
El cerebro humano atraviesa cinco fases distintas a lo largo de la vida, separadas por cuatro puntos de inflexión a los 9, 32, 66 y 83 años, según un estudio de la Universidad de Cambridge publicado en Nature Communications. El trabajo, basado en resonancias magnéticas de 3.802 personas de entre cero y 90 años, reveló que la reorganización del “cableado” neuronal no sigue una progresión uniforme, sino una serie de saltos estructurales que definen capacidades, vulnerabilidades y riesgos distintos en cada etapa de la vida.
El cerebro cuenta con 86 mil millones de neuronas y alrededor de 350 billones de conexiones sinápticas. El doctor Alejandro Andersson, neurólogo y director médico del Instituto de Neurología Buenos Aires (INBA), señaló a Infobae en una entrevista reciente que el cerebro es uno de los órganos más complejos conocidos. Regula funciones vitales como la respiración, el ritmo cardíaco, la temperatura corporal, el apetito y el ciclo sueño-vigilia. Además, procesa la información sensorial y genera respuestas. “Lo más sorprendente es que, en última instancia, es el propio cerebro quien se estudia a sí mismo”, subrayó el especialista.
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La investigación de la Universidad de Cambridge fue liderada por Alexa Mousley, becaria Gates Cambridge de la Unidad de Ciencias Cognitivas y del Cerebro del Consejo de Investigación Médica (MRC). El equipo utilizó resonancias por difusión —una técnica que rastrea el movimiento de moléculas de agua a través del tejido cerebral para mapear conexiones neuronales— y analizó 12 métricas de organización en red. “Sabemos que el cableado cerebral es crucial para nuestro desarrollo, pero carecemos de una visión global de cómo cambia a lo largo de nuestra vida y por qué”, afirmó Mousley en un comunicado de la universidad. “Este estudio es el primero en identificar las principales fases del cableado cerebral a lo largo de la vida humana”, agregó.

Esos hallazgos se complementan con los de un estudio longitudinal publicado en The Journal of Neuroscience, liderado por Christian K. Tamnes del Departamento de Psicología de la Universidad de Oslo, que analizó 854 escaneos de resonancia magnética de 388 participantes de cuatro países. Ese trabajo se concentró en la adolescencia y concluyó que el principal cambio anatómico de la corteza cerebral entre los siete y los 29 años es su adelgazamiento progresivo, un proceso no lineal con diferencias según la región del cerebro.
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A qué edades suceden los grandes cambios en la estructura del cerebro
De 0 a 9 años: consolidación de redes
La primera etapa abarca desde el nacimiento hasta los nueve años. Durante ese período, el cerebro produce una cantidad excesiva de sinapsis y luego elimina de forma selectiva las menos activas.

El volumen de sustancia gris y sustancia blanca crece con rapidez, la corteza cerebral alcanza su grosor máximo y el plegamiento cortical se estabiliza.
Según los autores del estudio de Cambridge, hacia los nueve años se produce un salto en la capacidad cognitiva que coincide con una mayor vulnerabilidad a trastornos del aprendizaje y de la salud mental. Ese primer punto de inflexión marca el cierre de la arquitectura cerebral infantil y el inicio de la fase siguiente.
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De 9 a 32 años: optimización de redes y adelgazamiento cortical
La segunda etapa es la única en que la eficiencia neuronal aumenta de forma sostenida. El volumen e integridad de la sustancia blanca llegan a su máximo, con transmisiones cada vez más rápidas y coordinadas entre regiones. “La eficiencia neuronal está, como se puede imaginar, bien conectada por caminos cortos, y la era de la adolescencia es la única en la que esta eficiencia está aumentando”, explicó Mousley.

A nivel estructural, el estudio de Tamnes precisó qué ocurre dentro de esa fase con la corteza cerebral: el grosor cortical se reduce de forma acelerada durante la adolescencia y se desacelera hacia la adultez joven, mientras que el área superficial muestra una disminución mucho más lenta y estable. "El adelgazamiento cortical fue el cambio anatómico más profundo en la adolescencia, con los mayores descensos en el lóbulo parietal“, sintetizaron los autores.
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El lóbulo occipital fue el más estable. Las correlaciones entre los cambios de volumen y los cambios de grosor alcanzaron valores de hasta 0,95 en algunos lóbulos, lo que llevó a los investigadores a concluir que "la contribución dominante a las reducciones de volumen cortical durante la adolescencia fue el adelgazamiento“.
Los mecanismos celulares detrás de ese proceso todavía se investigan. El trabajo de Tamnes señaló el incremento de la mielinización y la “poda” sináptica —la eliminación de conexiones neuronales excesivas— como fenómenos relevantes durante estos años. El punto de inflexión a los 32 años es, según Cambridge, el más pronunciado de toda la vida: “Los 32 años son el punto de inflexión topológico más fuerte de la vida. A esta edad, ocurren la mayoría de los cambios direccionales y un gran cambio en la trayectoria en comparación con los otros puntos de inflexión”, señaló Mousley.
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Los autores aclararon que esto no implica que una persona en la veintena actúe o piense como un adolescente: el hallazgo refiere al patrón de cambio en la arquitectura de las redes, no al comportamiento.
De 32 a 66 años: estabilidad estructural
A partir de los 32 años comienza la era adulta, la más larga de las cinco fases, con una extensión de más de tres décadas. El estudio de Cambridge describió una estabilidad topológica sin grandes puntos de inflexión, con regiones cerebrales que se vuelven progresivamente más compartimentadas.
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Esa segregación creciente se asocia con un rendimiento cognitivo constante y una meseta en la personalidad, según los investigadores.
De 66 a 83 años: envejecimiento temprano
El tercer punto de inflexión, alrededor de los 66 años, es más gradual que los anteriores. El estudio lo asoció con la degradación de la sustancia blanca y una reducción progresiva de la conectividad global. “Los datos sugieren que una reorganización gradual de las redes cerebrales culmina a mediados de los sesenta”, afirmó Mousley.
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“Esto probablemente esté relacionado con el envejecimiento, con una mayor reducción de la conectividad a medida que la materia blanca comienza a degenerarse”. Ese período también se vincula con un mayor riesgo de hipertensión y de enfermedades que pueden afectar al cerebro.
De 83 a 90 años: envejecimiento tardío
La última fase se caracteriza por un desplazamiento de la dinámica cerebral de lo global a lo local: la conectividad de todo el cerebro cae de forma adicional y la actividad se concentra en determinadas regiones.
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“Nuestros hallazgos sugieren que el desarrollo topológico estructural ocurre de forma no lineal a lo largo de la vida, con puntos de inflexión importantes alrededor de los 9, 32, 66 y 83 años”, concluyeron los autores de Cambridge. Las diferencias individuales en la velocidad y forma del deterioro son considerables en esta etapa.
El secreto de los superenvejecientes: cómo la vida social activa y la resiliencia protegen la memoria en la vejez

Un grupo de personas mayores de 80 años ha captado la atención científica por su sorprendente capacidad para mantener una memoria comparable a la de adultos de 50 o 60 años. Emily Rogalski, neurocientífica de la Universidad de Chicago, dirigió una investigación que busca identificar los factores que explican este fenómeno. Los llamados superenvejecientes, según Rogalski, no solo destacan por su memoria, sino también por su rendimiento en áreas como el lenguaje y la atención.
Los estudios realizados incluyen pruebas cognitivas, análisis genéticos y resonancias cerebrales. Un rasgo llamativo de estos individuos es el mayor tamaño de la corteza cerebral y el hipocampo en comparación con sus pares, así como un espesor superior en la corteza cingulada anterior, región clave para la atención y la memoria. Las autopsias de cerebros donados han revelado menos acumulación de proteína tau, relacionada con el Alzheimer, aunque algunos presentan signos patológicos sin deterioro evidente en vida.

La genética, según la experta, no ofrece una explicación única para la memoria excepcional de los superenvejecientes. Rogalski subrayó que, a pesar de que algunos presentan riesgos genéticos elevados para demencia, el grupo comparte ciertas características celulares peculiares, como la abundancia de neuronas Von Economo, asociadas con la toma de decisiones y la atención. Sin embargo, la interacción social y una actitud resiliente ante la adversidad destacan como denominadores comunes en sus historias de vida.
Rogalski enfatizó que la vida social activa es el factor modificable más relevante para conservar la agudeza mental en la vejez. Mantener vínculos con personas de distintas generaciones y afrontar adversidades parecen ser claves para un envejecimiento saludable, más allá de la dieta o el ejercicio físico. Los hallazgos apuntan a que priorizar la conexión social puede ser fundamental para preservar la vitalidad cognitiva en edades avanzadas.
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