
Más de 1.000 millones de personas en el mundo viven con obesidad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). En los Estados Unidos ya afecta al 42% de los adultos.
Ante ese panorama, la Asociación Estadounidense del Corazón (AHA, por sus siglas en inglés) publicó un artículo de revisión que colocó a la actividad física como eje del tratamiento de la obesidad y la salud del corazón.
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El estudio, difundido en la revista Circulation, señaló que “la actividad física regular mejora la presión arterial, la sensibilidad a la insulina —la capacidad del cuerpo para usar el azúcar como energía—, los niveles de colesterol y la capacidad cardiorrespiratoria en adultos con sobrepeso u obesidad, independientemente de la pérdida de peso”.

Damon Swift, doctor en kinesiología y coordinador del grupo de investigadores que redactó el estudio, fue directo: “Los médicos y los profesionales de la salud suelen centrarse en la pérdida de peso para ayudar a las personas a reducir su riesgo de enfermedades del corazón”.
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Pero alentar la actividad física, aclaró el experto, “siempre debe ser una parte importante de ese plan de atención, ya que puede apoyar tanto la pérdida de peso como su mantenimiento a largo plazo”.
El movimiento regular baja la presión arterial, mejora el azúcar en sangre y eleva el ánimo. Estos beneficios son especialmente relevantes porque muchos adultos con obesidad ya tienen factores de riesgo cardiovascular antes de cualquier tratamiento.
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La publicación también fue clara en un punto que suele pasarse por alto: el ejercicio aporta beneficios propios, más allá de lo que marque la balanza.
“La actividad física ofrece importantes beneficios cardiometabólicos —relacionados con el corazón y el metabolismo— por sí misma”, afirmaron los especialistas.
Cuánto ejercicio hace falta

La Asociación Estadounidense del Corazón recomendó alcanzar al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, como caminar a paso rápido, nadar o andar en bicicleta, o bien 75 minutos de actividad vigorosa, como correr.
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A eso se sumaron dos días por semana de entrenamiento de fuerza, es decir, ejercicios con pesas o con el peso del propio cuerpo, que ayudan a conservar la masa muscular.
Swift fue preciso sobre los límites del ejercicio como herramienta para adelgazar: “Para la mayoría de las personas, el ejercicio cardiovascular sin cambiar la dieta probablemente no resulte en una gran pérdida de peso. Los cambios en la alimentación siguen siendo el principal motor de la pérdida de peso”.
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Sin embargo, el investigador remarcó que “la actividad física desempeña un papel de apoyo cuando se combina con otros tratamientos, como una alimentación saludable, medicamentos para bajar de peso o cirugía”.

El estudio precisó que lograr una pérdida superior al 5% del peso corporal solo con ejercicio requiere niveles muy altos de actividad, entre 225 y 420 minutos semanales. Una reducción más modesta, cercana al 3%, ya mejora la presión arterial y el perfil de colesterol.
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Los investigadores también advirtieron sobre el efecto rebote: recuperar el peso perdido revierte muchos de los beneficios obtenidos.
“La actividad física puede no solo ayudar a mantener la pérdida de peso, sino también proteger la salud cardiovascular incluso si se recupera algo de peso, preservando las mejoras anteriores en la presión arterial y la sensibilidad a la insulina”, dijo Swift.
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Barreras reales, tecnología y el poder del equipo

Solo uno de cada cuatro adultos y uno de cada cinco adolescentes de entre 6 y 17 años cumple las recomendaciones de actividad física en Estados Unidos.
Stacey Rosen, presidenta voluntaria de la AHA, reconoció el problema: “A pesar de los beneficios conocidos de la actividad física, muchas personas enfrentan desafíos para mantenerse activas, incluidas las limitaciones de tiempo y el acceso limitado a formas seguras o convenientes de moverse durante las rutinas diarias”.
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La tecnología se presenta como un aliado accesible. Aplicaciones móviles, relojes inteligentes y parches con sensores —conocidos como “wearables”— permiten registrar pasos, controlar la frecuencia cardíaca y recibir recordatorios para moverse.
Los investigadores destacaron que estas herramientas mejoran la motivación y el seguimiento de los objetivos.

El tratamiento de la obesidad exige un enfoque integral con el apoyo de equipos profesionales: médicos, nutricionistas, fisioterapeutas y psicólogos.
El doctor Swift lo planteó sin rodeos: “Así como probablemente no tratarías la presión arterial alta o la diabetes por tu cuenta, los resultados óptimos en el tratamiento de la obesidad vendrán de la colaboración con tu médico y tu equipo de salud”.
El estudio propuso el modelo 5A (evaluar, aconsejar, acordar, asistir y organizar seguimiento) como una guía práctica para que los profesionales acompañen a cada persona en el establecimiento de metas realistas y alcanzables.
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