
Una adecuada hidratación en adultos de más de 60 años es esencial para prevenir el deterioro cognitivo, reducir el riesgo de enfermedades asociadas al envejecimiento y mantener la salud general. Investigaciones científicas recientes y expertos coinciden en que consumir menos agua de la recomendada incrementa el riesgo de complicaciones cerebrales y físicas.
El Dr. José Ricardo Jáuregui, ex presidente de la Asociación Internacional de Gerontología y Geriatría, destacó en diálogo con Infobae que “el agua es la base de la pirámide nutricional de la persona mayor”.
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El médico gerontólogo, experto en longevidad y creador de We Care, explicó que, a medida que envejecemos, el centro cerebral que regula la sensación de sed pierde sensibilidad, lo que provoca que muchas personas mayores no perciban la necesidad de hidratarse hasta que el déficit hídrico es significativo. Este fenómeno fisiológico, sumado a las dificultades propias de la edad y a la presencia de enfermedades o tratamientos médicos, incrementa el riesgo de deshidratación y sus consecuencias.
Baja ingesta de agua, mayor daño cerebral y deterioro cognitivo
De acuerdo con un trabajo desarrollado por un equipo de científicos de Corea del Sur, la cantidad de líquidos ingeridos diariamente influye de manera directa en la acumulación de beta-amiloide en el cerebro. Esta proteína, que se deposita en forma de placas, está relacionada con el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer.
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El estudio realizado por el KBASE Research Group, llevado a cabo en una cohorte de 287 adultos mayores cognitivamente normales, reveló que quienes consumen menos de 1,2 litros de agua (cinco tazas) por día presentan mayores niveles de depósito de amiloide-β y más daño en la sustancia blanca cerebral, en comparación con quienes mantienen una ingesta superior.
Según el informe, “una baja ingesta diaria de líquidos se asoció significativamente con un mayor nivel de depósito de amiloide-β, especialmente en individuos negativos para apolipoproteína E4”.
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El impacto de la hidratación no solo se observa en la acumulación de proteínas, sino también en el rendimiento cognitivo y el estado de ánimo, según expone otra investigación científica publicada en British Journal of Nutrition.

El artículo apunta que “la deshidratación sostenida incrementa considerablemente las probabilidades de infecciones urinarias, hipertensión y accidente cerebrovascular”, y que tanto la memoria a corto plazo como la atención visual sostenida se ven afectadas negativamente cuando los niveles de hidratación son bajos.
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El informe menciona además que “el agua es esencial para la función cerebral, pero su papel en la cognición recién empieza a ser comprendido” y que los +60 constituyen uno de los grupos más vulnerables a la deshidratación, junto con los niños.
Hidratación y genética: impacto en el riesgo de Alzheimer
El estudio surcoreano, al que se refirió Jáuregui, enfatiza que el beneficio de una hidratación adecuada es especialmente claro en los adultos mayores sin predisposición genética para el Alzheimer, es decir, aquellos que no presentan el alelo APOE4. En estos casos, consumir suficiente agua podría actuar como un factor preventivo en la acumulación de amiloide-β, mientras que en quienes sí poseen ese componente genético, el riesgo de la enfermedad parece estar más determinado por el factor hereditario.
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Las recomendaciones internacionales coinciden en la necesidad de fomentar el consumo regular de agua en la vejez. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) sugiere una ingesta diaria de 2.000 ml para mujeres y 2.500 ml para hombres, cifras ajustables en función de la dieta, el clima y la actividad física.
Jáuregui propone que, para adultos mayores de 70 años, un consumo promedio de 1,8 litros diarios resulta adecuado, descontando el agua contenida en alimentos. “Si toma más, mejor, porque de última va a ser pis. Pero es una forma rápida”, detalló el especialista. Además, advierte que la hidratación debe realizarse a lo largo del día y no concentrarse en un solo momento, para garantizar un aporte constante y evitar el riesgo de déficit hídrico.
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Desde el punto de vista fisiológico, la deshidratación afecta múltiples sistemas corporales y genera cambios que pueden impactar en la función cerebral. El estudio británico subraya que la falta de agua desencadena la liberación de hormonas como la vasopresina y la angiotensina II, además de modificar la función de neurotransmisores involucrados en la atención, la memoria y el procesamiento de la información. La deshidratación leve puede manifestarse con síntomas como fatiga, menor estado de alerta, dificultad para concentrarse y tensión, incluso antes de que se observen cambios en el rendimiento cognitivo medido por pruebas neuropsicológicas.
La revisión de British Journal of Nutrition también señala que los estados de ánimo son especialmente sensibles a la hidratación. Reportes de participantes en estudios de intervención muestran que el consumo de agua genera sensaciones de calma y mayor energía, principalmente en quienes ya sentían sed o estaban levemente deshidratados. Este efecto es temporal, pero puede influir en la motivación para realizar tareas cotidianas y en la calidad de vida general.
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Beneficios a largo plazo y áreas de investigación futura
En relación a la prevención del deterioro cognitivo, Jáuregui refiere que “el foco está puesto en la prevención, incluso en cada etapa de la vida está determinado cuáles son los factores de riesgo”.

El especialista insiste en que, ante la ausencia de tratamientos farmacológicos eficaces para el Alzheimer, la mejor estrategia sigue siendo el control de los factores modificables, entre ellos la hidratación, la alimentación saludable, la actividad física y el control de los parámetros vasculares.
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“Está demostrado que hay menos depósitos del famoso beta-amiloide de la enfermedad de Alzheimer en las personas que consumen cantidades adecuadas de agua a lo largo de la vida”, afirmó el geriatra.
El acceso y la adherencia a la hidratación pueden presentar obstáculos en la vida diaria. Jáuregui recomienda estrategias simples, como tener agua disponible en diferentes espacios del hogar, utilizar gelatinas sin azúcar o caramelos de agua en casos de dificultad para beber, y evitar las bebidas azucaradas, alcohólicas o con cafeína, que no cumplen el mismo rol y pueden aumentar la pérdida de líquidos.
“La hidratación es básicamente agua. No nos podemos hidratar con bebidas azucaradas ni alcohólicas ni con cafeína”, puntualizó.
El informe surcoreano resalta que la baja ingesta de líquidos no solo afecta el depósito de amiloide-β, sino que se asocia con un mayor volumen de lesiones en la sustancia blanca cerebral, lo que puede reflejar daño vascular. El daño cerebrovascular se vincula con mayor riesgo de accidente cerebrovascular y deterioro de las funciones ejecutivas, lo que subraya la importancia de mantener una hidratación adecuada en todas las etapas del envejecimiento.
Limitaciones en la metodología
Las investigaciones revisadas reconocen limitaciones en la metodología, como la falta de mediciones objetivas del estado de hidratación y la dificultad para estandarizar las pruebas cognitivas.

British Journal of Nutrition sugiere que futuras investigaciones deberían incluir biomarcadores, estudios de neuroimagen y protocolos experimentales más precisos para determinar el impacto real de la hidratación en la cognición. A pesar de estas limitaciones, los datos disponibles respaldan el valor de la hidratación como pilar para el mantenimiento de la función física y mental en la vejez.
El envejecimiento implica una mayor susceptibilidad a la inflamación crónica, a alteraciones metabólicas y a un deterioro progresivo de la función renal y cerebral. “El envejecimiento es un proceso inflamatorio y ese proceso es moldeable, uno lo puede acelerar o desacelerar”, explicó Jáuregui.
Factores como la hidratación, el ejercicio, la nutrición y el control de los parámetros vasculares pueden incidir en la calidad de vida y la autonomía de las personas mayores. El especialista también resaltó la importancia de la sociabilidad y el propósito vital como elementos protectores frente al deterioro asociado al envejecimiento.
Entre los desafíos pendientes, los estudios señalan la necesidad de campañas de educación y sensibilización dirigidas tanto a los adultos mayores como a sus familias y cuidadores. Fomentar el hábito de beber agua de manera regular podría reducir el riesgo de complicaciones de salud y contribuir a un envejecimiento más saludable y autónomo.
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