Los vínculos sociales negativos pueden acelerar el envejecimiento

Un reciente estudio epigenético reveló cómo los vínculos negativos afectan la salud y la edad biológica más de lo que se pensaba

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(Imagen Ilustrativa Infobae)
Más de la mitad de los adultos convive con al menos una figura social que genera malestar (Imagen Ilustrativa Infobae)

Una persona conflictiva dentro del entorno cercano podría influir directamente en el envejecimiento del cuerpo. Un estudio dirigido por Byungkyu Lee, profesor en la Universidad de Nueva York, reveló que los vínculos sociales negativos se asocian con un aumento en la edad biológica de aproximadamente 2,5 meses. Publicada por New Scientist, la investigación subraya que la calidad de las relaciones personales tiene un impacto tangible sobre la salud y la longevidad.

Cómo los vínculos afectan el cuerpo a nivel celular

El equipo de Lee convocó a 2.232 personas adultas para examinar el efecto de las relaciones interpersonales sobre el envejecimiento. Cada participante proporcionó una muestra de saliva para pruebas epigenéticas y respondió un cuestionario sobre su entorno social, incluyendo con qué frecuencia alguien cercano les generaba molestias o dificultades. Las respuestas posibles iban de “nunca” a “a menudo”.

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Cualquier persona que causara incomodidad de forma ocasional o frecuente fue clasificada como “molesto”. Según Lee, más de la mitad de los adultos reportan tener al menos un molesto entre sus contactos más cercanos, lo que demuestra la prevalencia de este tipo de vínculos.

El estudio se centró en las marcas de metilación del ADN, un indicador epigenético que permite estimar la edad biológica de una persona. A diferencia de la edad cronológica, la biológica refleja el desgaste real del organismo. Lee explicó a New Scientist que “a medida que envejecemos, el patrón de estas marcas cambia de forma predecible”.

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Cada vínculo negativo suma meses

Los resultados mostraron que cada relación conflictiva estaba asociada con un aumento promedio del 0,5 % en la edad biológica, lo que equivale a 2,5 meses adicionales respecto de lo esperable para la edad real. Este efecto se volvió medible gracias al análisis epigenético, una herramienta que permite observar cómo ciertos estímulos del entorno modifican la actividad genética sin alterar la secuencia del ADN.

Pareja adulta discutiendo
Los vínculos sociales conflictivos podrían adelantar la edad biológica en más de dos meses (Crédito: Freepik)

Las marcas de metilación funcionan como interruptores químicos que regulan el encendido o apagado de los genes. Las alteraciones en estos patrones, desencadenadas por experiencias como el estrés crónico, pueden acelerar procesos asociados al envejecimiento y aumentar la vulnerabilidad a enfermedades.

Estrés social e inflamación crónica

Uno de los mecanismos más relevantes que explica este fenómeno es el estrés inflamatorio crónico. El equipo de Lee observó que las personas con mayor exposición a vínculos negativos presentaban niveles más elevados de marcadores epigenéticos relacionados con la inflamación, lo que compromete el sistema inmunológico.

Según New Scientist, estos hallazgos refuerzan la noción de que el estrés interpersonal no solo afecta el bienestar psicológico, sino que deja una huella fisiológica concreta.

Mujer adulta estresada
El estrés interpersonal sostenido se asocia con daños en el sistema inmunológico (Crédito: Freepik)

“El impacto biológico de tener una alta proporción de alborotadores en la red social es comparable en magnitud a la diferencia entre quienes nunca fumaron y quienes alguna vez fumaron”, afirmó Lee.

Cuando el apoyo también daña

Un aspecto destacado del estudio fue la identificación del efecto amplificado de las relaciones ambivalentes, es decir, aquellas en las que una persona genera tanto apoyo como malestar.

“La misma persona que te consuela hoy podría criticarte mañana, lo que causa más daño psicológico que las relaciones que simplemente puedes etiquetar como malas y evitar”. explicó Lee.

Este tipo de vínculos resultan especialmente estresantes por su carácter impredecible. La dificultad para anticipar si el trato será positivo o negativo genera una carga emocional sostenida, que podría intensificar las respuestas fisiológicas asociadas al envejecimiento.

La pertenencia grupal como factor protector

Aunque el estudio de Lee se enfocó en relaciones uno a uno, otros especialistas señalaron que la pertenencia a un grupo también desempeña un papel crucial en la salud. Alex Haslam, profesor de psicología en la Universidad de Queensland, comentó en New Scientist que estos resultados se alinean con investigaciones previas sobre la importancia de las relaciones sociales.

Imagen de escritores y escritoras sonrientes, compartiendo y recomendando libros en un encuentro literario. Un momento lleno de pasión por la lectura, escritura, cultura y el fascinante mundo de los libros. (Imagen Ilustrativa Infobae)
La identificación con grupos sociales, como los de lectura, se perfilan como un factor protector frente al deterioro biológico (Imagen Ilustrativa Infobae)

Haslam sostuvo que no solo las interacciones individuales afectan el bienestar, sino también el grado de identificación con una comunidad. “Será mi identificación con el grupo lo que beneficie mi salud, no mi relación concreta con sus miembros”, explicó. El sentido de pertenencia fue vinculado con una mejor respuesta inmunológica y menor riesgo de deterioro cognitivo.

Evidencias previas sobre los efectos de los “amienemigos”

Un estudio realizado por la Universidad de Utah aportó antecedentes relevantes al tema. La investigación señaló que las relaciones ambivalentes, también conocidas como “amienemigos”, favorecen el acortamiento de los telómeros, estructuras protectoras situadas en los extremos de los cromosomas. El desgaste de los telómeros se relaciona con enfermedades cardiovasculares y un envejecimiento celular acelerado.

Además, revisiones científicas citadas por New Scientist muestran que el aislamiento social puede ser tan perjudicial para la salud como la obesidad o la falta de actividad física, lo que refuerza la necesidad de abordar la dimensión social como un determinante clave de la salud pública.

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