
Como todos los martes, hay entrenamiento del equipo de rugby en el penal de San Martín. Más de un centenar de presos se preparan. Algunos se suben las medias rayadas hasta la rodilla, otros se ajustan los cordones de los botines gastados. Van formando los equipos: "vos para acá y vos para allá", se escucha. Ezequiel llega vestido para jugar y va ordenando a todos para hacer mover la ovalada. Hace no mucho, él estaba como ellos, del otro lado de la reja esperando la hora para salir a jugar.
Ezequiel Baraja (30) creció dentro del seno de una familia tipo en Villa Maipú, en el partido bonaerense de San Martín. Iba al colegio, tenía notas excelentes y jugaba al fútbol en sus tiempos libres. Hasta que, con la separación de sus padres, su realidad cambió.
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Entre mudanzas y ausencias, las necesidades comenzaron a aparecer. "Si bien nunca llegamos a revolver basura, la pasamos muy mal", cuenta Ezequiel, que vivió dentro de una familia en la que no sobraba nada. Su mamá limpiaba casas, "se rompía el lomo". Pero él decidió buscar afuera lo que no encontró en el hogar.

A los 13 años se empezó a juntar con los chicos de la villa de su barrio. Primero coqueteó con el alcohol, después con las drogas. Finalmente con las armas se hizo parte de una banda que, en un principio, comenzó a robar para tener las últimas zapatillas de moda. Sin medirlo, se fue metiendo en un mundo que hasta ese momento desconocía.
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Ezequiel escondía la plata para que su mamá no se diera cuenta. "Dibujaba" situaciones para no quedar expuesto, hasta que casi pierde la vida. "Me dispararon cuando fui a robar en una estación de servicio. Un policía de civil que estaba tomando un café me gritó 'alto, policía' y me baleó. No me mató porque no tuvo la puntería exacta", explica a Infobae. "Mi mamá pensaba que era solo una etapa de rebeldía adolescente, pero se me fue de las manos. Tenía 16 años". Lo trasladaron a un hospital, y de ahí a un instituto de menores. "Me fugué como diez veces", agrega.

Sin ánimos de reflexionar, a los 18 años, y ya con un hijo, volvió a caer. "Me tocó ir a una comisaría de mayores, donde todo era diferente. Empecé a aprender cómo desenvolverme en este ámbito". Le dieron cuatro años. No tenía intenciones de cambiar su conducta. "En ese tiempo me profesionalicé. Entré al penal como un delincuente juvenil y salí como un delincuente más grande". Seguía tejiendo redes para seguir robando.
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Estuvo solo siete meses afuera cuando cayó de nuevo. Tenía 21 años y la Justicia no iba a darle más beneficios: era un reincidente que había robado en su libertad condicional. "El primer día de estar detenido fue durísimo. Creo que fue una de las pocas veces que lloré en mi vida", cuenta. Y sabía lo que le esperaba. Le dieron seis años y medio. "Al día siguiente que me detuvieron, mi hijo Franco cumplía tres años. Estaba organizando todo para festejar su primer cumpleaños conmigo, fuera de la cárcel; pero no se pudo". A esa altura, Ezequiel ya tenía otra hija, que también se perdió la chance de tener a su papá en libertad.
Sierra Chica, Batán, Olmos, La Plata, San Nicolás. Ezequiel giró por varios penales hasta que tuvo la oportunidad de quedarse en San Martín. "Fue acá donde empecé a tener un cambio. Vi mucha violencia y traté de hacerme respetar, pero es un contexto muy difícil". Sería en este último penal donde a los golpes, y luego de la mano de la pelota, empezaría a vislumbrar la salida.
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"Un día de visitas, un chico del pabellón en donde yo estaba, con otro muchacho del otro lado se empezaron a pelear. Se estaban enfrentando porque sus mujeres los habían ido a ver y habían discutido en la fila. Juntaron bronca toda la semana, y a la siguiente visita, la pelea fue brutal. No me olvido más: forcejearon hasta que uno lo apuñaló en el ojo al otro. Se agarró la cabeza, cayó de rodillas y murió. Yo había visto muchas cosas, pero esto me marcó para siempre".
Como dirigía el pabellón en donde fue la pelea, las investigaciones giraron también hacia él. "Me mandaron a una celda de castigo, en donde te tienen días y días solo sin hablar con nadie. Yo estaba asustado. No había hecho nada y me podía comer hasta ocho años más adentro. ¿Cómo le decía a mis hijos que iba a pasar más tiempo lejos de ellos?"
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Con el correr de los días, comenzó a preguntarse más acerca de su futuro. Empezaba a cobrar fuerza la idea de no volver más a la cárcel. Con el rugby llegó el impulso que le faltaba. "Trataba de entrenar cada vez que podía dentro del penal, con las pocas herramientas que había. Un día estaba corriendo en esta misma cancha cuando era de tosca, y vi entrenar a Los Espartanos (un equipo de rugby que desde el 2009 fomentan valores y sentido de pertenencia deportivo dentro del penal de San Martín)". En realidad, él solo quería estar en forma. Pero ante la invitación de entrenar a la semana siguiente con ellos, aceptó.
"La primera vez que entrené no entendía nada. Solo había visto rugby por televisión. Cuando me pasaron la pelota, corrí y le di para adelante con todas mis fuerzas. Se me cruzó un rival, y en vez de tratar de esquivarlo, lo choqué. Después fui aprendiendo". Eduardo "Coco" Oderigo -el abogado penalista y ex jugador del SIC que llevó el rugby al penal- le enseñó los primeros movimientos dentro de la cancha. "Cuando hice el primer 'tackle', me di cuenta de que podía lograrlo. Empecé a aprender cómo jugar, a estudiar, a ser compañero, a tener valores", cuenta.
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Ese primer día de entrenamiento, sintió que algo había cambiado. "No es solo la energía negativa que liberás, sino que te sentías diferente". Y no se detuvo. Cada vez fue más responsable con su decisión. "En mi pabellón, yo imponía: acá se estudia, se hace deporte, se limpia. Si vos no tenés una organización en este contexto, todos hacen lo que quieren, se vuelve salvaje".

En las 53 unidades penitenciarias de la provincia de Buenos Aires se realiza alguna actividad recreativa o deportiva: 23 de ellas, tienen al rugby como protagonista. Walter Bertolotto, director de Deportes del Servicio Penitenciario Bonaerense explicó: "Los presos que practicaron rugby tienen un bajo nivel de reincidencia: hay un 10% en presos que practicaron rugby frente a un casi 50% de la población carcelaria en general". Además sostuvo: "Es un deporte que por su fuerte contacto físico atrae a los más jóvenes. Pero gracias a sus valores y la formación del sentido de pertenencia, el respeto y el sacrificio se traducen en la vida dentro y fuera de la cárcel".
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Poco a poco, Ezequiel fue encontrando en el rugby un orden y un sentido. "Empecé a ver que tenía otras opciones, y que debía aprovecharlas". Surgió una posibilidad de viajar a Roma a ver al Papa con la Fundación Espartanos. "Ya estaba a punto de salir, solo me faltaban unos meses, pero no me alcanzaba". Un día, la jueza a cargo de su causa se presentó en el penal para hacer un taller. Ezequiel se encargó de que todo saliera tal cual lo había esperado. "Le empecé a mostrar qué clase de persona era y que expectativas tenía. Era clave que me conociera realmente, que viera que no quiero salir para seguir robando".

En octubre de 2015, Ezequiel y sus compañeros viajaron a Roma a ver a Francisco. A su vuelta, lo tenía bien claro: no iba a volver a robar. Desde la Fundación lo ayudaron a reinsertarse en sus primeros meses en libertad. Comenzó a trabajar en una casa de comidas rápidas, pasó de hacer sanguchitos a ser encargado. Hacía el arqueo de caja y guardaba el dinero en la caja fuerte.
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Ahora, dedica de lleno su tiempo a colaborar con Los Espartanos. Vuelve a la cárcel todos los martes, y durante la semana hace tareas administrativas. "Yo vengo acá, entreno a los chicos. Soy como su emblema que trata de guiarlos por un camino para no volver. Les cuento cómo hice yo, qué cosas van a pasar, qué necesidades van a tener cuando salgan de la cárcel". Ezequiel los conoce a todos por su nombre y también conoce su historia. "Cuando salen los vengo a buscar, los llevo a la casa, tratamos de conseguirles trabajo y de contenerlos".

Mediante el rugby, tratan de provocar el click para no volver más a la cárcel. "El deporte es la excusa para enseñarles otra cosa. A mí me abrió otras puertas, me dio la capacidad de creer en mi. Acá juega el gordo, el flaco, el alto, el bajito. Juegan todos y son un equipo. Gracias a eso y a poder aceptarse, todos se van alejando un poco más del delito".
Ezequiel se suma a jugar y se mete dentro de la cancha. Le pasan la pelota y corre fuerte hacia la línea del ingoal. Se acuerda, frena un poco. Dentro de dos días se va para Mendoza a escalar el Aconcagua. No puede lesionarse y pasa la pelota para que siga otro.
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