
Una investigación con datos de 38.073 adultos de 27 países europeos asoció el consumo bajo de alimentos ricos en proteína con más probabilidades de debilidad muscular y dificultades para tareas cotidianas. El efecto varió por sexo y edad: en mujeres de 50 a 65 años, la baja ingesta se vinculó con una suba marcada de problemas de movilidad y de autonomía, incluida la dificultad para ir al baño.
El hallazgo surgió de un análisis publicado en la revista científica Nutrients y basado en la Survey of Health, Ageing and Retirement in Europe (SHARE), que sigue a personas de 50 años o más. El trabajo comparó hábitos alimentarios de 2019–2020 con cambios funcionales reportados en 2021–2022. En ese período, quienes integraron el 10% con menor consumo de alimentos proteicos mostraron mayor riesgo de deterioro físico.
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En 2026, la novedad no fue solo el foco en “cuánta proteína”, sino cómo se midió y qué se observó en tan poco tiempo: el trabajo usó datos longitudinales de SHARE y definió “baja ingesta” como el 10% con menor frecuencia de consumo de tres grupos de alimentos proteicos (lácteos; legumbres y huevos; carne, pescado o aves). Con ese criterio, los autores hallaron asociaciones diferentes por sexo y edad: en hombres se destacó la relación con baja fuerza de prensión, mientras que en mujeres aparecieron más limitaciones en tareas cotidianas como caminar, agacharse, alcanzar objetos y hacer compras.
En términos prácticos, los investigadores no midieron gramos exactos de proteína, sino la frecuencia semanal de consumo de tres grupos: lácteos; legumbres y huevos; y carne, pescado o aves. Con ese puntaje construyeron un índice y definieron “baja ingesta” como el decil inferior.
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La función muscular se evaluó de dos maneras: con una prueba objetiva (fuerza de prensión manual, o “handgrip”) y con preguntas sobre limitaciones persistentes para actividades diarias: caminar 100 metros, subir escaleras, agacharse o arrodillarse, alcanzar objetos por encima de los hombros, bañarse, usar el baño y hacer compras, entre otras.
Qué encontró el estudio: diferencias entre hombres y mujeres

En hombres, la baja ingesta se asoció de manera más clara con la pérdida de fuerza medida por handgrip. En el grupo de 50 a 65 años, el estudio registró 39% más probabilidades de baja fuerza de agarre frente a quienes comían más alimentos proteicos, y en mayores de 66 años, 35% más probabilidades.
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En mujeres, en cambio, el vínculo más marcado no fue el handgrip en las de 50 a 65, sino el desempeño en tareas de movilidad y autonomía. En ese grupo, la baja ingesta se asoció con mayores probabilidades de presentar dificultades para caminar 100 metros, agacharse o arrodillarse, alcanzar objetos por encima de los hombros y realizar compras. El dato que más sobresalió fue la autonomía en el baño: las mujeres de 50 a 65 años con baja ingesta tuvieron más del doble de probabilidades de reportar dificultad para usar el inodoro.
Los autores remarcaron que se trata de un estudio observacional, por lo que no prueba causalidad. Es posible que el bajo consumo de proteína sea una señal de otros factores (menos actividad física, peor salud de base, menor apetito, depresión o limitaciones socioeconómicas) que también influyen en el deterioro funcional.
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Por qué la proteína cobra más importancia con la edad y qué recomiendan las guías

La proteína es clave para mantener y reparar el tejido muscular. Con el envejecimiento aparece un fenómeno descrito en la literatura como “resistencia anabólica”: el organismo responde menos al estímulo de la proteína y del ejercicio, por lo que muchas guías y grupos expertos sostienen que, en adultos mayores, el objetivo no debería ser “comer menos”, sino asegurar una ingesta suficiente y bien distribuida.
Un documento de referencia en nutrición geriátrica de la European Society for Clinical Nutrition and Metabolism (ESPEN) recomendó que las personas mayores apunten, como piso, a 1,0 g/kg/día y, en muchos casos, a rangos más altos según el estado de salud, la actividad física y la presencia de enfermedad.
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Una recomendación alineada y ampliamente citada en el campo es la del grupo PROT-AGE, que propuso rangos de 1,0 a 1,2 g/kg/día para mayores sanos y valores más altos en situaciones de enfermedad o fragilidad, además de combinarlo con actividad física y cuando sea posible, fuerza.
La advertencia es que “más” no siempre es mejor para todos: hay condiciones clínicas (por ejemplo, enfermedad renal avanzada) en las que las metas deSi en la
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