
Un solo vaso de vino a la semana durante el embarazo altera la estructura del cerebro del bebé, según una nueva investigación. Incluso una copa de vino puede provocar el síndrome de alcoholismo fetal (SAF), que consta de una serie de problemas de desarrollo. Según compartieron investigadores austríacos en su trabajo, los bebés expuestos, incluso a cantidades bajas o moderadas de alcohol, tenían la forma de sus cerebros físicamente alterada y el desarrollo cerebral retrasado.
Los bebés tenían un surco superior derecho menos profundo, asociado a la cognición y el lenguaje, según el estudio aún no publicado, pero que se presentará en la reunión anual de la Sociedad Radiológica de Norteamérica en los próximos días.
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“Incluso niveles bajos de consumo de alcohol pueden provocar cambios estructurales en el desarrollo del cerebro y retrasar su maduración”, declaró el autor principal del estudio, el doctor Patric Kienast, neurólogo de la Universidad Médica de Viena.

Y añadió: “Por desgracia, muchas mujeres embarazadas no son conscientes de la influencia del alcohol en el feto durante el embarazo. Las embarazadas deberían evitar estrictamente el consumo de alcohol”.
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El alcohol altera la estructura de las células, reduciendo la mielinización -su proceso de recubrimiento protector- y el número de interconexiones entre células. El desarrollo prenatal tiene dos etapas, la primera es la embrionaria que comprende las primeras ocho semanas de desarrollo, donde se determinan los precursores de lo que serán los sistemas de órganos.
El alcohol introducido en esta primera etapa puede tener importantes repercusiones en función de la población de células afectadas negativamente, que pueden ir desde defectos de nacimiento hasta el aborto. El mayor impacto es el conductual.
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Los cambios a nivel celular afectan al diseño del cerebro y repercuten en el almacenamiento de la memoria, la velocidad de procesamiento, la capacidad de análisis o la toma de decisiones.
El equipo austríaco examinó los cerebros de 24 fetos expuestos al alcohol entre las semanas 22 y 36 del embarazo mediante resonancias magnéticas. El consumo de alcohol se determinó mediante encuestas anónimas a las madres.
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Diecisiete madres bebían menos de una bebida alcohólica a la semana, mientras que dos dijeron que tomaban hasta seis bebidas a la semana y una dijo que consumía más de 14.
Seis de las madres también admitieron haber bebido en exceso al menos una vez mientras estaban embarazadas, es decir, haber tomado más de cuatro bebidas en una ocasión.
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Los autores dijeron, en diálogo con Insider, que su investigación es la primera que utiliza este tipo de tecnología para ver exactamente cuándo y dónde la exposición al alcohol empieza a afectar al cerebro en desarrollo.
Y aunque no todos, ni siquiera la mayoría, de los bebés de embarazadas bebedoras desarrollarán problemas, los investigadores dicen que tampoco hay garantía de que los niños no lo hagan.
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“Puede que haya un riesgo muy pequeño asociado a cada copa que se beba durante el embarazo, pero nunca se sabe si esa puede ser la que te lleve al límite”, remarcó la doctora Marlene Stuempflen, coautora del estudio.

Por último, Kienast aseguró que tiene previsto invitar a los niños a que vuelvan a someterse a exploraciones tras su nacimiento, para comprobar cómo afecta el consumo de alcohol a su desarrollo.
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“Podemos suponer firmemente que los cambios que descubrimos contribuyen a las dificultades cognitivas y de comportamiento que pueden producirse durante la infancia”, concluyó el especialista.
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