El drama humano detrás de los cortes de luz: cómo afectan al sector más vulnerable de la sociedad

La vida de un niño electrodependiente pende de un hilo. Debido a la falta de refrigeración, un centro de discapacitados tuvo que tirar todos sus medicamentos y una diabética debe viajar tres veces por día para inyectarse. Cómo la falta de energía pone en riesgo la dignidad de las personas

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"No me gusta estar sin luz". Karina es una joven como cualquier otra. Habla sin parar y tiene un grupo de amigos con los que se divierte todos los días. Tiene sueños y programas de televisión preferidos. Elige entretenerse con la pantalla chica y apenas navega en internet. Pero no es igual que todos. Pasa sus días y tardes en el Centro de Día Escala del barrio porteño de Mataderos, donde un grupo de "chicos" con capacidades intelectuales diferentes -así les dicen cariñosamente los que los cuidan, pero en realidad su rango etario es de 18 a 64 años- acuden de lunes a viernes para jugar, aprender oficios y reír. Pero allí no hay risas hace ya un tiempo.

Mataderos es uno de los barrios más afectados por los recientes cortes de luz. Recae bajo el ala de Edesur, empresa que debe proveer servicio a 2,5 millones de ciudadanos y residentes de Capital y el Gran Buenos Aires. La semana pasada se llegó al pico de 56.261 personas con cortes repartidas entre Caballito, Almagro, Mataderos, Balvanera, Barracas, Boedo y San Cristóbal. En Mataderos, hay 10 cuadras de viviendas y comercios sin luz o con baja tensión. Hay gente con discapacidades, niños y personas con enfermedades graves que no pueden usar el baño, que tuvieron que tirar medicamentos a la basura porque se arruinaron debido a la falta de refrigeración. La respuesta de la empresa: el silencio.

María Alejandra Moreno es la directora del Centro de Día Escala. Es la encargada de que sus chicos estén en las mejores condiciones posibles. Pero esta tarea se tornó casi imposible. Lucha por contener las lágrimas y la voz se le agudiza. Trata de no desesperar, pero también se le complica. La impotencia que siente es inmensurable. "Éste es un centro de día de chicos con deficiencias mentales. Tenemos chicos leves, moderados y profundos. Les damos la medicación y hacemos actividades como musicoterapia, arteterapia, dibujo y creatividad y talleres de capacitación laboral. También comen, desayunan y meriendan. Están desde las nueve de la mañana hasta las cuatro y media de la tarde", explica a Infobae.

"Lo de la luz es muy problemático porque en la heladera tenemos la medicación de los chicos. Tuvimos que tirar toda la medicación de la semana pasada. Toda la comida se echó a perder", manifiesta con tanta rabia como resignación.

Los chicos del Centro de
Los chicos del Centro de Día Escala, de Mataderos, sin alimentos ni remedios

Muestra la heladera: vacía. Sólo permanecen un par de viandas que todavía no se echaron a perder. Todos los medicamentos que requieren en el centro tuvieron que ser tirados a la basura, desechados. Insulina, drogas psiquiátricas… ya inservibles, yacen en bolsas de consorcio en el contenedor más cercano. "Pagué la boleta". María Alejandra se toma la cabeza, exasperada, agotada. "Nos vinieron $1.800 de luz. Y yo pagué la boleta. Es decir, pagué la boleta y no tengo el suministro", repite. "No es para mí, es para ellos. No nos dieron tampoco el subsidio por ser una institución sin fines de lucro".

"Queremos la luz, queremos la luz", corean los chicos. Sus chicos, que no pueden hacer otra cosa que mirar a la cámara, implorantes. Quizás haya mucho que no entienden, pero esto sí lo comprenden. Se sienten abandonados. Uno de los pocos lugares en los que se sienten cobijados y contenidos es éste. Este centro de Mataderos que hace lo posible por subsistir, situación que se tornó en los últimos meses más que complicado.

"Son chicos enfermos que están todo el día acá. El viernes entraron y los tuvimos que devolver a sus hogares. El jueves, el miércoles, hoy lo mismo. La verdad es que estamos cansados, yo ya estoy cansada". Y no es para menos. No pueden ir al baño porque la bomba es eléctrica. La tele, su único entretenimiento, se quemó cuando volvió la luz de golpe. "Pobrecitos", repite. Pobrecitos.

Historias que se repiten

A 59 kilómetros de este barrio, en una casita humilde en Pilar, Gran Buenos Aires, la historia de Romina Quintana y su hijo Juan Cruz también conmueve.

Juan Cruz tiene 3 años y meses, y desde los 3 meses está en internación domiciliaria debido a su atrofia muscular espinal tipo 1, una de varias enfermedades hereditarias que destruyen progresivamente las neuronas motoras inferiores en el tallo cerebral y la médula espinal. No puede controlar la actividad muscular voluntaria esencial como lo es el hablar, el caminar… No puede respirar ni deglutir por sí mismo. Está conectado a un respirador las 24 horas del día. Sin él no puede vivir.

Hay otros aparatos: un saturómetro, una bomba de alimentación, un aspirador de secreciones. Pero el respirador es "el fundamental", resalta Romina mientras acaricia a Juan Cruz. "Ahora está dormidito", dice con ternura y lo mira. Ese día a la mañana se les cortó la luz, algo que, asegura, está ocurriendo cada vez más seguido: "Fácil tres veces por semana". Y cada vez que pasa, se despliega un operativo.

Juan Cruz, su vida depende
Juan Cruz, su vida depende de aparatos eléctricos

"Cuando nosotros no tenemos luz debemos pasar el concentrador de oxigeno al oxígeno directamente y fijarnos que todo tenga batería. La del respirador te dura de cuatro a cinco horas, pero depende. A veces te dice 100% pero te dura menos. Y, a veces, si conseguimos que nos presten un generador, lo podemos prender poco tiempo, porque genera un humo que le hace mal a Juan Cruz. Sólo lo usamos para que carguen los aparatos y después lo apagamos", relata esta madre, que vio como se convirtió en un hábito diario, una situación que debería ser excepcional. O no debería ser.

Al estar en Pilar, del abastecimiento eléctrico se encarga Edenor. Pero los problemas parecen ser los mismos que con Edesur. "Cuando llamamos nos dicen que tenemos prioridad y que van a mandar un móvil, pero nunca aparece. Nunca viene nadie", dice. "Si viene una cuadrilla vienen a los dos o tres días cuando ya no nos sirve. Es un ciclo de nunca acabar".

Su humildad es tal que Romina ni siquiera reclama que no le corten la luz, sólo quiere que le avisen antes para poder prepararse, o que cuando llama que manden rápido una cuadrilla. Especialmente porque paga una cuenta de $1600. La suya es una situación de vida o muerte, y ya no le importa la plata. Busca salvar a su hijo.

Reclamos sin respuesta

Los vecinos de Mataderos afectados no paran de reclamar. Llaman constantemente. Hay una libreta en la que anotan todos los llamados realizados y los horarios. ¿El primero? El 8 de diciembre del 2015. Las hojas, escritas en un rojo vivo, completas de principio a fin, parecen no terminar. Pero no todo es por teléfono. Van en persona. Los echan. Les ponen excusas. Les dicen: "Hay una red de baja tensión, ya vamos a solucionarlo". Pero nada se soluciona. Edesur, el Enre, el Ministerio de Minería… Ya se les acabaron los lugares a los cuales acudir. El silencio es abrumador. Están desprotegidos, y no saben qué más hacer.

Blanca Machado vive en Mataderos hace tantos años que ya no recuerda bien cuándo se asentó en su casita de la calle Rodó. Estaba en camisón, pero antes de abrir la puerta se apuró y fue a cambiarse. Su marido sufre de una enfermedad renal y necesita cuidado las 24 horas. Se asoma, flaquito y cavilante mientras su mujer habla: "Vivo acá hace muchos años. Desde enero que estamos sufriendo esto. Tengo a mi esposo enfermo renal y hace cinco días que estamos prácticamente sin luz. No podemos sostenernos más".

Los vecinos realizaron movilizaciones, pero
Los vecinos realizaron movilizaciones, pero a pesar de las promesas siguen a oscuras

"Perdimos toda la comida. Mil veces hablamos con Edesur. Vamos y venimos mil veces con el Enre. Nadie tiene respuesta para nosotros. Nadie dice nada".

Pablo es otro de los tantos vecinos de Mataderos sin luz. Frente a su casa hay carteles, rústicos y hechos de cajas desarmadas, que anuncia que la suya es otra de las tantas residencias afectadas. "Te dicen que hay que esperar, que no saben. Desde el lunes pasado que estamos así, pero los cortes vienen desde enero. No podemos seguir así. Es una locura. Es una vergüenza". Sus reclamos son el eco de cada una de las familias de la zona, pero, como todo el resto, resalta que dentro de todo él está bastante bien, que no se preocupa por él. Se angustia por los enfermos y por los "chicos discapacitados de a la vuelta".

María del Carmen vive en la misma cuadra. Perdió a su marido y su única compañía ahora es su perrito Simón. Es insulino dependiente y, como no puede enchufar la heladera por los cortes y por la baja tensión, debe refrigerar sus medicamentos en lo de su hija. Esto implica que tenga que trasladarse a su casa tres veces por día para poder inyectarse. "Perdí dos cajas de insulina. ¿Quién me lo paga a mí eso?", se pregunta. El cuestionamiento es retórico, porque la respuesta ya la conocen todos: "Nadie".

Los vecinos organizaron ya tres protestas pero no han logrado nada. Continúan viviendo en estado crítico. Hay personas con discapacidades, ancianas, niños, embarazadas y enfermos que se sienten abandonados. No, no se sienten. Están. Perdieron heladeras, equipos de música y televisores. Algunos no pueden ducharse ni ir al baño. Viven un flagelo diario del que no parece haber un escape, ni un alivio.