
A medida que el año transcurre, no solo avanzamos en la cronología lineal del calendario: atravesamos épocas y momentos en los que experimentamos cambios físicos y anímicos. Algunos de esos cambios se ligan a las distintas etapas del año y sus exigencias; otros, a lo estacional. De ahí el conocido “team verano o invierno”, según en qué estación cada uno siente más o menos bienestar.
Desde hace mucho se asocia cada estación con estados de ánimo, algo que también se refleja en el arte. Escuchar Las cuatro estaciones de Vivaldi puede ejemplificarlo mejor que muchas palabras.
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Frente a esto, la pregunta que organiza el argumento es si nuestro organismo empieza a “leer” las señales del entorno: la baja de temperatura, la reducción de horas de luz solar y, además, si nosotros mismos somos parte integrante de eso que vivimos como “entorno externo”.
La disminución paulatina de la luz solar y el descenso abrupto de las temperaturas no son solo datos para mirar en el teléfono antes de salir y decidir cómo vestirnos: son marcadores biológicos primarios, forjados durante millones de años de evolución como homínidos. El solsticio ocurre cuando el eje de rotación de la Tierra alcanza su máxima inclinación y determina los extremos lumínicos del año: el día con mayor cantidad de luz diurna, el solsticio de verano, y el día con mayor oscuridad, el de invierno.
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Estaciones y estado de ánimo: una relación persistente

En el solsticio de invierno de 2026, el sol saldrá a las 08:00 horas y se ocultará a las 17:50, lo que significa que el organismo recibe menos de 10 horas de luz solar directa. Esto prolonga la segregación de melatonina y altera la disponibilidad de serotonina.
Por el contrario, en el solsticio de verano, con salida del sol a las 05:3 y ocultamiento a las 20:06, tenemos más de 14 horas y media de luz solar, lo que nos da un estado de mayor alerta y energía.
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Debido a que la luz y la temperatura actúan como reguladores de ciclos hormonales una diferencia de casi 4 horas y media de luz solar hace imposible pretender que nuestra neurobiología sostenga el mismo nivel de rendimiento cuando el entorno físico restringe ese insumo básico para la existencia de todo organismo.
Solsticios, luz y neuroquímica: el cuerpo como sensor del entorno

Esta colisión entre un cuerpo que intenta sincronizarse con la naturaleza y una mente atrapada en una constante sobrecarga de información genera un costo metabólico altísimo. Las consecuencias de esta fricción suelen simplificarse bajo la etiqueta diagnóstica de la depresión estacional.
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Quizás ahí se ve una falla estructural de las etiquetas. Abordar la situación desde una perspectiva amplia, ligada de manera inseparable al entorno, y desde allí observar consecuencias y síntomas, ofrece otra mirada distinta a la de partir de los síntomas para luego elegir una etiqueta. El problema es que, si los síntomas se leen como fallas o “errores” que deben silenciarse rápido con una intervención psicofarmacológica o, en este caso, con luminoterapia, se vuelve más difícil entender el malestar como un camino que señala aspectos de nuestro ser en el mundo y no como un obstáculo.
Lo que vemos como disfunción o patología, a menudo, es un intento del organismo por adaptarse a un entorno cambiante.
Trastorno Afectivo Estacional

Cuando el psiquiatra Norman Rosenthal describió por primera vez en 1984 el Trastorno Afectivo Estacional, el enfoque todavía estaba puesto en categorizar los cambios de humor según el calendario. Hoy, es visto como cambios a un nivel más profundo.
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En 2017, el Premio Nobel de Medicina fue otorgado a los investigadores Hall, Rosbash y Young por descubrir los mecanismos moleculares que controlan el ritmo circadiano. Demostraron que el “reloj biológico” no es una metáfora, sino que nuestro cuerpo ajusta a nivel celular, su metabolismo en respuesta a los ciclos de luz y oscuridad. Una estructura encefálica, el núcleo supraquiasmático ubicado en el hipotálamo, es el marcador, el reloj que regula estos ritmos procesando la intensidad lumínica que capta la retina.
Cuando los fotoperiodos se acortan en invierno, la arquitectura de nuestro sueño (etapas REM, sueño profundo etc) se desestabiliza y la cascada neuroquímica se modifica drásticamente.
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El cerebro prolonga la secreción de melatonina y reduce la disponibilidad de serotonina, induciendo una letargia natural. La depresión estacional no tiene entidad propia en guías de clasificación como el DSm o ICD de la OMS, pero es señalado como factor agravante de otro tipo de depresión.
Del Trastorno Afectivo Estacional al reloj circadiano: qué muestra la evidencia

Desde hace varios años, además, las hipótesis aminérgicas —la idea de neurotransmisores como “origen del problema”— han sido refutadas: el problema no se reduce a un desbalance de neurotransmisores (“tengo baja la serotonina”). Esta desincronización radical entre el mandato del ambiente natural, que es hibernar y ahorrar energía, y las exigencias modernas, que implican desconocer nuestra integración al ecosistema global y producir y consumir datos sin pausa, genera un estrés sistémico profundo.
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A lo largo de los últimos siglos nos adaptamos, por supuesto, a demandas externas, pero esa etapa de adaptación es ínfima comparada con los cientos de miles de años de evolución del ser humano.
El eje hipotálamo-hipofisario-adrenal se sobreactiva, altera la regulación del cortisol y enciende marcadores de neuroinflamación, como las citoquinas. Esa inflamación de bajo grado se vincula con lo que en biología evolutiva se conoce como “comportamiento de enfermedad” (sickness behavior).
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El cuerpo, al sentirse bajo estrés metabólico, induce apatía, aislamiento social y ralentización cognitiva para forzarnos a reposar. No es una enfermedad psiquiátrica que nos ataca: es un mecanismo de defensa transversal de nuestra propia inmunología.
Mientras el cerebro atraviesa este repliegue biológico defensivo, le exigimos operar al máximo rendimiento en la sociedad de la distracción. El task-switching continuo, ese salto atencional de mirar un partido de fútbol a procesar un correo laboral, contestar un mensaje y volver a la pantalla, exige a la corteza prefrontal un gasto de glucosa y oxígeno fenomenal.
Esta fragmentación de la atención exprime los últimos recursos de un cerebro que ya opera en déficit energético por la neuroinflamación estacional. Dicho de un modo sencillo: una biología configurada para la hibernación queda forzada a correr una maratón cognitiva diaria, mientras atiende múltiples señales cambiantes en el camino.

Neuroinflamación y atención fragmentada
No somos entidades aisladas, sino organismos profundamente entrelazados con los ciclos de la Tierra y sus estaciones. Es en este punto de fricción donde debemos replantear qué significa realmente estar sanos. Si rastreamos la raíz latina de la palabra salud (salus), descubrimos que originalmente no definía la simple ausencia de una enfermedad, sino el estado de estar “intactos”, a salvo de la fragmentación.
Al mismo tiempo el salus era algo integrado a los otros y al medio. No existía salus en un ámbito hostil. En nuestro invierno contemporáneo, mientras la reducción natural de la luz nos pide un repliegue metabólico para conservar energía, el entorno digital hiperestimulante exige exactamente lo contrario, astillando nuestra atención en mil direcciones.
Hoy, la verdadera salud mental y fisiológica es una capacidad estructural de mantener nuestra neurobiología intacta y sincronizada con el entorno natural, resistiendo la sobrecarga de un ecosistema diseñado para desarmarnos. Fragmentarnos según la Diosa Salus.
El desafío actual de la medicina y de la salud pública no pasa por multiplicar las etiquetas de los manuales estadísticos, sino por entender e intervenir sobre estas estructuras transversales, entiendo mecanismo y no etiquetas.
En este caso observar y respetar nuestros ritmos circadianos y administrar nuestra atención no es una cuestión de moda wellness; es la única forma de recuperar la soberanía sobre nuestra propia neurobiología y evitar que los condicionantes actuales transformen algo esperable, el repliegue invernal en un real problema.
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