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El estrés crónico se consolida como factor de riesgo de demencia, según una nueva revisión científica

Expertos indican que la irritabilidad y la pérdida de empatía pueden anticipar alteraciones neurológicas no detectables en los olvidos cotidianos

Mujer anciana de cabello blanco y suéter gris de pie frente a una ventana con cortinas de encaje. Sus manos apoyadas en el alféizar de madera. Exterior con jardín y árboles.
La Organización Mundial de la Salud informó que más de 55 millones de personas viven con demencia en el mundo (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Los olvidos, la irritabilidad o la confusión mental suelen atribuirse al estrés crónico y la edad, pero especialistas consultados por The Telegraph advierten que esos cambios también pueden coincidir con señales tempranas de demencia. Esa alerta se apoya en una revisión científica alojada en PubMed Central y firmada por Arunima Chaudhuri y Dharmendra K. Gupta, que presenta el estrés crónico como un factor de riesgo modificable asociado al deterioro cognitivo.

La diferencia, según The Telegraph, está en el patrón y en el impacto diario de los síntomas. El estrés y el envejecimiento suelen causar fallos de atención, lentitud mental o irritabilidad pasajera, mientras que la demencia apunta a cambios persistentes, pérdida de empatía, olvidos completos y dificultades crecientes para mantener conversaciones, orientarse o realizar tareas habituales.

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Manos de un médico con bata blanca sostienen una placa de resonancia magnética cerebral con varias secciones del cerebro sobre un escritorio.
The Telegraph advirtió que los olvidos, la irritabilidad y la confusión mental también pueden coincidir con señales tempranas de demencia (Imagen Ilustrativa Infobae)

El trabajo alojado en PubMed Central sitúa esa distinción en un marco más amplio y recuerda, con datos citados de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que más de 55 millones de personas viven con demencia en el mundo y que la cifra podría subir a 152 millones en 2050.

En The Telegraph, el neurocientífico Ahmad Khundakar, jefe de Ciencias Integradas de la Universidad de Teesside, resumió ese punto con una advertencia clínica: “En la demencia, existen diferencias sutiles pero importantes en los cambios que observamos”.

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Cuando la irritabilidad puede ser una señal de alarma

Los expertos indicaron a The Telegraph que el estrés crónico puede elevar el cortisol durante periodos prolongados y reducir la capacidad de la corteza prefrontal para regular las respuestas emocionales, lo que favorece la irritabilidad. El mismo artículo añade que los cambios hormonales de la menopausia y la reducción de testosterona también pueden influir en ese malestar.

Esa explicación encuentra respaldo en el estudio publicado en PubMed Central, que describe cómo la combinación de niveles elevados de cortisol e inflamación sostenida puede dañar circuitos cerebrales vulnerables al estrés, mecanismos que forman parte de las vías biológicas asociadas al deterioro cerebral.

Persona mayor de espaldas mirando por una ventana. Sobre una mesa, botellas de medicamentos, pastillas en blíster y dos libros. Sofá y cojines en un salón.
The Telegraph señala que el estrés crónico puede elevar el cortisol y reducir la capacidad de la corteza prefrontal para regular las respuestas emocionales, lo que favorece la irritabilidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

El artículo científico también cita hallazgos según los cuales ciertos patrones de cortisol pueden anticipar la aparición de demencia hasta 10 años antes del diagnóstico.

La gerontóloga Kerry Burnight dijo a The Telegraph que envejecer también trae problemas de salud, soledad y frustración, factores que pueden aumentar la irritación. Aun así, el artículo distingue esas reacciones de otro cambio más inquietante: la pérdida de empatía.

Khundakar explicó al medio que la demencia puede reducir la capacidad para regular emociones. Burnight señaló que los allegados suelen notar conductas extrañas o una distancia afectiva fuera de lo habitual.

Qué olvidos encajan con el estrés y cuáles exigen consulta

Manos sostienen una taza de café humeante sobre una mesa con documentos desordenados, bolígrafos, lápices, un libro abierto y papeles arrugados.
El estrés, la falta de sueño y la sobrecarga mental dificultan que el cerebro registre dónde dejó los objetos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Perder el teléfono y hallarlo al lado o entrar en una habitación sin recordar para qué suele responder más a problemas de atención que de memoria, según explicaron en The Telegraph. El estrés, la falta de sueño y la sobrecarga mental dificultan que el cerebro registre bien dónde dejó los objetos.

Burnight afirmó que, cuando una persona teme por su memoria, tiende a interpretar cada lapsus como una señal de alarma, aunque “normalmente, no pasa nada”. El criterio cambia cuando los errores alteran el significado de los objetos, como dejar las llaves en la heladera.

Khundakar marcó otra diferencia práctica: “En un envejecimiento saludable, las personas suelen recordar las cosas más tarde, mientras que con la demencia, las olvidan por completo”. El artículo de PubMed Central vincula ese deterioro con daño en el hipocampo, menor plasticidad sináptica y cambios cerebrales relacionados con la memoria.

Estrés, salud mental y riesgo de deterioro cognitivo

Una mano sostiene un cerebro artificial de silicona translúcida con reflejos dorados y azules, sobre un fondo gris degradado.
Khundakar explicó a The Telegraph que el estado de alarma del cerebro limita la capacidad de planificación y de evaluación de consecuencias (Imagen Ilustrativa Infobae)

La toma de decisiones impulsivas también puede aparecer bajo presión porque el cerebro en estado de alarma reduce el margen de la corteza prefrontal para planificar y evaluar consecuencias, según explicó Khundakar.

El descenso de la confianza, el aislamiento y la depresión forman otro bloque de riesgo. Burnight afirmó al medio británico: “Envejecer es difícil: tenemos que afrontar pérdidas, posiblemente dolor, y es fácil que nuestro mundo se vuelva más pequeño”.

PubMed Central identifica factores que podrían ayudar a reducir el riesgo o retrasar el deterioro cognitivo, como la educación continua, la resiliencia y la reserva cognitiva. Además, destaca beneficios preliminares de intervenciones como la atención plena, la terapia cognitivo-conductual, los programas de estilo de vida saludable y el apoyo a cuidadores para disminuir el estrés, mejorar el estado de ánimo e influir en algunos marcadores biológicos.

Cómo se evalúan los síntomas y qué dice la evidencia

Manos de personas mayores sobre un tablero de juego y libros abiertos en un salón con mesas, sillas y ventanales
The Telegraph indicó que conviene evitar discusiones que aumenten la angustia ante posibles síntomas cognitivos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Si hay señales preocupantes, Khundakar recomendó una visita al médico de cabecera y evitar discusiones que aumenten la angustia. Además, señala que el profesional puede descartar otras causas, como hierro bajo, déficit de vitamina B12 o infecciones, antes de hacer una prueba cognitiva básica y valorar una derivación a un servicio de memoria.

El artículo menciona, además, investigaciones sobre cambios sutiles en la escritura, el habla, los movimientos oculares y la forma de teclear como posibles herramientas para la detección temprana.

Una mujer con cabello oscuro y jersey gris se sujeta la cabeza con ambas manos. Su boca está ligeramente abierta y sus ojos miran al frente.
La medición desigual del estrés aparece como una limitación en la evaluación de su impacto sobre la salud cognitiva (Imagen Ilustrativa Infobae)

PubMed Central pide cautela con el alcance de la evidencia y subraya límites como la causalidad inversa, la medición desigual del estrés, el peso de factores no controlados y la sobrerrepresentación de países de ingresos altos. También señala que muchos ensayos sobre reducción del estrés duran poco tiempo, incluyen muestras pequeñas y aún no permiten fijar con certeza cuándo, cuánto y cómo intervenir.

Pese a esas limitaciones, los autores consideran que identificar y abordar de forma temprana los cambios persistentes que afectan la vida diaria sigue siendo una medida prudente, y que el manejo del estrés podría contribuir a proteger la salud cognitiva a largo plazo.

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