
Seis tipos de cáncer están creciendo con mayor velocidad entre adultos jóvenes, según investigadores, y el fenómeno va acompañado de un incremento relevante tanto en su mortalidad como en la frecuencia de algunos de estos tumores, especialmente el colorrectal y el uterino.
Esta tendencia fue detectada en al menos cinco países y documentada por un estudio internacional publicado en la revista Military Medical Research y divulgado recientemente en The Harvard Gazette.
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El aumento de la incidencia de cáncer colorrectal y uterino entre menores de 50 años
Entre los datos más relevantes, el estudio revela que en el caso del cáncer colorrectal —particularmente en América del Norte, Europa y Oceanía— un 10 % de los diagnósticos ya corresponde a pacientes menores de 50 años. La proyección más llamativa anticipa que, para el año 2030, la incidencia de este tipo de cáncer aumentará hasta en un 90 % en la franja etaria de 20 a 34 años, y en un 46 % entre quienes tienen 35 a 49 años.
El estudio, dirigido por Tomotaka Ugai, instructor de patología en Harvard y asociado al departamento de epidemiología de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard, alerta además sobre el avance del cáncer uterino, cuyos mayores índices de incidencia y mortalidad en menores de 50 años se han verificado en cinco países. En el caso del cáncer colorrectal, esas tendencias afectan a mujeres de tres países y a hombres de cinco.
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Aunque la incidencia de cáncer sigue siendo numéricamente menor entre personas jóvenes respecto de los mayores, la aceleración del crecimiento en esos grupos ha despertado preocupación en la comunidad médica. El análisis abarcó el período 2000-2017, usando dos bases de datos internacionales sobre cáncer. En los menores de 50 años, se identificaron trece tipos de cáncer cuya frecuencia viene en aumento en al menos diez países, pero son seis los que crecen a mayor ritmo en este grupo etario que entre los adultos mayores: cáncer colorrectal, cervical, pancreático, prostático, renal y mieloma múltiple.
Medidas preventivas
Ante este escenario, ya se advierten respuestas institucionales. En Estados Unidos, las autoridades sanitarias han reducido en los últimos años la edad recomendada para comenzar el tamizaje del cáncer colorrectal, bajándola en 2021 de 50 a 45 años, según el Grupo de Trabajo de Servicios Preventivos de ese país. También para el cáncer de mama se redujo la edad: en 2024, la nueva guía insta a todas las mujeres a iniciar las pruebas de detección a los 40 años, cuando antes la recomendación era basarse en circunstancias individuales para elegir entre los 40 y 50 años.
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El equipo investigador, conformado por especialistas de Estados Unidos, Japón y Corea del Sur, identificó además que la mejoría en los procedimientos de detección para ciertos tipos de cáncer —como el de tiroides, próstata y cáncer de piel no melanoma— está permitiendo diagnosticar más casos en etapas tempranas, lo que no se traduce necesariamente en un alza de la mortalidad. La detección precoz posibilita tratamientos más efectivos y revela también casos clínicamente insignificantes que en el pasado podían pasar inadvertidos.

En los casos de cáncer colorrectal de aparición tardía, el panorama es menos grave: en varios países, la incidencia está disminuyendo, probablemente gracias a los programas de detección dirigidos a adultos mayores, que permiten identificar y tratar crecimientos precancerosos con mayor anticipación.
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Factores de riesgo
El estudio divulgado en Military Medical Research expone que el fenómeno de crecimiento acelerado del cáncer en adultos jóvenes estaría vinculado estrechamente al avance de la obesidad y es más notable en países ricos. Según Ugai, “Existe la posibilidad de que exposiciones como la obesidad, la dieta occidental o el sedentarismo se desplacen hacia poblaciones más jóvenes”. El experto agregó que estos grupos también podrían “estar expuestos a nuevos factores de riesgo de cáncer de aparición temprana, que podrían ser desconocidos o aún requerir investigación”.

Esta hipótesis remite a la necesidad de conocer con mayor detalle las tendencias y riesgos en cada nación, ya que las bases de datos empleadas por la investigación no cubren integralmente regiones aún poco estudiadas, como partes de Asia, África, América del Sur y América Central. La propia Tomotaka Ugai explicó que resulta fundamental “una comprensión más detallada del panorama del cáncer de aparición temprana en cada nación” para diseñar nuevas intervenciones y mejorar las pautas de detección y prevención.
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Limitaciones del estudio y próximas líneas de investigación
Entre las restricciones, los investigadores destacan la limitada representatividad global de las bases consultadas. El mapa que surge hasta el momento muestra una alta variabilidad: “Eso no significa que muchos tipos de cáncer hayan aumentado de forma similar en todas partes. La situación es muy diferente en todo el mundo, por lo que necesitamos saber más sobre la situación actual, los factores de riesgo y cómo prevenir estos cánceres”, explicó Ugai.

El equipo continuará complementando estudios de base poblacional con análisis de tejidos tumorales individuales, para intentar descifrar los mecanismos biológicos y los microambientes implicados en los tumores que aparecen en personas jóvenes. La futura investigación, según Ugai, implicará colaboraciones internacionales para llegar a una comprensión más profunda y diseñar estrategias de prevención adaptadas a cada contexto local.
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Muchos estudios similares, incluido este, muestran que la incidencia de cáncer de inicio temprano presenta una tendencia al alza en varias partes del mundo, aunque las cifras concretas y los tipos de cáncer difieren según el país y el grupo de edad afectado.
La investigación detalla que, en los cánceres donde se han mejorado los protocolos de detección (como tiroides, próstata y piel no melanoma), la mayor incidencia de casos diagnosticados no se acompaña de un aumento de la mortalidad, lo que apunta a un efecto positivo de las pruebas preventivas y la detección oportuna.
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Las autoridades sanitarias subrayan la importancia de este tipo de evidencia para ajustar los estándares de detección precoz y reconsiderar los factores de riesgo asociados a la vida moderna, como la dieta y el sedentarismo, elementos que pueden estar alterando los patrones de incidencia del cáncer en las nuevas generaciones.
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