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La tragedia del Vuelo 123 de Japan Airlines: más de quinientos muertos, cuatro sobrevivientes y un mensaje desesperado

El 12 de agosto de 1985, un Boeing 747 de la empresa japonesa se estrelló contra una sierra cuando se dirigía a Osaka. Es hasta hoy el mayor accidente de aviación protagonizado por una sola aeronave. Las últimas comunicaciones con tierra, el revelador contenido de la caja negra y los testimonios de las cuatro mujeres que vivieron para contarlo

vuelo 123 de Japan Airlines
El Boeing 747 de Japan Airlines protagonizó el mayor accidente de la historia de la aeronavegación comercial ocasionado por un solo avión (Wikipedia / Kjell Nilsson)
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“Virar a la derecha… ¿Qué es esto?”. La voz del piloto Masami Takahama se escuchó fuerte y clara en la grabación de la caja negra. Apenas un minuto y tres segundos después de su despegue de Tokio, la situación del Boeing 747 de Japan Airlines (JAL) era preocupante, aunque el fragmento de la cinta dado a conocer por las autoridades de la línea aérea no permitía conocer con precisión la causa. El registro de las conversaciones en tierra y de los primeros 63 segundos de vuelo ya se había borrado.

El 12 de agosto de 1985, a las 18.03, hora local, el Vuelo 123 de JAL había decolado sin inconvenientes del Aeropuerto de Haneda, en la capital japonesa, con destino al Aeropuerto Internacional de Osaka, donde su arribo estaba previsto para las 19.10. Sin embargo, un informe del Ministerio de Transporte indica que poco después de dejar tierra, el comandante Takahama pidió autorización para regresar. Las instrucciones de la torre de control fueron precisas: desviarse al noroeste y después virar al este para iniciar el retorno. De haber continuado hacia Osaka, la aeronave, con 524 personas a bordo, debería haber virado hacia el oeste. Pero el 747 japonés jamás llegaría a ninguno de los dos aeropuertos: exactamente 32 minutos y 43 segundos más tarde se estrelló a cien kilómetros al noroeste de Tokio.

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Los expertos consultados después del accidente coincidieron en que el fragmento conocido de las conversaciones grabadas en la caja negra demostraba el alto nivel profesional y la sangre fría de la tripulación que, a pesar de la casi segura perspectiva de una muerte inminente, en ningún momento perdió la calma ni dejó de intentar hasta el final una maniobra que evitara el desastre.

Vuelo 123 de Japan Airlines - Accidentes aéreos
En azul, el tramo que completó el vuelo 123. En línea punteada, el que debía realizar. En rojo, el que efectuó hasta estrellarse (Wikipedia)

¡Levante la nariz… Levante!

El registro de los diálogos entre el comandante Takahama, el copiloto Yutaka Sasaki y el ingeniero de vuelo Hiroshi Fukuda, difundidos por la línea aérea una semana después del accidente, toma como hora cero el momento del despegue. Las primeras palabras pertenecen al piloto:

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1 minuto, 03 segundos. Capitán: “Virar a la derecha… ¿Qué es esto?”.

1.08. Voz no identificada: “Presión hidráulica baja… presión hidráulica es…”.

2.17. Capitán: “Derecha, copiloto… Derecha”.

3.38. Voz no identificada: “Presión hidráulica cerrada”.

5.51. Capitán: ¿Qué es esto?

7.36. Copiloto o ingeniero de vuelo: “Hacia atrás… ¿Qué se rompió?... ¿Dónde está?... ¡Ah, ah, ah…! Es el compartimento de equipaje. Atrás, bien atrás… Creo que deberíamos descender aquí”.

9.20. Voz no identificada: “¿La ventana R5? Sí”.

9.22. Capitán: “R5… Creo que deberíamos hacerlo. Nos pondremos la máscara también. Creo que debemos hacerlo con la máscara puesta”.

(La azafata Yumi Ochiai, que viajaba fuera de servicio y sobrevivió al accidente, dijo que en la cabina de pasajeros cayeron las máscaras de oxígeno).

11.31. Voz no identificada: La ventana R5 rota. Estamos descendiendo”.

11.33. Capitán: “Baje la nariz”.

11.33. Copiloto: “OK”.

14.33. Voz no identificada: “¿Qué pasa con el tren de aterrizaje?”

14.56. Capitán: “Baje la nariz”

14.56. Copiloto: “OK”.

16.26. Capitán: “Baje el tren de aterrizaje”.

16.26. Copiloto: “OK”.

20.54. Copiloto: “¡qué hacemos con los flaps? ¿Los bajamos? ¿Es demasiado pronto?”

20.54. Capitán: “Es demasiado pronto… ¿Está bajo el tren de aterrizaje?”

20.54. Copiloto: “El tren de aterrizaje está bajo”.

23.57. Capitán: “Derecha… Levante… Potencia… Potencia”.

24.18. Capitán: “Ahora izquierda”.

24.18. Copiloto: “Sí, izquierda”.

24.27. Capitán: “Disminuya potencia… Baje la nariz… Baje la nariz”.

25.11. Capitán: “Potencia”.

24.54. Capitán: “¡Eh! ¡Más potencia!”.

(Durante los siguientes siete minutos, el capitán Takahama repite dos órdenes varias veces, cada vez con más urgencia: “Potencia” y “Levante la nariz”)

32.11. Capitán: “¡Levante la nariz… Levante la nariz… Levante!

32.32. Voz simulada del sistema de advertencia de proximidad del suelo: “Rango de caída, arriba… Arriba… Arriba… Arriba…”.

34.43: Ruido de impacto y después silencio total.

Los relojes marcaban las 18.35, hora de Japón, momento exacto del mayor accidente de la historia de la aeronavegación comercial protagonizado por un solo avión. La caída del Boeing 747 de JAL dejó un saldo de 520 muertos. Hubo cuatro sobrevivientes, todas mujeres: Keiko Kawakami, de 12 años; Mikiko Yoshizaki, de 8; Hiroki Akawama, de 37; y Yumi Ochiai, azafata fuera de servicio, de 26.

Los testimonios de estas sobrevivientes coincidieron en que, luego de que se estrellaran contra una de las sierras de Mikuniyava había más personas con vida. Algunas sucumbieron víctimas de los focos de incendio que se produjeron en el avión al chocar; otras, gravemente heridas, murieron mientras las patrullas de rescate trataban de llegar. El lugar casi inaccesible donde cayó el Boeing conspiró para que no pudieran ser salvadas. Los primeros rescatistas llegaron al lugar recién 17 horas después del accidente.

Vuelo 123 de Japan Airlines - Accidentes aéreos
Restos del avión de Japan Airlines. Entre ellos se encontraron cuatro sobrevivientes, todas eran mujeres (Federal Aviation Administration / Wikipedia)

La azafata que volvió a vivir

El relato de la azafata Yumi Ochiai permitió reconstruir lo que sucedió en la cabina de pasajeros mientras el capitán trataba de salvar al avión o, por lo menos, aterrizarlo en un lugar donde se minimizaran los daños. Ochiai venía de cumplir un largo turno de trabajo y se quedó dormida apenas el Boeing 747 partió de Tokio. La despertó un fuerte crujido. “Estaba sentada en la sección posterior del avión y lo primero que recuerdo es haber escuchado un estampido sobre mi cabeza. Abrí los ojos y vi que una niebla blanca empezaba a invadir la cabina. Al mismo tiempo, el avión empezó a descender en un ángulo demasiado pronunciado. Pensé que nos caíamos. Empecé a escuchar gritos desesperados y llantos. La situación se puso peor cuando soportamos una serie de sacudidas laterales y longitudinales. Fue cuando los auxiliares de abordo pidieron que nos colocáramos los salvavidas y adoptáramos la posición adecuada para casos de accidentes. Por el pánico, muy pocos lo hicieron. El jefe de personal de vuelo nos avisó que había la posibilidad de un aterrizaje de emergencia. Entonces me levanté y ayudé a mis colegas a asistir a los pasajeros y después volví a sentarme, a ajustarme el cinturón y a colocarme en posición de accidente, doblándome, colocando la cabeza entre las rodillas, con las manos cruzadas sobre la cabeza”, contó a los periodistas que la entrevistaron después de que brindara su testimonio a los peritos que investigaban el accidente.

Su relato fue tan pormenorizado que, cruzado con el contenido de la caja negra, fue utilizado para reconstruir los hechos. “Poco después sentí dos o tres sacudidas fuertes. Seguíamos perdiendo altura mientras volaban asientos, cojines y equipaje. A pesar de mi experiencia en vuelo no podía moverme de mi butaca. La presión era enorme y me dolía el estómago como si estuviera desgarrándome. Vi que caían pedazos del techo del baño posterior y, de pronto, pude ver el cielo azul a través de un agujero del fuselaje. Cuando vi el cielo, pensé que no teníamos salvación. Sentí pánico. El avión continuó moviéndose de un lado a otro y mi asiento se dio vuelta. De ahí en adelante comenzó el descenso en picada total, como si fuéramos una piedra cayendo. Entonces me desmayé”, continuó.

Su siguiente recuerdo fue haber despertado en la oscuridad, sepultada bajo una montaña de asientos y restos de fuselaje. “Sentí un profundo dolor en todo el cuerpo, sobre todo en la pelvis, que se fracturó. No sé cómo conseguí soltarme del cinturón de seguridad. Era de noche y me arrastré unos metros hasta que volví a desmayarme”, agregó. Cuando volvió a despertar era nuevamente de día y recién entonces tomó conciencia de que estaba rodeada de cadáveres. “No los había visto. Había cuerpos calcinados y mutilados. Creo que Dios quiso que no los viera hasta ese momento, porque si no creo que no hubiera sobrevivido a la noche. Cerré los ojos y por primera vez me puse a llorar”, explicó.

La agonía del 747 no se había iniciado por la rotura de la puerta R5, sino con el desprendimiento espontáneo de material de la cola del avión (EFE/EPA/KIMIMASA MAYAMA)
La agonía del 747 no se había iniciado por la rotura de la puerta R5, sino con el desprendimiento espontáneo de material de la cola del avión (EFE/EPA/KIMIMASA MAYAMA)

El calvario de Keiko

Keiko Kawakami, la nena de 12 años que sobrevivió al accidente, no pudo ser entrevistada por ningún periodista. Había salido casi indemne de la caída del avión y solo debió permanecer 24 horas en observación en el hospital. Luego, sus abuelos maternos la llevaron a Osaka. Lo que se conoce es parte del testimonio que brindó a los investigadores y que tomó estado público una semana después. La familia Kawakami retornaba a Osaka luego de una semana de vacaciones en Tokio. Keiko había abordado el avión con su padre, su madre y su única hermana mayor, Yumi. Contó que, de pronto, escuchó un ruido muy fuerte. “El avión se movía y yo no me di cuenta de lo que estaba pasando hasta que sentí un viento muy fuerte y vi que volaban un montón de cosas. Arriba había un agujero y se veía el cielo. Mamá gritaba, todos gritaban. Después no me acuerdo de nada más”, contó.

En la transcripción del relato de Keiko a los investigadores se le una descripción detallada de los últimos minutos de vida de sus familiares. “Estábamos los cuatro juntos, aunque yo no podía ver a papá. Mamá nos preguntó si estábamos bien. Yo le dije que sí, pero no podía moverme. Yumi le dijo: ‘Me duele mucho’. Papá y mamá nos decían que no nos preocupáramos, que nos iban a venir a salvar. Pero papá ya no nos habló más. Le pregunté a Yumi, que estaba más cerca de él, qué pasaba y ella me dijo: ‘Papá está frío’. Y ahí mi mamá se puso a llorar”. Durante la noche, Keoko dejó de escuchar también a su madre y a su hermana, no hablaron más. “Me dio mucho miedo estar sola, También me asustaban los gritos, pero después me dormí y ya no escuché más”, contó. Despertó cuando ya era de día y llegaban los primeros rescatistas.

El testimonio de Keiko resultó clave para confirmar la existencia de otros pasajeros que habían sobrevivido a la caída del avión pero que luego habían muerto a consecuencia de las heridas. Es posible que algunos de ellos hubieran muerto aun recibiendo auxilio médico, pero para otros la demora de los equipos de rescate resultó fatal.

Hiroki Akawama, la mayor de las sobrevivientes de la tragedia del Vuelo 123, no resultó de ayuda para saber lo que sucedió en el interior del Boeing 747. Fue víctima de un profundo estado de shock y no recordaba nada. Mikiko Yoshizaki, con sus ocho años, tampoco pudo dar detalles. “El avión se rompió y se cayó. Todas las cosas volaban”, fue lo único que pudo contar.

El Boeing 747 de la empresa japonesa se estrelló contra una sierra cuando se dirigía al aeropuerto de Osaka (Nobuki Ito/Kyodo News vía AP)
El Boeing 747 de la empresa japonesa se estrelló contra una sierra cuando se dirigía al aeropuerto de Osaka (Nobuki Ito/Kyodo News vía AP)

El error de la puerta R5

El capitán Takahama y sus colaboradores murieron convencidos de que la falla que hacía caer en picada al avión estaba localizada en la puerta R5, del compartimento de equipajes. La primera señal de alarma se produjo menos de dos minutos después del despegue, cuando los instrumentos de cabina mostraron una falla.

“¿Qué es esto?”, preguntó Takahama.

“No hay hidráulica”, le respondió uno de los dos hombres que lo acompañaban en la cabina de mandos.

Transcurrieron varios minutos hasta que el copiloto indicó que la falla se encontraba en la parte posterior del avión. Recién a los 9.20 minutos de vuelo uno de los tripulantes hizo referencia a la puerta R5. A partir de ese momento, ni el capitán, ni el copiloto o el ingeniero de vuelo pusieron en duda el lugar del desperfecto. Su única preocupación fue virar la aeronave, mantenerla gobernable e intentar el retorno a Tokio. De haber sabido cuál era realmente el desperfecto, habrían comprendido la inutilidad de la maniobra y, tal vez, buscado otra alternativa para evitar la caída del Boeing.

Después de cuatro días de minuciosas pericias, los técnicos japoneses establecieron con cierto grado de precisión lo ocurrido: la agonía del 747 no se había iniciado por la rotura de la puerta R5, como parecía haber señalado el instrumental de cabina, sino con el desprendimiento espontáneo de material de la cola del avión. En esas condiciones, la maniobra que intentó el piloto era imposible de realizar. Takahama no lo sabía, pero su esfuerzo estaba condenado al fracaso. Minutos después, fuera de control, el Boeing de JAL se precipitó con la nariz apuntando a las sierras de Mikuniyava.

Cuando le entregaron el cadáver de su padre, uno de los hijos de Hiroji Kawaguchi, directivo de una empresa naviera, encontró entre sus ropas un mensaje escrito con letra temblorosa: “A mis tres hijos: cuiden a su madre. El avión está cayendo. Humo blanco entra por atrás. Juro que nunca más subiré a un avión”, decía.

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