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Por qué el malestar emocional puede llevar a pasar más tiempo en internet, según un estudio

La investigación siguió registros diarios de 900 adultos alemanes y evaluó qué ocurre antes y después de conectarse. El trabajo aporta nuevas pistas sobre la relación entre sentimientos, hábitos digitales y consecuencias cotidianas

Primer plano de las manos de un hombre en suéter gris sosteniendo y usando un teléfono celular negro sobre una mesa de madera. El rostro no es visible.
La investigación con 900 adultos alemanes mostró que la tentación de conectarse es el factor que convierte el malestar en más horas en línea (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Cuando las personas sienten estrés y mal humor, tienden a incrementar el tiempo que dedican a internet; lejos de reducir esas emociones, el uso excesivo termina exacerbándolas. Desde hace años, quienes se dedican a la salud mental advierten sobre ese círculo en sus modelos teóricos.

Ahora, un trabajo de la Universidad de Duisburg-Essen (UDE) con 900 adultos alemanes halló pruebas en la experiencia diaria: la tentación de conectarse es lo que convierte el malestar en horas de más frente a la pantalla.

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Publicado en la revista PLOS One, el estudio buscaba determinar si el estrés, el humor y la tentación podían anticipar el tiempo que cada persona pasaba en la red, y qué consecuencias traía esa navegación —placer, alivio o descuido de otras responsabilidades.

El uso problemático de internet (UPI) es una condición definida por el empleo excesivo de aplicaciones en línea —como videojuegos, apuestas, pornografía, redes sociales y compras digitales— hasta el punto de provocar deterioro funcional o malestar significativo.

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Infografía con titular, porcentaje 38,4%, mano tocando un teléfono móvil que emite luz, cerebro, personas y un mapa mundial; incluye gráficos y texto explicativo.
El estudio publicado en PLOS One evaluó si el estrés, el humor y la tentación anticipan el uso de internet y sus consecuencias cotidianas (Imagen Ilustrativa Infobae)

No se trata de pasar varias horas al día frente a una pantalla por razones laborales o educativas, sino de un patrón en el que la actividad en línea desplaza otras áreas de la vida: relaciones, trabajo, estudio, descanso.

El fenómeno tiene una escala global. Un relevamiento publicado en el Journal of Behavioral Addictions, con participación de sociedades de adicciones de 38 países, mapeó las formas más frecuentes de uso problemático: el juego en línea fue reportado como problema en el 94,8% de los países consultados, las redes sociales en el 84,2% y la pornografía en el 68,3%.

La tentación como motor, no el estrés

Durante 14 días, los 900 voluntarios completaron cuestionarios cada noche: registraron su humor, su nivel de estrés, el impulso de conectarse, el tiempo total en la red y las consecuencias —placer obtenido y obligaciones postergadas. Una entrevista diagnóstica al inicio del estudio clasificó a cada participante según la gravedad de su conducta: patológica, de riesgo o no problemática.

Los resultados mostraron que a mayor gravedad del UPI, peor era el estado de ánimo, mayor el estrés, más tiempo se pasaba en línea y más se descuidaban otras áreas de la vida. Pero el hallazgo distintivo apuntó a otro factor: no era el estrés ni el mal humor lo que impulsaba directamente el uso, sino la tentación.

Tres adolescentes sentados en un sofá miran sus teléfonos celulares. La luz de las pantallas ilumina sus rostros concentrados. Un chico se toca la frente. Hay una hamburguesa en la mesa.
El uso problemático de internet se define por un empleo excesivo de aplicaciones en línea que provoca malestar significativo o deterioro funcional (Imagen Ilustrativa Infobae)

Este concepto funciona como un disparador interno: un impulso momentáneo que emerge ante un estado emocional negativo y opera como puente entre ese malestar y la conducta de conexión.

Andreas Oelker, investigador del Departamento de Psicología General, Cognición y Centro de Investigación de Adicciones Conductuales de la UDE y primer autor del estudio, lo sintetizó en el comunicado institucional de la universidad: “Más que el estrés real o el estado de ánimo por sí solos, es el impulso momentáneo de conectarse el que determina si las personas se involucran en actividades en línea y experimentan tanto consecuencias gratificantes como perjudiciales”.

Por ejemplo, es lo que ocurre cuando alguien agobiado abre Instagram “un momento” y termina media hora después: la distracción funcionó, y eso garantiza que el ciclo se repita.

Una vez que la persona cede a ese impulso, el placer y el alivio obtenidos funcionan como reforzadores que hacen más probable la repetición del ciclo. Según se detalla en el trabajo, la gratificación y la compensación emocional consolidan el hábito, mientras que la tentación actúa como el factor de mayor peso en todo el proceso.

Adolescente masculino en la cama, iluminado por la pantalla de su celular, mientras un reloj digital marca las 3:00 AM en su mesita de noche.
Los autores plantearon que la prevención y el tratamiento del uso problemático de internet pueden ser más efectivos si ayudan a reconocer y gestionar la tentación de conectarse (Imagen Ilustrativa Infobae)

Uno de los aspectos metodológicos de este trabajo es el enfoque utilizado: la evaluación ambulatoria —del latín ambulare, moverse, caminar—. En términos simples, significa que los datos no se recogieron en un laboratorio o en una única sesión clínica, sino en la vida real de cada participante, a través de cuestionarios diarios respondidos en su entorno habitual.

Este tipo de metodología permite capturar fluctuaciones cotidianas que un estudio de corte transversal —es decir, una sola medición en un momento dado— no podría detectar.

Implicancias para la prevención y el tratamiento

Los modelos teóricos que el equipo puso a prueba asumen que el malestar emocional genera el deseo de recurrir a ciertas aplicaciones esperando obtener placer o alivio. El trabajo de la UDE no solo confirmó esas hipótesis en un entorno real, sino que permitió precisar cuál es el eslabón más fuerte de esa cadena: no el malestar en sí, sino el impulso que desencadena.

Ese hallazgo tiene implicancias directas para el diseño de intervenciones. “Nuestros hallazgos sugieren que ayudar a las personas a reconocer y gestionar los momentos de tentación puede ser más efectivo que centrarse únicamente en el estrés o el estado de ánimo”, afirmó Oelker en el comunicado institucional.

Silueta de una persona con auriculares y gamepad jugando en un monitor curvo, con luces LED verdes y púrpuras en el entorno oscuro de la habitación.
Los resultados señalaron que a mayor gravedad del uso problemático de internet, peor estado de ánimo, más estrés, más tiempo en línea y más obligaciones postergadas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las terapias orientadas a entrenar a los pacientes para identificar ese impulso antes de que se concrete en conducta podrían, según los autores, superar en eficacia a los enfoques centrados en reducir el malestar de base.

El alcance del problema que este tipo de investigaciones busca abordar es global. Un trabajo publicado en diciembre de 2025 en la revista Public Health, con datos de 12.449 jóvenes de entre 15 y 24 años en 26 países, estimó una prevalencia de adicción a internet del 38,4%, con variaciones que van del 24% en Camerún al 62,4% en Vietnam. Entre los factores de riesgo identificados figuran los síntomas internalizantes, la alta emocionalidad negativa y el bajo control parental.

El estudio de la UDE constituye una de las primeras verificaciones empíricas en contexto cotidiano de los modelos dominantes sobre las adicciones conductuales digitales.

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