
Un hallazgo reciente ha permitido escuchar por primera vez el registro sonoro más antiguo conocido del océano, capturado en 1949. Este archivo histórico proviene de la Woods Hole Oceanographic Institution (WHOI), centro de investigación marina estadounidense con una larga tradición en el desarrollo de tecnologías y métodos para la observación submarina.
La grabación fue realizada durante un experimento naval, no destinado originalmente al estudio de cetáceos, sino a la investigación tecnológica y militar en colaboración con la Oficina de Investigación Naval de Estados Unidos, en plena era de desarrollo de sistemas de sonar tras la Segunda Guerra Mundial. El registro sonoro más antiguo conocido del océano data del 7 de marzo de 1949, cerca de las Bermudas, y quedó almacenado durante décadas en soportes de audiógrafo, un formato completamente obsoleto.
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En 2025, Ashley Jester, directora de servicios de datos e investigación de la WHOI, descubrió los discos con anotaciones vagas sobre gemidos y gruñidos, lo que condujo a su digitalización y hallazgo. Una vez procesado, los bioacústicos de la institución identificaron el inconfundible canto de una ballena jorobada, transformando un sonido misterioso en un documento histórico de enorme valor, según Muy Interesante.
¿Qué se sabía sobre el océano y la bioacústica marina en 1949?
En 1949, el conocimiento sobre el océano profundo y la vida marina era aún incipiente, sobre todo en lo relacionado con los sonidos submarinos. Si bien la tecnología de sonar había avanzado gracias a la guerra, la comunidad científica apenas comenzaba a registrar ruidos inexplicables bajo el agua, sin saber con certeza qué animales los producían.
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La bioacústica marina aún no era una disciplina formalmente reconocida y solo daba sus primeros pasos: ese mismo año, investigadores de la Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI) lograron registrar belugas en libertad en Canadá, sentando las bases para el estudio sistemático de los sonidos marinos.
El valor de la grabación de las Bermudas radica precisamente en que no fue el resultado de una misión científica dirigida a los cetáceos, sino de una campaña tecnológica que terminó registrando, por azar, el canto de una ballena en un entorno acústico casi inexplorado.
¿Cómo se realizó y conservó la grabación de 1949 según la WHOI?
La captura del sonido fue posible mediante un hidrófono conectado a un audiógrafo Gray, un dispositivo originalmente utilizado para dictados de voz en oficina. Este ingenio técnico, junto a la curiosidad de los investigadores, permitió grabar el canto en un disco de plástico flexible.
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El soporte, más resistente que las cintas magnéticas popularizadas después, fue clave para preservar el archivo: el surco grabado resistió la degradación durante décadas, permitiendo recuperar aproximadamente una hora de sonido de un océano hoy imposible de recrear en sus condiciones originales.

La digitalización reciente evitó daños mayores y facilitó el análisis detallado del documento, rescatando una evidencia única que había permanecido inadvertida en los archivos.
¿Por qué es relevante la comparación ambiental entre la grabación de 1949 y el océano actual?
El registro de 1949 ofrece una referencia acústica histórica de una época previa a la intensificación del tráfico marítimo, la pesca industrial y la explotación masiva de recursos marinos. El océano de mediados del siglo XX era, en términos acústicos, mucho más silencioso que el actual. Según la Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI), escuchar la grabación permite comparar el entorno sonoro de entonces con el presente, donde el ruido antropogénico puede afectar la comunicación, orientación y reproducción de cetáceos y otras especies.
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La posibilidad de analizar el canto de las ballenas en ese contexto aporta herramientas inéditas para comprender la evolución de su comportamiento vocal y los cambios en la biodiversidad y salud del ecosistema marino; información clave para la conservación y gestión actual de los océanos.
¿Qué rol tuvo el archivística en el hallazgo y qué otras sorpresas podrían surgir?
La labor archivística fue determinante en el hallazgo. La preservación de los discos por bibliotecarios y técnicos de la Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI) permitió que el material resistiera el paso del tiempo. La institución, apoyada por subvenciones como la de la National Recording Preservation Foundation, ha iniciado la digitalización de toda su colección de audiógrafos. Esto abre la posibilidad de que aún existan más registros sonoros inéditos esperando ser descubiertos, capaces de aportar información desconocida sobre el océano y su historia acústica.
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El caso muestra cómo muchos descubrimientos científicos pueden encontrarse en archivos olvidados, y no necesariamente en expediciones o laboratorios.
¿Cómo evolucionó la tecnología de escucha submarina desde el audiógrafo Gray?
Desde 1949, la tecnología de escucha submarina ha avanzado de forma vertiginosa. Lo que comenzó con hidrófonos rudimentarios y audiógrafos conectados a bordo de barcos se ha transformado en sistemas sofisticados como boyas acústicas pasivas, hidrófonos autónomos y planeadores submarinos (Slocum gliders) capaces de transmitir datos casi en tiempo real.
Actualmente, programas como Robots4Whales emplean robots submarinos equipados con detectores que analizan frecuencias y espectrogramas para identificar vocalizaciones. La comparación entre el audiógrafo Gray y la instrumentación moderna muestra una evolución de apenas tres generaciones, aunque el principio básico, escuchar para comprender el océano, sigue intacto.
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