
Un nuevo estudio realizado en Suecia identificó seis marcadores genéticos que estarían vinculados a los atracones y 8 asociados a la anorexia nerviosa, dos de ellos completamente desconocidos hasta ahora. La investigación, publicada en la revista científica Nature Mental Health, desafía la visión tradicional que reduce estos trastornos a una cuestión de peso o imagen corporal y abre camino a tratamientos más precisos.
El trabajo fue desarrollado por el Instituto Karolinska de Suecia e incluyó a casi 40.000 personas con conductas de atracones y unas 25.000 con anorexia nerviosa, comparadas con más de 1,2 millones de personas sin trastornos de la conducta alimentaria. Se trata del análisis genético de mayor escala realizado hasta ahora sobre estas afecciones.
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Los trastornos de la conducta alimentaria se caracterizan por pautas de alimentación anómalas, una preocupación constante por la comida y una intensa inquietud por el peso y la forma del cuerpo. Sus síntomas conllevan un riesgo significativo para la salud, malestar y deterioro del funcionamiento cotidiano. Afectan principalmente a poblaciones de países de renta alta, donde Europa occidental concentra la mayor carga de casos a nivel mundial.
Marcadores distintos del peso corporal

Lu Yi, investigadora principal del Departamento de Epidemiología Médica y Bioestadística del Instituto Karolinska, subrayó que los hallazgos apuntan a una biología más compleja de lo esperado. “Nuestros resultados muestran que los trastornos alimentarios no se reducen solo al peso corporal. Muchas de las variantes genéticas asociadas a estas afecciones difieren de las que influyen en cuánto pesa una persona”, señaló en declaraciones recogidas por Euronews.
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El equipo constató que las asociaciones genéticas con los episodios de ingesta compulsiva y la anorexia nerviosa difieren de los factores genéticos que inciden en el índice de masa corporal (IMC). Esto indica que ambos trastornos no pueden explicarse únicamente en términos de peso o metabolismo, según precisaron los autores del estudio.
La científica añadió que los resultados ofrecen “una visión más matizada de la base biológica de los trastornos alimentarios”, lo que podría cambiar el enfoque con el que se estudian y abordan estas afecciones.
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Vínculos con el control de impulsos y el TOC

El estudio también trazó conexiones entre los marcadores de riesgo y otras afecciones o rasgos conductuales. Según informó Euronews, algunos marcadores asociados a los atracones también aparecen vinculados a conductas relacionadas con el control de los impulsos, como fumar o asumir riesgos, un IMC más elevado y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).
Los marcadores de anorexia, en cambio, mostraron vínculos genéticos más sólidos con el trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Esta distinción refuerza la idea de que distintos trastornos alimentarios responden, al menos en parte, a mecanismos biológicos diferentes, algo que hasta ahora no estaba claramente documentado a nivel genético.
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Puntuaciones de riesgo y proyecciones a futuro
Con los marcadores identificados, los científicos pueden calcular una “puntuación de riesgo poligénico” que resume los pequeños efectos acumulados de los marcadores que porta cada persona. Quienes obtienen una puntuación alta presentan una mayor concentración de estos indicadores de riesgo y, estadísticamente, tienen más probabilidades de desarrollar uno de estos trastornos.

Lisa Dinkler, profesora asistente en el Instituto Karolinska, destacó el potencial clínico de estos resultados. “A largo plazo, este conocimiento podría contribuir a estrategias de tratamiento más específicas que tengan en cuenta las características concretas de cada afección”, afirmó, según recogió Euronews.
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Los investigadores aclararon que estos marcadores siguen siendo predictores débiles de la situación particular de una persona y que deben combinarse con otros factores de riesgo para trazar un perfil más preciso. El equipo subrayó que la puntuación de riesgo poligénico no determina por sí sola si alguien desarrollará un trastorno, sino que representa una pieza dentro de un cuadro más amplio que incluye factores ambientales, psicológicos y sociales.
Se estima que el 95% de los diagnósticos de inicio de trastornos alimentarios se producen antes de los 25 años, lo que refuerza la necesidad de herramientas de detección temprana más precisas y de intervenciones preventivas orientadas a poblaciones jóvenes.
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