
Pensar en comida cuando se tiene hambre no es solo una cuestión de deseo. Un estudio de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, encontró que las personas hambrientas pueden imaginar con mayor rapidez e intensidad las sensaciones asociadas a los alimentos, como el aroma, el sabor y la textura.
Los resultados, publicados en la revista científica Appetite, sugieren que el estado fisiológico influye en la manera en que la mente anticipa la experiencia de comer. Esta mayor vividez sensorial podría reforzar los antojos y ayudar a explicar por qué resulta más difícil resistirse a la comida cuando el organismo necesita energía.
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Cómo el hambre modifica la imaginación sensorial
El equipo liderado por la doctoranda Maggie Hames y la profesora asociada Mei Peng buscó analizar cómo cambia la representación mental de los alimentos según el estado de hambre o saciedad. En el experimento participaron 60 voluntarios, quienes debían imaginar el aroma, el sabor y la textura de distintos alimentos en dos momentos: después de un período de ayuno y luego de haber comido.
Los resultados mostraron que, cuando tenían hambre, los participantes imaginaban los atributos sensoriales de la comida con mayor facilidad, rapidez y vividez.

“Imaginar comida es más sencillo, rápido y vívido cuando la persona está hambrienta, lo que podría ayudar a comprender la relación entre los antojos y la conducta alimentaria”, señaló Hames, autora principal del estudio.
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Peng explicó que estos pensamientos reflejan la conexión entre el cuerpo y la mente. “En ciertos estados corporales, como el hambre, las experiencias imaginadas de alimentos pueden ser más intensas y satisfactorias, lo que convierte la comida en algo especialmente tentador”, afirmó.
Por qué el hambre puede aumentar los antojos
Cuando el organismo detecta una necesidad energética, no solo aumenta el deseo de comer: también intensifica la forma en que una persona anticipa mentalmente una comida.
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En términos concretos, el hambre hace que imaginar un alimento resulte más atractivo. Esa simulación interna puede activar expectativas de placer y reforzar la motivación por comer, incluso antes de tener el alimento delante.

Este mecanismo ayuda a entender por qué ciertas situaciones cotidianas —hacer compras con hambre o exponerse a imágenes de comida— pueden favorecer elecciones más impulsivas.
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El estudio respalda la recomendación frecuente de evitar comprar alimentos con hambre. Según Peng, ceder a los antojos en esos momentos puede aumentar el consumo diario de energía, un punto relevante para quienes buscan regular su conducta alimentaria.
Sabor y textura: dos caminos distintos en la mente
Uno de los hallazgos más llamativos fue la diferencia entre imaginar el sabor y la textura de los alimentos.
Aunque suele pensarse que el sabor ocupa el lugar central en la recompensa alimentaria, los participantes encontraron más fácil imaginar la textura. “Nos sorprendió descubrir que la textura era más accesible en las imágenes mentales que el sabor”, comentó Peng.
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El hambre intensificó y aceleró la elaboración mental del gusto, pero no modificó de la misma manera la facilidad para representar la textura. Para los autores, esto sugiere que cada sentido cumple un papel diferente en la construcción del apetito y en las decisiones sobre qué comer.
Mientras el gusto se vincula con el placer y el deseo, la textura puede influir en la aceptación o el rechazo de ciertos alimentos.
Cómo la mente genera deseos de comida
La imaginación sensorial permite anticipar experiencias antes de vivirlas. En el caso de la comida, no se limita a visualizar un plato: también puede incluir el olor, el gusto, la temperatura o la sensación que produce un alimento al masticarlo.
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Investigaciones previas mostraron que imaginar con intensidad el olor o el sabor de una comida favorita puede aumentar el deseo de consumirla. Repetir muchas veces esa representación mental, sin embargo, también puede reducir el placer esperado, fenómeno conocido como saciedad específica.

El nuevo estudio suma pruebas sobre el papel del estado corporal en ese proceso. Cuando una persona tiene hambre, las imágenes mentales relacionadas con alimentos se vuelven más vívidas y rápidas, lo que puede intensificar la aparición de antojos.
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Qué implicancias tiene para la conducta alimentaria
Los hallazgos ayudan a explicar por qué los entornos actuales, repletos de imágenes y estímulos asociados a la comida, pueden favorecer decisiones impulsivas, especialmente en momentos de hambre.
“Aunque parece evidente que los pensamientos sobre comida se fortalecen con el hambre, nuestro estudio es el primero en demostrarlo experimentalmente”, señaló Peng.
Comprender cómo el hambre modifica la experiencia mental de los alimentos podría ayudar a diseñar estrategias para regular el apetito: evitar la exposición innecesaria a imágenes de comida en momentos vulnerables e incorporar intervenciones basadas en el entrenamiento de la imaginación sensorial.
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Según la Universidad de Otago, estos descubrimientos abren nuevas líneas de acción en nutrición y salud pública enfocadas en el manejo de los antojos y el fomento de decisiones alimentarias más saludables.
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