Exponentes del freestyle o "batalla de gallos", se dieron cita esta semana en Mar del Plata para enfrentarse en un contexto muy distinto al que la disciplina nos tiene acostumbrados: la playa. A metros del tradicional Gran Hotel Provincial, del casino y de la peatonal San Martín, los participantes volcaron sus mejores rimas y todas sus estructuras, compitiendo con amateurs y profesionales, locales y visitantes, en este arte de la cultura hip-hop que tomó por asalto a los turistas.

(Fotos de Chistian Heit)
(Fotos de Chistian Heit)

En Argentina existe un arte poético que si bien no es exclusivo, porque existe en toda la cultura hispánica, nos lleva sin escalas a pensar en uno de los habitantes más característicos de la llanura, el gaucho. Una costumbre que imaginamos en el contexto de la pulpería o bajo el alero del rancho,  en la que visualizamos a uno o dos hombres -según la modalidad- con guitarra, enfrentándose en una batalla verbal en la que el manejo de la rima y de la lengua, se vuelve el arma más letal:  la payada.

Cuando la payada es a dúo tiene el nombre de "contrapunto", un duelo cantado, en el que cada payador tiene que contestar las preguntas de su contrincante, para luego devolver otra pregunta rimando, haciendo gala del ingenio, la rapidez y el manejo de la métrica para lograr contenido a partir de lo que acontece en el momento, de retrucar a ese golpe que el adversario acaba de lanzar en forma de verso. Pueden durar horas, días, y terminan cuando uno de los cantores se queda sin palabras o tarda demás en encontrarlas.

Hasta Mar del Plata llegaron esta semana un grupo de gauchos en remera, gorra y zapatillas, para batirse en duelos de rima, sin guitarra pero con DJ, a partir de "Mar del Plata te hace Felíz", una iniciativa del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires que llevó distintas atracciones y actividades a la playa esta temporada, en el marco del verano 2018. También hubo Break-dance por la crew Bboys, graffiti a cargo de DAR y el beatbox de Krank, pero fue la "batalla de los gallos" la que hizo vibrar el ambiente.

"Soy el rey de esta estancia, yo tranquilo, veremos si te mata, el que no sube, alguien que lo ayude, que tiene su perfume pero pierde su fragancia. A vos te estoy rompiendo, yo tranquilo, es justo lo contrario, se me hace el bueno, el rapero de barrio, lo baten en la plaza es un caniche de escenario", lanza el que tiene el micrófono y le busca la mirada a su oponente, que retruca: "Yo lo mato a este pibe porque no está hardcore, se pensaba que era bueno y que podía con mi honor. Yo tengo perfume, en eso tenés razón, yo tengo perfume y se asume que vos tenés sudor. Su dor-mi-torio atrás, si no sabe este MC cómo rapear, este se hace el bueno, el que viene del barrio, si nunca tuviste las zapatillas llenas de barro".

Como en el boxeo  los que participan se saludan antes de comenzar y lo hacen nuevamente al terminar cada ida y vuelta. No son enemigos, son competidores, pero mientras suena la pista del DJ, el otro es blanco de palabras envenenadas que primero siempre apuntan a la estética, a algún detalle en la ropa, el pelo, el nombre o el físico. Luego cada ataque es respondido en rima por el adversario en relación a eso que acaba de decirse. El público festeja con un "wohhhhhh" generalizado cada golpe bien dado, cada cross que entra limpio directo al rostro y al hipotálamo.

Es el vértigo de no saber lo que va a pasar, de desconocer el contenido de eso que el que está en frente tiene para decir, para devolvernos como un espejo brutal la mirada del otro. Si logra afectarnos el golpe fue certero, el ataque se va a traducir en silencio, en una reacción débil, en rimas al borde del knockaut. Los luchadores están dispuestos, sólo llevan con ellos un micrófono y la música que marca el ritmo. No importa el físico, los músculos, la estatura o de dónde vengan,  sólo lo que tengan adentro. Se pelea con la lengua.

Fotos de Christian Heit

LEA MÁS