
Sentir el aire frío en la piel o la frescura de un caramelo de menta es una experiencia cotidiana que parece simple, pero detrás de ella hay un mecanismo molecular sorprendentemente complejo. Ahora, la ciencia logró ver por primera vez cómo funciona uno de los sensores responsables de esa sensación: el canal TRPM8, una proteína que actúa como detector del frío en el organismo.
Las primeras imágenes detalladas de este sensor muestran de qué manera el cuerpo humano percibe tanto la disminución real de la temperatura como la ilusión de frescor provocada por el mentol.
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El hallazgo abre nuevas perspectivas para comprender la percepción sensorial y para desarrollar tratamientos dirigidos a trastornos relacionados con el dolor y la sensibilidad térmica.
Un “termómetro molecular” en las neuronas
El avance fue presentado en la 70ª Reunión Anual de la Biophysical Society en San Francisco y estuvo liderado por Hyuk-Joon Lee, del laboratorio de Seok-Yong Lee en la Universidad de Duke.
El TRPM8 es un canal iónico situado en la membrana de neuronas sensoriales presentes en la piel, la boca y los ojos. Su función puede compararse con la de un diminuto termómetro: cuando la temperatura ambiental desciende, el canal se abre y permite la entrada de iones que desencadenan una señal eléctrica hacia el cerebro. Esa señal es la que finalmente interpretamos como frío.
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Este sensor se activa aproximadamente entre los 8 y los 28 °C. Aunque los científicos ya sabían que existía y que participaba en la percepción térmica, hasta ahora no se había podido observar con precisión cómo cambiaba su forma al activarse.
Cómo el mentol “engaña” al cerebro
Para resolver este enigma, el equipo utilizó criomicrografía electrónica, una técnica que permite congelar moléculas y capturar imágenes de su estructura con altísima resolución. Gracias a este método, lograron observar el canal TRPM8 en estado cerrado y también en estado abierto, activado tanto por el frío como por el mentol.
Las imágenes revelaron que ambos estímulos abren el canal por caminos ligeramente distintos. El frío actúa modificando directamente el poro del canal —la zona por donde pasan los iones—, mientras que el mentol se une a otra región de la proteína y provoca cambios estructurales que terminan generando el mismo efecto.
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En otras plabaras, el mentol funciona como un “truco” molecular. No enfría físicamente el tejido, pero activa el sensor de la misma manera que lo haría una baja temperatura, por lo que el cerebro interpreta la sensación como frescor.
Además, los investigadores comprobaron que la combinación de frío real y mentol intensifica la señal. Este efecto sinérgico permitió estabilizar el canal en su estado abierto y capturar imágenes que antes habían resultado difíciles de obtener.
Implicancias para la medicina
Comprender la estructura y el funcionamiento del TRPM8 tiene relevancia más allá de la percepción sensorial. Un funcionamiento alterado de este canal se ha asociado con afecciones como migraña, dolor crónico, síndrome de ojo seco e incluso algunos tipos de cáncer.
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Conocer en detalle su arquitectura molecular facilita el diseño de fármacos capaces de modular su actividad. De hecho, existen medicamentos que actúan sobre esta vía. Uno de ellos es Acoltremon, un análogo del mentol aprobado en Estados Unidos para tratar el ojo seco en forma de gotas, ya que estimula la producción de lágrimas y alivia la irritación ocular.

El hallazgo también permitió identificar una región clave del canal, descrita como un “punto frío”, que interviene en la detección térmica y evita que el sensor pierda sensibilidad tras exposiciones prolongadas.
La criomicrografía electrónica fue decisiva para este avance. Esta técnica consiste en congelar instantáneamente las moléculas y exponerlas a un haz de electrones, lo que permite obtener imágenes casi a nivel atómico. En los últimos años, revolucionó la biología estructural al posibilitar la observación de proteínas en acción.
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Gracias a estas “instantáneas moleculares”, los científicos pueden entender cómo los estímulos externos se traducen en respuestas celulares, un paso clave para el desarrollo de terapias dirigidas.
Un paso hacia comprender los sentidos
El estudio no solo aclara cómo percibimos el frío y el mentol, sino que también sienta las bases para investigar otros sensores corporales a nivel molecular. Analizar la arquitectura de estas proteínas permitirá, en el futuro, diseñar tratamientos más específicos para el dolor y otras afecciones vinculadas con la sensibilidad sensorial.
Observar el funcionamiento del TRPM8 es como mirar el interruptor microscópico que conecta el mundo exterior con la experiencia subjetiva del frío. Un pequeño mecanismo molecular que, ahora visible, promete impulsar nuevas estrategias terapéuticas y profundizar la comprensión de cómo el cerebro interpreta las señales del cuerpo.
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