión.
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La separación de sus padres y el régimen de custodia compartida configuran un contexto que describió como inestable. “Íbamos fines de semana alternos y no iban bien las cosas cuando íbamos allí”, recordó. En ese periodo sitúa algunas de las experiencias que contribuyeron a su deterioro emocional, como largas esperas en bares hasta altas horas de la madrugada mientras su padre consumía alcohol. “Teníamos que estar esperando hasta las tres o cuatro de la mañana”, relató.
De la adolescencia al deterioro emocional
A partir de ese momento, Noelia describió una trayectoria caracterizada por lo que define como una sucesión de dificultades. “Luego han sido todo baches, oscuridad, vacío”, afirmó, sintetizando una etapa prolongada en la que su situación personal y emocional se fue agravando.
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Desde los 13 años, según explicó, ha estado en tratamiento psiquiátrico. Con el paso del tiempo, ese malestar se consolidó y se vio acompañado por diagnósticos como el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) y el trastorno límite de la personalidad (TLP), que, según su testimonio, habían condicionado su forma de relacionarse con la vida.
En ese contexto se sitúan también episodios especialmente traumáticos que la propia Noelia relató en la entrevista. Entre ellos, dos agresiones sexuales que identificó como momentos clave en su historia personal. Una en el ámbito de una relación de pareja y otra de carácter múltiple, que, según explicó, no llegó a denunciar.
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El punto de inflexión
La acumulación de estas experiencias desembocó en varios intentos de suicidio. En uno de ellos, en 2022, se precipitó desde un quinto piso, un hecho que no solo supuso un punto de no retorno en su trayectoria vital, sino que la dejó en situación de paraplejia.
Lejos de revertir su situación, ese episodio marcó el inicio de una etapa que describe como aún más difícil. A las secuelas físicas se sumó un dolor persistente y una sensación de falta de horizonte vital. “No tengo metas ni proyectos”, señaló. “Siempre he visto mi mundo muy oscuro”.
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Ese recorrido vital, reconstruido en sus propias palabras, dibujó una biografía atravesada por contrastes: desde los recuerdos de una infancia que identifica como feliz hasta una cadena de acontecimientos que, según su testimonio, fueron erosionando progresivamente su bienestar emocional y su vínculo con la vida.
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