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Qué le pasa al cerebro cuando se duerme con la luz encendida

La exposición nocturna activa el reloj interno del cerebro, retrasa la secreción de melatonina y fragmenta las fases más profundas del descanso

Vista lateral de una persona durmiendo en una cama, cubierta con una manta, en una habitación iluminada por una intensa luz roja de una lámpara de noche.
La exposición a luz azul, emitida por celulares y tablets, suprime la melatonina durante más tiempo que otras longitudes de onda, desplazando el reloj biológico e incrementando el riesgo de insomnio - (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Dormir con la luz encendida puede parecer un hábito menor, casi sin consecuencias. La neurociencia del sueño acumula, en cambio, evidencia suficiente para sostener que exponer el cuerpo a luz artificial constante durante el descanso nocturno altera el ritmo circadiano, suprime la producción de melatonina y desencadena efectos medibles sobre el metabolismo, el sistema inmune y la salud mental.

El problema no se limita a quienes duermen con la televisión encendida: incluye la lámpara de noche, el resplandor del celular sobre la almohada y la contaminación lumínica que se filtra por la ventana. El mecanismo es preciso. La luz que ingresa por los ojos viaja a través del tracto retinohipotalámico —la vía nerviosa que conecta la retina con el cerebro— hasta el núcleo supraquiasmático —la estructura cerebral que funciona como reloj interno del organismo—.

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Cuando ese reloj detecta luz, aun de baja intensidad, interpreta que es de día y retrasa o suprime la secreción de melatonina, la hormona que coordina el inicio del sueño. Incluso una exposición de ocho lux —la intensidad de una lámpara de mesa modesta, el doble de una luz nocturna común— alcanza para interferir con ese proceso, según documenta Harvard Health Publishing.

Qué le ocurre al cuerpo durante la noche con luz

La alteración del ritmo circadiano no produce siempre insomnio manifiesto. Con frecuencia, el efecto es más sutil: el sueño se vuelve más liviano, se fragmenta en microdespertares —interrupciones breves del sueño que el durmiente no siempre registra conscientemente— y pierde las fases más profundas de recuperación.

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Dormir con luces artificiales
Una rutina positiva del sueño incluye apagar las luces artificiales al menos una hora antes de dormir - crédito Reuters

Un metaanálisis publicado en 2026 por Environmental Research, que reunió datos de 765.838 participantes en quince estudios, concluyó que las personas con mayor exposición a luz artificial nocturna tienen un 27% más de riesgo de sufrir trastornos del sueño respecto de quienes duermen en oscuridad completa.

Las consecuencias se extienden más allá del descanso. La supresión de melatonina afecta la señalización endocrina —el sistema de mensajes hormonales que regula funciones vitales— y desorganiza el metabolismo de la glucosa y la homeostasis energética —el equilibrio entre el consumo y el gasto de energía del organismo—.

Un estudio de seguimiento de cinco años del National Institutes of Health (NIH), realizado sobre la cohorte US Sister Study con 43.722 mujeres, encontró que quienes dormían con fuentes de luz artificial encendidas —televisores, lámparas— tenían un 17% más de probabilidades de ganar al menos cinco kilogramos y un 33% más de riesgo de desarrollar obesidad en comparación con las que descansaban en oscuridad. La razón es directa: la melatonina regula la sensibilidad a la insulina y el metabolismo de los lípidos; sin ella, el equilibrio energético nocturno se desorganiza.

La Universidad de Harvard investigó el papel de la longitud de onda. Comparó la exposición de 6,5 horas a luz azul con luz verde de brillo equivalente, y encontró que la luz azul suprimió la melatonina durante el doble de tiempo y desplazó el reloj circadiano el doble de horas —tres horas frente a una hora y media— que la luz verde.

Primer plano de una persona durmiendo de lado en la cama, su rostro iluminado por una luz roja cálida que emana de una lámpara esférica.
Estudios recientes señalan que quienes duermen con fuentes de luz encendidas presentan mayor probabilidad de aumentar de peso y desarrollar obesidad, debido a la alteración del metabolismo nocturno - (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esa diferencia importa porque las pantallas de teléfonos, tablets y televisores emiten predominantemente en el rango azul del espectro, entre los 430 y los 500 nanómetros (la unidad que mide la longitud de onda de la luz visible), el intervalo al que los fotorreceptores retinianos (las células del ojo sensibles a la luz) resultan más sensibles durante la noche.

El costo silencioso en la salud cotidiana

El desajuste circadiano sostenido tiene correlatos clínicos que van más allá del cansancio. Un estudio financiado por el National Institute of Mental Health (NIMH) y publicado en JAMA Psychiatry con adolescentes estadounidenses halló que los jóvenes que vivían en zonas con mayor contaminación lumínica exterior se acostaban hasta 29 minutos más tarde, dormían 11 minutos menos por noche y presentaban tasas significativamente más altas de trastornos del estado de ánimo y ansiedad.

Cada incremento de exposición lumínica nocturna se asoció con 1,10 veces más de probabilidades de padecer un trastorno de ansiedad. La luz artificial nocturna forma parte de las razones por las cuales una fracción importante de la población no alcanza el descanso suficiente.

El NIH establece que la privación de sueño se vincula con mayor riesgo de depresión, diabetes y problemas cardiovasculares: una investigación de 2025 publicada en JAMA Network Open con casi 89.000 participantes halló que la exposición nocturna a luz elevada aumenta entre un 30% y un 50% el riesgo de infarto, accidente cerebrovascular e insuficiencia cardíaca. El mecanismo no es lineal ni inmediato: opera como un factor de riesgo que se acumula con el tiempo.

Hay también un componente psicológico que sostiene el hábito. Para muchas personas, la luz funciona como regulador emocional: reduce la ansiedad ante la oscuridad, ofrece una sensación de control o actúa como “ruido de fondo” para interrumpir rumiaciones. Ese alivio inmediato refuerza el comportamiento, aunque el organismo absorba el costo diferido en calidad de descanso.

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