Y… ¿si se corta la soga que nos sujeta del arnés mientras hacemos parasailing sobre el mar?; ¿si se desploma el ascensor en el que subimos apretujados con otros hasta el noveno piso?; ¿si la llama del termotanque deja de ser azul e inunda de monóxido de carbono nuestra casa y caemos todos muertos sin darnos cuenta?; ¿si el conductor del auto que viene por el carril contrario se distrae mirando su WhatsApp, invade nuestro carril y se nos incrusta de frente?; ¿si, durante una tormenta, la maceta de un vecino cae desde las alturas justo cuando pasamos caminando por la vereda? Hay miles de posibles síes trágicos.
Que tire la primera piedra quien nunca haya tenido un pensamiento catastrófico.
Todo puede ocurrir y, cada tanto, sucede. Cada día leemos o escuchamos, en las noticias, mil tipos de desgracias. Algunas, insólitas. Otras, increíbles. Y enseguida, si el algoritmo trágico nos sospecha vulnerables a sus embates, nos inunda con dramas de una manera enfermiza.
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La verdad, al fin y al cabo, es insobornable: las historias de pesadilla existen. No siempre son un invento de la IA como, desde hace algún tiempo a esta parte, la mayoría suele desconfiar.
La pareja de norteamericanos conformada por Thomas Lonergan (33) y su esposa Eileen Cassidy Hains (28), son la prueba de que, cuando todo puede salir mal, sale mal. Su caso ocurrió en medio de unas vacaciones idílicas en Australia e inspiró la película Mar abierto, que se estrenó en 2003, más varios documentales y libros (el último, editado en diciembre de 2025, reconstruye el drama y se llama en inglés: Left Behind the Blue Water).
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El peligro de las malas matemáticas
Eileen Cassidy Hains era hija del matrimonio de Baton Rouge, Luisiana (Estados Unidos) conformado por John y Kathy Hains. Nació el 3 de marzo de 1969 y tenía un hermano menor llamado John Jr. Representaban a una tradicional familia de clase media, sumamente religiosa. Por su parte, Thomas “Tom” Joseph Lonergan nació el 28 de diciembre de 1964, en Nueva Orleans, y fue el menor de los 9 hijos de Betsy y Maurice Lonergan. Su padre, un hombre de origen irlandés que ya estaba enfermo cuando Tom desapareció en el mar, terminó muriendo en el 2001 a los 73 años. Su familia también era católica practicante.
Eileen y Tom se conocieron estudiando en la Universidad Estatal de Luisiana y, con rapidez, se volvieron inseparables. Eran callados, estudiosos y comprometidos con la naturaleza y la sociedad. Mientras Tom se inclinó por la ingeniería química; Eileen, eligió biología. Al poco tiempo de recibirse, se mudaron a Jefferson, Texas donde él consiguió trabajo en la Fuerza Aérea como ingeniero químico y ella como docente. Se casaron en ese estado, en una discretísima ceremonia, el 24 de junio de 1988.
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Les encantaba viajar así fue que, en una simbiosis perfecta de vocación con aventura, en 1995, se unieron a los Cuerpos de Paz, un organismo del gobierno norteamericano que envía voluntarios al exterior para colaborar en proyectos de salud, educación y desarrollo. Estuvieron dos años enseñando a niños en destinos insulares. Primero en Tuvalu, un diminuto país a nivel del mar, de unos 26 kilómetros cuadrados totales, ubicado en el Océano Pacífico y que está conformado por nueve pequeñas islas coralinas y atolones. Vivían sin electricidad ni teléfono. El correo y los alimentos llegaban cada seis semanas por barco.
Un paraíso de Oceanía, aislado de todo.
Eileen, quien ya sabía bucear desde su época universitaria, comenzó a hacerlo en estas islas y le transmitió su pasión a Tom. La siguiente parada, donde terminaron completando los 24 meses, fue Fiji. Un país más grande de la Polinesia, formado por unas 300 islas. Antes de regresar a los Estados Unidos, Tom y Eileen decidieron viajar un poco más. Querían recorrer Australia, Indonesia y llegar a Francia. El sueño final de la pareja era terminar instalándose en Hawaii, donde Tom estudiaría Biología Marina.
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Con ese objetivo arrancaron su itinerario y llegaron a Queensland, Australia. Para esta época de sus vidas, ambos reunían mucha experiencia en buceo. En 1997 habían tenido el privilegio de poder nadar con ballenas y Tom escribió en su diario personal que ninguna inmersión anterior había sido comparable con esa.

El objetivo siguiente fue bucear en el arrecife más grande del mundo: la Gran Barrera de Coral (Great Barrier Reef), frente a la costa australiana de Queensland. El arrecife se extiende a lo largo de 2.300 km y es tan inmenso que se puede ver desde el espacio. Estaban emocionados con lo que harían.
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Contrataron una expedición de la empresa Outer Edge Dive Company por 160 dólares australianos por persona.
El domingo 25 de enero de 1998, salieron de la marina de Port Douglas, a las 8.30 de la mañana. Iban en el barco Outer Edge, de 12 metros de eslora. De los 26 pasajeros que embarcaron, 9 eran buzos certificados, 11 estudiantes de buceo y 6 acompañantes o simples turistas. Entre los 5 tripulantes de la expedición, estaba el dueño de la empresa, Geoffrey “Jack” Nairn.
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En las primeras dos inmersiones, Tom y Eileen emergieron unos 10/15 minutos más tarde que el resto. Habían pedido bajar solos, sin instructor, porque ya tenían más de 160 horas de buceo registradas. La tripulación había aceptado el pedido.
Alrededor de las 14 horas de ese día a pleno sol, llegaron a la zona de St Crispin. Allí harían la última y tercera inmersión del día. Todos bajaron alrededor de las 14.20. Estaban a unos 65 kilómetros de la costa. Algunos lo hicieron con trajes de baño. Los Lonergan llevaban trajes de neoprene completos. Quizá bucearían hasta los 12 metros de profundidad. El fondo marino en la zona estaba a unos 20 metros. El agua estaba a 29 grados y los tanques tenían para unos 60 minutos de aire.
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Alrededor de las 15.20, cuando la tripulación creyó que ya todos habían vuelto a subir a la embarcación, un instructor contó 24 cabezas. Otro, señaló que dos personas, que se habían tirado a nadar, ya habían regresado… De esa manera calcularon sin pensarlo demasiado: 24 más 2 son 26. Listo.
Estaban listos para regresar. El barco emprendió el retorno a Port Douglas sin darse cuenta de que Tom y Eileen seguían nadando bajo la superficie.
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Las matemáticas resultaron letales. Y la cadena de errores que siguió fue catastrófica.

Señales que se pasaron por alto
Con la investigación se hilvanó la sucesión de errores fatales. Al llegar a puerto, la empresa desestimó la aparición de dos pares de zapatos luego de que todos los demás pasajeros se retiraran con los suyos puestos. Nadie prestó atención suficiente. Tom y Eileen habían dejado sus pertenencias en el barco, bolsos con ropa seca y efectos personales, que ninguno vio en ese momento. Tampoco contaron los tanques de oxígeno o los cinturones de lastre. De haberlo hecho habrían notado que faltaban dos. Nadie recordó a los callados Lonergan. Nadie se enteró de que dos pasajeros del grupo habían sido olvidados en medio del agua.
Esa misma tarde, la conductora del autobús contratado para recoger a los Lonergan y llevarlos a su hotel, fue a ver al capitán y dueño de Outer Edge Jack Nairn y le dijo que no encontraba a dos de sus pasajeros. No hicieron caso. Ella los buscó en la heladería y en el café del puerto. Se terminó yendo sin ellos, pero se lo comunicó a la empresa de traslados: había dos personas que no se habían presentado a su reserva.
Al día siguiente, lunes 26 de enero, un buzo del Outer Edge volvió al arrecife con otro grupo de turistas. En el fondo del mar encontró seis pesas de cinturones de lastre. Las recogió y se las llevó a Nairn. Tampoco entonces relacionaron las pesas con los Lonergan. Si los Lonergan todavía estaban vivos, el Outer Edge les había pasado cerca esa mañana.
La desidia siguió su camino indolente.
Tuvo que transcurrir un día más para que se encendieran las alertas rojas. Un empleado prestó, por fin, atención a unas bolsas que había en el barco y que nadie había reclamado. Se las llevó a su jefe Nairn. Eran las 19 horas del martes 27 de enero cuando las abrieron. Dentro encontraron una billetera con tarjetas de Tom Lonergan, los pasaportes, unos anteojos de sol y unas remeras. Tom y Eileen Lonergan eran los dueños de todo eso, pero ¿dónde estaban? Contaron con rapidez los tanques de aire de buceo y se percataron de que faltaban dos. Cotejaron los registros y fue recién en ese momento que se dieron cuenta de que habían dejado a dos personas en el mar 52 horas antes.
A las 20.50 avisaron a la policía. Las autoridades fueron al hotel donde estaban alojados los Lonergan y comprobaron que nunca habían vuelto. Desplegaron un amplio operativo de salvataje. Era demasiado tarde.

Búsqueda frenética, hallazgos sucesivos
Ese mismo martes 27, las autoridades se comunicaron con el consulado de los Estados Unidos en Sydney para informarles lo que pasa. Desde el consulado llamaron a la familia. La mala noticia había llegado. Nadie sabía dónde estaban Tom y Eileen.
El miércoles 28 de enero, a las 6 de la mañana, comenzó la búsqueda desesperada. Un total de 17 aviones, 2 helicópteros y decenas de embarcaciones de la Armada, de la policía y privadas, más unas cien personas, se abocaron a la tarea de peinar 3200 millas náuticas cuadradas (un área equivalente a 11.000 km2). Nada.
Karl Jesienowski, miembro de la tripulación de Outer Edge, le dijo a los reporteros que ese día, luego de la tercera inmersión, habían contado a los pasajeros antes de dejar el arrecife de coral, pero que “sin embargo, algo falló en el sistema de conteo… Me disculpo. Sinceramente, me disculpo”. Especuló que, seguramente, ellos se habían quedado más tiempo del previsto bajo el agua y que como hubo otra pareja que había subido al barco, pero se había vuelto a tirar para nadar, eso podría haber confundido a los que hacían el conteo.
Tres días después los expertos advirtieron que las corrientes eran tan fuertes que podrían haber llevado a la pareja muy lejos del lugar donde habían quedado. Además, había muchos restos y basura causados por ciclones recientes. Habían perdido las esperanzas.
El 30 de enero se dio por finalizada la búsqueda oficial aérea y marítima. Para las autoridades ya no podían estar vivos.
El 5 de febrero apareció el chaleco compensador (en realidad se llaman BCD -Buoyancy Control Device- y son los que usa un buceador para controlar su flotabilidad) con la inscripción “Tom Lonergan, Peace Corps, Fiji”, en una playa infestada por cocodrilos, a unos 110 km al norte de Port Douglas. No tenía marcas de dientes de esos animales ni tampoco de tiburones.
El 8 de febrero hallaron una pata de rana de Eileen y, luego y su chaleco compensador que también llevaba su nombre escrito. En los días siguientes encontraron más cosas: su chaqueta, su capucha y su traje de neoprene gris y verde. Era su talla y tenía los mismos colores. La rasgadura de la chaqueta parecía haber sido provocada por corales, no por un animal.
El 13 de febrero se divisó, en otra playa lejana, un tanque negro que se supuso pertenecía a la pareja y luego encontraron el segundo. Con el tiempo se demostró que ambos tenían todavía reservas en su interior. Se calculó que habían subido con tiempo a la superficie y que habían estado buceando, aproximadamente, unos 40 minutos.

El hallazgo más estremecedor se hizo el 26 de junio de ese año y apareció en la costa, en una zona de manglares, a unos 160 km de donde habían desaparecido. Era la pizarra de buceo de Tom con un mensaje esclarecedor. La pizarra es una placa rígida que llevan los buceadores sobre la que se escribe con un lápiz especialmente pensado para eso. La letra era de él, aunque estaba descolorida por el paso de los meses y el contacto con el agua, decía:
“Lunes 26 de enero de 1998, 8 am. Para quien pueda ayudarnos: hemos sido abandonados en el Arrecife Agincourt por el MV Outer Edge 25 de enero a las 03 pm. Por favor, ayúdennos y vengan a rescatarnos antes de que muramos. Ayuda!!!”.
Algunas palabras o letras estaban borradas por la erosión y son las que señalé en negrita, pero no cambiaban el sentido de la realidad. Los análisis posteriores demostraron que no era un engaño ni algo plantado, era la pizarra real de Tom y constituía la prueba de que ambos estaban con vida al día siguiente del abandono. Habían soportado toda la noche y, al salir el sol, seguían con vida. Era tremendo que el olvido se hubiera prolongado tanto.
Emerger en medio de la nada
Teniendo en cuenta lo investigado posteriormente, queda clara la desesperación de la pareja al emerger y ver que se habían ido sin ellos. Estaban abandonados en medio de la nada, solos en la inmensidad del Mar del Coral, en el Océano Pacífico. Hacía calor, el mar lucía en calma y el cielo parecía pintado de un azul absoluto. Los rodeaba un paraíso que se había convertido en una trampa siniestra.
¿Cómo imaginar qué hicieron ellos en esos primeros instantes? ¿De qué hablaron? ¿Se organizaron de alguna manera? ¿Pensaron que el rescate llegaría enseguida, apenas notaran que ellos no habían subido al barco? ¿Todo se convertiría en una anécdota de sobremesa cuando tuviesen nietos?
Especular puede ser relativamente sencillo. Vivirlo es otra cosa.
Nadie sabe qué pasó realmente.

A las 18.50 el sol se hundió en el horizonte de agua. Ya llevaban para entonces casi cuatro horas perdidos y flotando. Llegó la noche con sus fuertes corrientes marinas; la oscuridad y el miedo al acecho de los animales que habitan bajo la superficie líquida y salvaje. En algún momento de esas horas se habrían quitado los cinturones de lastre que otro buzo encontró al día siguiente, en el fondo. Eran pesados y les habrían hecho complicada la flotación. El mar los mecía sin rumbo, sin puntos de referencia. Habrían inflado sus chalecos compensadores (se llenan con el aire del tanque mediante un mecanismo conectado al regulador o soplando). Eso habría hecho que pudiesen mantenerse sobre la superficie sin tener que agotarse nadando de manera continua. El aire era cálido, unos 26/27 grados, y el agua estaba templada. Enfundados en trajes de neoprene el riesgo de hipotermia no era grave. Se cree que hacia la madrugada la marea violenta ya los había arrastrado fuera y lejos del arrecife. Luchar contra ella podría haber sido extenuante. Sin luces para orientarse, aterrorizados y desesperados, seguían juntos. El frío, el cansancio, la angustia y la deshidratación seguramente ya habían horadado sus ánimos. ¿Así habrían transcurrido sus últimas horas con vida a la deriva? ¿Fueron en esos momentos acechados, como supone la película Mar Abierto (2003), por tiburones hambrientos que nadaban en círculos a su alrededor?
Sus chalecos aparecieron desabrochados y ello generó especulaciones: ¿se los habían quitado? ¿por qué? ¿Se habrían desprendido de los cuerpos luego de sus respectivas muertes? ¿Fue la pareja separada por la fuerza del agua? ¿Fueron atacados por tiburones? ¿Uno vio morir a otro? Si fue así, ¿quién lo hizo primero?
La pizarra, hallada meses después, los sitúa todavía juntos y vivos al salir el sol. Allí Tom indica la hora precisa: las 8 de la mañana del día 26. ¿Se habían rendido exhaustos? ¿De qué hablarían? ¿Hubo despedidas? ¿Qué pasó después de esa hora en la que Tom trazó sus últimas letras?
Abandonados a su suerte, ¿cómo podían Tom y Eileen pensar que nadie lo estaba buscando porque, sencillamente, no se habían dado cuenta de su ausencia? Increíble.
Sobre todo si repasamos todas las pistas que habían dejado: las bolsas con sus pertenencias dentro del barco, el transfer contratado para volver al hotel, los zapatos sin dueño…
Los Lonergan eran un mal número. Dos molestos turistas que sabían bucear, que subían un poco más tarde que el resto desde el fondo del mar, entre los cientos de pasajeros que atendían cada año. A veces, el trabajo cotidiano es cruel y quien alimenta el negocio termina siendo considerado un incordio. A veces, lo cotidiano se menosprecia y solo se piensa en volver a casa cuanto antes. Un accidente suele ser provocado por un tonto descuido.
Durante 1998, la Gran Barrera de Coral recibió 1,6 millones de turistas que fueron transportados por unos 600 operadores turísticos con alrededor de 1500 embarcaciones. Eso era mucha gente dando vueltas en el paraíso. El Outer Edge podría haber llevado, estimativamente, durante ese mismo año, a unos 8 mil turistas. Ningunear al miedo acarrea serias consecuencias.
Cinco años antes, en 1993, una adolescente de 16 años, Victoria Brown, había muerto cerca de Cairns, haciendo snorkel al separarse de su grupo. Se enteraron que faltaba luego de que el barco se retirara del lugar. Se terminó ahogando.
Pero, claro, eso es algo que le pasa al resto. Eso es lo que siempre creen todos. Además, la industria del turismo y del buceo son negocios lucrativos, clinc caja y apuro, algo que puede volver laxas las medidas preventivas.

Misterio y las hipótesis
Entre las posesiones de la pareja en el Walkabout Hostel en la caja de seguridad encontraron los diarios personales de ambos, documentos y sus cheques de viajero. Eso dio mucho que hablar y permitió que se introdujeran nuevas hipótesis. Según el diario Sydney Daily Telegraph, que reprodujo varios fragmentos, Tom expresaba en esas páginas pensamientos pesimistas y hablaba de la muerte. Citó uno en especial, escrito meses antes y luego de nadar con las ballenas, que se refería a que su vida estaba ahora completa, él podría morir porque había alcanzado su mejor momento y de ahí en más solamente podría haber un declive hasta su funeral. De aquí se tomaron muchos medios para sugerir posibles ideas suicidas o un pacto de muerte.
Del diario de Eileen, el fragmento que trascendió estaba fechado el 9 de enero de 1998, 16 días antes de la desaparición. Ella contaba que Tom esperaba morir pronto, de una manera rápida e indolora. También aclaraba que él no era un suicida, pero que tenía un deseo de muerte que podía llevarlo a conseguir todo lo que deseara. También hablaba de que sus vidas estaban tan unidas que ya no eran dos individuos sino uno solo. Material perfecto para teorías conspirativas.
La familia de Tom reaccionó con vehemencia a estos extractos publicados, aseguraron que estaban sacados de contexto y que solo se difundieron aquellas frases que abonaban la teoría de un suicidio.
Nancy Lonergan, hermana de Tom, dijo, furiosa por estas especulaciones de la prensa: “Yo recibí una carta de él en diciembre, mi madre mantenía un contacto cercano y frecuente con él. Nos decepciona que intenten encontrar algo para decir que fue a propósito. Hubo una pareja que estuvo con ellos la noche anterior y que declaró que estaban perfectos y muy emocionados por ir a bucear al arrecife. No hubo nada que indicara ningún problema en ningún lado”.
Podemos inferir que era algo que a la industria del turismo le venía muy bien. ¿Las teorías sobre un suicidio podrían haber sido sostenidas por muchos para salvar ese recurso turístico que movía millones en el país? A esto se sumaron testimonios alocados que decían haberlos visto por distintos sitios.
Por otro lado, hubo también quienes se preguntaron si la empresa podría haberse percatado un poco antes del asunto y que, deliberadamente, hubiera decidido ignorarlo por el gran problema que supondría.
La policía no respaldó ninguna de todas esas hipótesis y fue al corazón del asunto: lo que ocurrió era un vulgar y horrible accidente.
Irónicamente, el 14 de febrero, el día de San Valentín, las autoridades dieron por concluida la búsqueda de la pareja.
El padre de Eileen, James Hains, sostuvo que la familia no demandaría a Outer Edge: “Nuestros corazones están también con los hombres que están acusados por su responsabilidad en esto. No hubo intención criminal. Ellos hicieron algo estúpido y sus vidas se quebraron. Enfrentan cargos del gobierno y mi corazón y mis plegarias también están con ellos”.
La madre de Eileen, Kathy, declaró que su yerno era muy lector, que era un marido fabuloso y que “adoraba el suelo que ella pisaba”. Y su hipótesis sobre el accidente es la más sencilla de todas: ellos eran tan reservados y unidos, tan tranquilos y tan callados, que en el barco nadie reparó en ellos. Eso podría haber contribuido a que su ausencia pasara absolutamente desapercibida. No está mal.
John Jr Hains, hermano de Eileen, reconoció estar molesto con la película Mar Abierto porque aseguró que no mostraba cómo habían sido ellos realmente. John Jr. también eligió pensar que lo sucedido fue algo accidental, que no hubo nada deliberado por parte de nadie.
Multa, quiebra y los cambios que vinieron
Durante la investigación se supo que hubo algo más grave todavía que el pésimo conteo visual de pasajeros. El registro de buceo indicaba quién había entrado al agua y quién había regresado. Ese registro habría permitido detectar inmediatamente el error: los Lonergan no habían vuelto. Pero nadie lo miró.
Jack Nairn fue llevado a juicio por dos cargos de homicidio involuntario. Fue absuelto en 1999 porque el jurado no consideró probada la negligencia criminal. Por otro lado, el juez de instrucción Noel Nunan, dijo que los diarios no constituían una prueba concluyente de que quisieran suicidarse. La investigación oficial sí fue sumamente crítica con las prácticas de la empresa Outer Edge y se concluyó que los Lonergan habían sido dejados en el mar por culpa de medidas de seguridad insatisfactorias. Quedó demostrado que nadie tenía asignada, en la práctica, la responsabilidad final del conteo de pasajeros. Y que ningún miembro de la tripulación verificó el registro de buceo antes de abandonar el arrecife. Habían fallado todos los eslabones de la seguridad.
La empresa Outer Edge se declaró culpable de negligencia y fue multada con 27.000 dólares australianos, lo que la llevó a la quiebra. Nairn perdió su casa, su barco y sus ahorros.
El médico forense de Queensland determinó, en octubre de 1998, que Tom y Eileen murieron entre el 26 de enero y el 2 de febrero, probablemente por ahogamiento, deshidratación o debido a un ataque de un escualo. Alguna de estas hipótesis será la cierta, pero no lo sabremos con certeza porque sus cuerpos jamás fueron hallados.
Un especialista australiano en tiburones, Ben Cropp, opinó que la pareja podría haber sido atacada por un escualo tigre en las primeras 24/48 horas en el agua. Sostuvo que si un tiburón te observa un buen tiempo, te volvés una víctima vulnerable. El animal podría haber nadado en círculos a su alrededor hasta que, finalmente, decidió morder. Si eso hubiera pasado, habría comido primero a uno y, luego, al otro. “Son una horrible máquina de comer cuando se deciden a hacerlo”, sentenció.
La industria del buceo inyecta en Queensland unos 110 millones de dólares australianos cada año y otros 340 millones en hoteles y pasajes aéreos. No es algo para despreciar. El incidente mortal de los Lonergan asustó a muchos turistas. Los cambios en las prácticas de seguridad en el buceo no se hicieron esperar.
Se implementó el doble conteo de pasajeros, independiente uno de otro. Si la cifra no coincidía se debía volver a contar. Y si la discrepancia continuaba había que activar los procedimientos de emergencia. Además, tiene que haber una supervisión específica durante las inmersiones que incluyen la presencia de personal encargado de vigilar las zonas de buceo y de snorkel. Hay que comprobar que cada persona que haya bajado esté de nuevo sobre el barco. Eso en teoría.
Demasiados casos similares
Lo cierto es que turistas olvidados en el mar hubo muchos a lo largo del tiempo. No siempre con el mismo final. Dos años después de lo ocurrido con los Lonergan, Paul Lucas de 37 años, originario de Leicester, fue olvidado en el mar en Australia. Era enero del 2000 y él era un novato en el tema del buceo (solo había hecho 9 inmersiones) cuando fue dejado en la zona de Coffs Harbour. Una fuerte corriente lo arrastró durante 24 horas y terminó por llegar exhausto a una pequeña isla deshabitada, llamada Split Solitar Island. Allí pasó otras 16 horas más antes de ser rescatado en medio de una feroz tormenta. Después de 40 horas de abandono, Paul pudo contarla. Lo salvó ese islote milagroso al que pudo treparse.
La que no contó con esa fortuna fue una mujer norteamericana de 80 años, Úrsula Clutton, que se evaporó en la misma barrera de coral que los Lonergan el 11 de enero del 2000. Estaba haciendo snorkel con un grupo turístico de 300 personas, dentro de una excursión llamada Quiksilver Connections. A las 16 horas, cuando se hizo el recuento de pasajeros, notaron su ausencia. A pesar de que la buscaron de inmediato por toda el área, nunca la hallaron.
En 2005, dos buceadores británicos, Gordon Pratley (31) y Louise Woodger (29), luego de una inmersión en Wheeler Reef, quedaron solos y a su suerte. Fueron encontrados vivos, con hipotermia y quemaduras solares, 6 horas más tarde. Contaron que vieron a un tiburón pasando por debajo de ellos. A ellos sí los salvaron las nuevas normas de conteo que hicieron que volvieran a buscarlos.
El caso más extraordinario quizá sea el del buzo neozelandés Robert Hewitt quien, en 2006, estuvo perdido 75 horas en el océano de Nueva Zelanda. Sobrevivió más de tres días comiendo pequeños animales marinos y fue rescatado casi por casualidad. Dos buzos de la armada que lo habían estado buscando, observaron un capuchón de neoprene flotando a 300 metros de donde había desaparecido. Era él. Deshidratado, pero vivo.
El 23 de mayo de 2008, el instructor de buceo británico Richard Neely (38) y su novia Allyson Dalton (40), estuvieron en la Gran Barrera de Coral en total soledad por unas 20 horas. Fueron dados por desaparecidos después de una excursión de buceo en las islas Whitsunday, en Queensland. Pasaron ese tiempo a la deriva, en aguas plagadas de tiburones. Durante la noche se ataron uno al otro con sus cinturones de pesas y lucharon juntos contra la fatiga y el frío. Terminaron siendo rescatados a 15 kilómetros de dónde habían sido dejados. Confesaron en diferentes entrevistas haber recordado lo ocurrido con los Lonergan una década antes. Habían visto la película y no podían creer que les estuviera pasando lo mismo. Dijeron que el recuerdo del caso Lonergan los hizo luchar con más fuerza para no dejarse vencer por el pánico. Ambos temían ser comidos por tiburones, pero revelaron que no lo mencionaron ni una sola vez en todas esas horas. Terminó siendo una secuela con final feliz. Otra vez, el mundo del turismo australiano, fue cuestionado duramente por sus errores.
En el año 2011, un turista norteamericano, Ian Cole (28), se encontraba haciendo snorkel en la Gran Barrera de Coral, cerca de Cairns. En un momento determinado se sacó la máscara y descubrió que su barco turístico ya no estaba. Relató haber entrado en pánico al darse cuenta de que estaba solo: “No te podés imaginar la adrenalina que corre por tu cuerpo. Era lo peor que me podía pasar. Sabía que tenía que mantener la calma, pero esa no fue mi reacción. Tuve que tranquilizarme, me concentré en sacar agua de mi snorkel, escupiéndola para fuera, y en tratar de mantenerme a flote para ver si conseguía salir con vida de esa situación”. Quince minutos después vio a otro bote en el área y nadó con desesperación hacia él. Fue rescatado por pura casualidad. Luego se supo que la persona encargada del conteo en su barco era un mochilero que no hablaba inglés de manera fluida y que había sido contratado seis meses antes. Ese chico tildó su nombre de manera equivocada en la lista de pasajeros, como si él hubiese subido. Algo muy parecido a lo ocurrido con los Lonergan. Error humano.
En junio de 2015, Steven Saylor tenía 18 años cuando desapareció en Australia Occidental en una excursión de buceo y pesca submarina. Una corriente lo arrastró lejos de su grupo. Estuvo nadando solo durante unas 6 horas hasta que alcanzó una playa de la isla Delambre. Allí cavó un agujero en la arena para protegerse del viento y del frío. Finalmente, 16 horas más tarde, fue hallado por los equipos de búsqueda. Contó que pensó que podía morir y que, aunque no consideraba ser un buen nadador, lo intentó por instinto y lo logró.
En 2025, Ian Kensington y Ryan Chaudhry, dos turistas fueron abandonados en las cercanías de Perth mientras buceaban con otras 15 personas. Estuvieron una hora en el agua hasta que los avistó un ferry que los rescató. La empresa solo recibió multas.
Este abril de este año 2026, Stu Fillman y Daniel Fitzgerald, estaban buceando en North Stradbroke cuando fueron arrastrados por la corriente y alejados de su embarcación unos 25 kilómetros. Pasaron la noche en la incertidumbre. Unas 22 horas más tarde fueron divisados a la deriva por un helicóptero que los izó.
Los Lonergan no tuvieron la suerte de ser rescatados y su historia sigue dando que hablar hasta el día de hoy. Es el temor de cualquiera que se anote en una excursión en mar abierto. Que esos desconocidos no te registren y chau. Hay normas nuevas y supuestas consignas de seguridad reforzadas, pero lo cierto es que la mano del olvido y el abrazo de la incompetencia siguen haciendo estragos hasta la fecha.
El destino, en medio de la naturaleza salvaje, siempre puede resultar incierto.
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