
Durante años, la conversación sobre hipertensión se concentró casi por completo en reducir la sal. Pero nuevas investigaciones y guías médicas empezaron a poner el foco en un nutriente muchas veces pasado por alto que podría jugar un papel clave en el control de la presión arterial.
El consenso global —respaldado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA)— señala como meta consumir menos de 2.000 mg de sodio y más de 3.500 mg de potasio diarios para minimizar el riesgo cardiovascular. Pero en la práctica, la mayoría de los países evidencia una brecha insalvable: el sodio sigue muy por encima de los límites (ronda 4.300 mg/día a nivel mundial y 3.400-3.600 mg/día en Estados Unidos), mientras el potasio se mantiene demasiado bajo.
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Evolución histórica y nuevos hallazgos
El enfoque actual se remonta a la asociación temprana entre el exceso de sodio y el aumento de presión arterial, que llevó a priorizar la reducción de este elemento fácil de controlar en la dieta. Sin embargo, la frenada de los avances en salud pública y la dificultad para cambiar el patrón alimenticio global llevaron a los autores a revisar el modelo.
Recientes ensayos clínicos —con especial énfasis en el macroestudio SSaSS, realizado en China— demuestran que sustituir parte del sodio por potasio (con mezclas de sal de hasta 75% cloruro de sodio y 25% cloruro de potasio) logra una reducción significativa de la presión y de eventos cardiovasculares graves.
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Además, estudios fisiológicos identificaron el llamado “interruptor renal del potasio”, una vía metabólica que en dietas modernas —altas en sodio y bajas en potasio— favorece la retención de sodio y la elevación de la presión, mientras prioriza conservar el poco potasio disponible. Según los autores, incrementar el potasio en la dieta revierte parcialmente este mecanismo y amplifica los beneficios de moderar el sodio.
La importancia del potasio había sido reconocida pero, hasta ahora, se consideraba secundaria frente al sodio por falta de datos robustos. El nuevo consenso científico cambia la relación de fuerzas y justifica un enfoque dual: “La estrategia de salud pública debería ya incluir el aumento de potasio como compañero de la reducción de sodio”, concluye el equipo.
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Ese cambio de enfoque ya empezó a reflejarse en las principales guías de manejo de la hipertensión, que le asignan al potasio un lugar más destacado que en versiones anteriores. Aunque durante años la recomendación dietaria se concentró casi exclusivamente en bajar la sal, hoy crece la evidencia de que sumar alimentos ricos en este mineral también mejora el control de la presión arterial.
Los autores del trabajo sostienen que el impacto de las intervenciones nutricionales será mayor si se adopta un verdadero cambio de paradigma: pasar de una estrategia centrada en la reducción de sodio a otra que incorpore también el aumento del potasio. Naomi Fukagawa, profesora emérita de la Facultad de Medicina de la Universidad de Vermont y primera autora del artículo, señaló que cada vez hay más evidencia de que ambas medidas, aplicadas en conjunto, contribuyen a un mejor control de la hipertensión.
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En términos fisiológicos, el efecto no se limita a compensar excesos. El potasio favorece que los riñones eliminen una mayor cantidad de sodio a través de la orina, lo que reduce la cantidad que retiene el organismo. Cuando la dieta combina mucho sodio y poco potasio, el cuerpo tiende a conservar este último y, como consecuencia, retiene más sodio, una dinámica que favorece el aumento de la presión; si la ingesta de potasio aumenta, ese mecanismo empieza a revertirse.

Esa mirada coincide con lo que explica Mayo Clinic sobre la presión arterial alta: la hipertensión suele ser una enfermedad silenciosa, ya que la mayoría de las personas no presenta síntomas, incluso cuando los valores ya son elevados.
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La institución también señala que los niveles bajos de potasio pueden influir en el problema, porque este mineral ayuda a equilibrar la cantidad de sal en las células y es importante para la salud cardíaca. En su guía de tratamiento, además, recomienda aumentar el consumo de potasio a partir de fuentes naturales, dentro de una alimentación saludable para el corazón, junto con la reducción del sodio. Esa combinación, más que una medida aislada, aparece cada vez más como una estrategia central para mejorar el control de la presión arterial.
El problema es que ese equilibrio está lejos de alcanzarse. Las dietas dominadas por alimentos ultraprocesados aportan grandes cantidades de sal oculta, mientras que el potasio aparece sobre todo en alimentos subconsumidos, como frutas, verduras, legumbres, frutos secos, lácteos y pescado. Por eso, además de reducir el sodio en productos industrializados, las principales guías también recomiendan aumentar la presencia cotidiana de esas fuentes naturales de potasio.
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Desafíos para la industria y el consumidor
El mayor obstáculo es que el sodio está oculto en el procesamiento industrial de alimentos. “La mayoría del sodio dietario proviene de productos comprados fuera del hogar o restauración”, advierte el documento. La reformulación de alimentos para reducir sodio y añadir potasio —sin afectar el sabor— es un proceso lento, limitado también por la percepción negativa de alteraciones en el gusto y las complicaciones técnicas. Por ejemplo, cantidades elevadas de cloruro de potasio aportan un matiz metálico que el consumidor rechaza si el cambio es abrupto.
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En este contexto, la OMS sugiere como orientación una relación sodio/potasio menor a 0,6 mg/mg (o 1:1,75), aunque como solución práctica la proporción utilizada en ensayos, de tres partes de sodio por una de potasio, ha demostrado ser viable sin alterar la aceptación del producto.
Otro reto es el bajo consumo de frutas, verduras y legumbres, principales fuentes naturales de potasio, asociado a factores económicos, culturales y de disponibilidad. “La reducción de sodio en alimentos procesados es fundamental, pero no alcanza si no se acompaña de estrategias que incentiven el aumento de potasio”, enfatizan los autores.
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Una cuestión controvertida es si las guías deberían ajustarse a la respuesta personal al sodio. Si bien algunas investigaciones promovían estrategias personalizadas, un análisis detallado del estudio GenSalt determinó que la sensibilidad al sodio está distribuida de manera continua —no bimodal— en la población, y que prácticamente todos obtienen beneficios de las sales enriquecidas con potasio.
Como señala el documento, “no existe verdadera variabilidad interindividual en la respuesta a la sal de potasio”, lo que valida la opción de intervenciones colectivas en lugar de enfoques exclusivamente individualizados.
Actualmente, muchos países aplican regulaciones, etiquetas obligatorias y restricciones publicitarias para limitar el sodio, pero no existen esfuerzos comparables para promover el potasio. La implementación de sales mixtas (75% cloruro de sodio, 25% cloruro de potasio), que ya redujo riesgo de accidente cerebrovascular en la experiencia china, sigue sin recomendación sistemática en las principales guías clínicas globales, con la excepción de contraindicarla en pacientes con insuficiencia renal avanzada o bajo ciertos tratamientos.
El artículo cita la experiencia del Reino Unido y Chile con el etiquetado frontal y límites en procesamiento, pero subraya que, a pesar de la mejora en conocimiento a través de campañas educativas, “no está claro que el cambio de conducta perdure, si no se acompaña de herramientas de comunicación más eficaces y mensajes claros sobre el beneficio del potasio”.
Frente al auge de bebidas “electrolíticas” cargadas de sodio y su imagen de productos saludables, los investigadores insisten en la necesidad de una información sencilla, reforzada por alianzas público-privadas y nuevas tecnologías —desde inteligencia artificial a dispositivos portables— para adaptar los consejos, monitorear consumos y reducir brechas entre segmentos sociales.

En ese marco, los autores resumen que resulta más efectivo dejar de pensar la reducción de sodio como una estrategia aislada e integrarla con el aumento de potasio, porque, a su juicio, ninguna de las dos medidas funciona del todo por sí sola.
Esa mirada se ve reforzada por el estudio GenSalt, que, según el propio artículo, muestra que no existe verdadera variabilidad interindividual en la respuesta a la sal potásica, lo que implica que su uso sería casi universalmente beneficioso.
Los 10 alimentos con potasio que ayudan a regular la presión arterial
Para quienes buscan llevar esta recomendación a la práctica, una guía útil es esta selección de 10 alimentos ricos en potasio que ayudan a regular la presión arterial. La lista reúne fuentes naturales de este mineral que pueden incorporarse con más frecuencia a la dieta cotidiana para acompañar la reducción de sodio y mejorar el control de la hipertensión.
- Salsa de tomate: una lata de 170 gramos de pasta de tomate aporta 1.724 mg de potasio, lo que la convierte en una de las fuentes más concentradas de este mineral dentro de la alimentación cotidiana.
- Lentejas: media taza contiene 949 mg de potasio y además suma fibra, proteínas y magnesio; para aprovechar sus beneficios, conviene elegir versiones bajas en sodio.
- Palta: media unidad aporta 42 mg de potasio, aunque la cantidad puede variar según el tamaño y la variedad.
- Damascos secos: una porción representa una alternativa práctica y saludable para aumentar la ingesta de potasio.
- Banana: una fruta mediana proporciona 375 mg de potasio, por lo que suele considerarse una opción útil después de la actividad física.
- Frutas cítricas: una naranja mediana aporta 232 mg de potasio, y otras frutas como las nectarinas también contribuyen, aunque en menor medida.
- Melón: ofrece 157 mg de potasio por porción; otras variedades, como el melón verde y la sandía, también suman este mineral.
- Kiwi: una unidad entrega 302 mg de potasio y, además, aporta vitamina C y fibra.
- Papas: una papa blanca mediana contiene 450 mg de potasio y una batata, 486 mg, por lo que ambas superan a la banana en aporte de este mineral.
- Agua de coco: una taza equivale a 600 mg de potasio y puede funcionar como una alternativa natural para reponer electrolitos.
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