
Cada año, miles de órganos donados llegan demasiado tarde o terminan descartados antes de alcanzar al paciente que los necesita. En Estados Unidos, más de 104.000 personas aguardan un trasplante de riñón y, según cifras reunidas por MIT Technology Review, 17 personas mueren cada día mientras esperan un órgano disponible.
Una de las razones más concretas de ese desfasaje es el tiempo: un riñón conservado en hielo dispone de, como máximo, 24 horas antes de deteriorarse demasiado para ser trasplantado, y en algunos años cerca de uno de cada tres riñones donados termina siendo desechado.
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Esa barrera temporal fue, durante décadas, el límite infranqueable de la medicina trasplantológica. Los intentos por enfriar los órganos por debajo de los 0 °C fracasaron sistemáticamente: la formación de cristales de hielo destruye las células y los hace inutilizables.

Congelar un riñón no es como congelar un embrión, la escala es incomparablemente más compleja y los márgenes de error mínimos. Un equipo de la Universidad de Texas A&M acaba de presentar en el Congreso Americano de Trasplantes, celebrado en Boston, resultados que podrían alterar ese panorama de manera sustancial.
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El grupo, liderado por el Dr. Matthew Powell-Palm logró conservar riñones de cerdo a -4 °C durante hasta 72 horas sin que se formara hielo y sin emplear crioprotectores, que son los compuestos químicos que funcionan como anticongelante orgánico y que habitualmente se utilizan en la preservación de células reproductivas.
Los órganos fueron reimplantados con éxito en los mismos animales, y su recuperación funcional superó a la de riñones conservados por métodos convencionales. El avance fue calificado como “un logro histórico” por investigadores externos, según reportó un estudio publicado en Nature que sintetiza el estado actual de las tecnologías de perfusión en trasplante renal.
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Una cámara de presión contra el reloj biológico
El principio físico que sostiene el método es el siguiente: si un órgano se mantiene sumergido bajo una presión constante y controlada, el agua de sus tejidos no puede ordenarse en la red cristalina que forma el hielo, incluso por debajo del punto de congelación. Esta técnica recibe el nombre de superenfriamiento isobárico, donde “isobárico” indica que la presión se mantiene uniforme a lo largo de todo el proceso.

El dispositivo que construyó el equipo de Powell-Palm es una cámara herméticamente sellada con tapa transparente, equipada con sensores que monitorean la temperatura del órgano y detectan cualquier formación de hielo. Los riñones se sumergen en la misma solución conservante que ya se usa de rutina en trasplantes.
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Para validar el método, el equipo extrajo un riñón de varios cerdos, animales cuya anatomía renal es comparable a la humana, y los conservó en una cámara a -4 °C durante períodos de 24, 48 o 72 horas. Como comparación, otros órganos fueron almacenados mediante el método tradicional en hielo.
Después, los riñones preservados fueron trasplantados nuevamente a los mismos animales, a los que previamente se les había retirado el riñón restante para evaluar el funcionamiento del órgano conservado.
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Recuperación más rápida que el estándar de tres décadas
Los resultados superaron las expectativas. Los riñones conservados 24 horas en la cámara comenzaron a producir orina de forma inmediata al reimplantarse, señal directa de actividad celular.

Los marcadores de filtración renal, como la creatinina sérica y el nitrógeno ureico en sangre, indicadores bioquímicos del funcionamiento del riñón, volvieron a niveles normales en unos 10 días. Los órganos conservados 48 y 72 horas presentaron una evolución comparable.
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La observación se extendió hasta 200 días en uno de los animales, sin que el análisis del tejido renal mostrara fibrosis intersticial ni rechazo vascular crónico.
La dimensión práctica del avance es concreta. Un horizonte de 72 horas daría a los equipos médicos tiempo para evaluar la calidad del órgano, identificar al receptor más adecuado y organizar traslados incluso a nivel internacional.
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Kevin Myer, presidente y director ejecutivo de LifeGift, una organización de obtención de órganos con sede en Texas, subrayó el alcance del cambio: “Ahora mismo, en el trasplante renal, el límite asumido es de 18 a 24 horas. Si podemos llegar a las 72 horas… eso cambiaría todo“, afirmó a MIT Technology Review.
El paso siguiente y la perspectiva de uso humano
Dado que el proceso no requiere crioprotectores, compuestos que, de usarse en humanos, deberían atravesar un proceso de aprobación regulatoria separado, el equipo confía en poder solicitar una autorización acelerada a la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos para pasar a pruebas en trasplantes humanos.
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Un estudio publicado en Nature Communications en 2025, evaluó la perfusión normotérmica prolongada de riñones en una cohorte de 36 pacientes, confirmó una supervivencia del injerto del 100% a los 30 días, dato que refuerza el campo más amplio de investigación en preservación extracorpórea de órganos.
En estudios preliminares del propio equipo de Texas A&M, órganos conservados hasta 120 horas mantuvieron apariencia saludable, aunque aún no han sido trasplantados.
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