
Comer ante el estrés, el enojo o el cansancio es una conducta frecuente y no equivale por sí sola a un trastorno alimentario. La diferencia entre el hambre física y el impulso de usar comida para afrontar una emoción puede orientar decisiones cotidianas, como explicó la psicóloga clínica Rachel Goldman en una entrevista con The Dr. Hyman Show.
Goldman, profesora clínica asistente de Psiquiatría en la Universidad de Nueva York, señaló que recurrir a la comida puede cumplir una función de alivio momentáneo. “La alimentación emocional es muy común”, afirmó. Puede aparecer frente al aburrimiento, la tristeza, la ansiedad, el agotamiento o incluso la alegría, y no necesariamente responde a una necesidad fisiológica de alimentarse.
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El Instituto Nacional de la Diabetes y las Enfermedades Digestivas y Renales de Estados Unidos advierte que algunas personas comen o beben más cuando están estresadas, tristes, enojadas o aburridas, aun cuando no tengan hambre. Reconocer esa posibilidad puede ayudar a elegir otra forma de atravesar el malestar, aunque no implica que la comida deba quedar prohibida.

El hambre física y el impulso emocional pueden confundirse
El hambre física suele desarrollarse de forma gradual y puede satisfacerse con distintos alimentos. En cambio, el deseo de comer vinculado con una emoción puede sentirse urgente, concentrarse en un producto específico o aparecer poco tiempo después de una comida.
Esa distinción no funciona como una prueba diagnóstica. Buscar algo dulce o salado puede relacionarse con hambre, costumbre, disponibilidad, restricción previa, falta de saciedad o una emoción. La utilidad de detenerse antes de comer consiste en observar el contexto, no en juzgar la decisión.
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Goldman propuso una pausa breve para formular preguntas concretas: “¿Qué está pasando ahora? ¿Cómo me siento? ¿Qué necesito?”. También sugirió revisar cuándo fue la última comida y si resultó suficiente. El objetivo no es obligarse a ignorar el deseo de comer, sino distinguir si la comida resolverá la necesidad que apareció.

“Si de verdad quieres la galleta, come la galleta”, expresó la psicóloga, quien agregó: “No se trata de la galleta. Se trata del pensamiento”. Su planteo apunta a evitar el ciclo de culpa, restricción y sobreingesta que puede surgir cuando un alimento se interpreta como un fracaso personal.
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Los pensamientos de todo o nada pueden reforzar la culpa
Goldman explicó que la terapia cognitivo-conductual trabaja sobre la relación entre pensamientos, emociones y conductas. Uno de los patrones que mencionó fue el razonamiento de “todo o nada”: comer una galleta y concluir que el día alimentario está perdido, o abandonar el ejercicio porque no hay tiempo para una rutina completa.

La Asociación Estadounidense de Psicología describe el pensamiento de todo o nada como una forma de interpretar las situaciones en extremos, sin reconocer alternativas intermedias. En relación con la comida, esa lógica puede reforzar la sensación de fracaso y dificultar la continuidad de hábitos.
La terapia cognitivo-conductual se utiliza, entre otros abordajes, para trabajar pensamientos y conductas vinculados con los trastornos de la conducta alimentaria.

Una reformulación posible no exige perfección. Si no hay una hora para entrenar, puede haber 20 minutos para caminar o estirar el cuerpo. Si una comida no fue la planeada, la siguiente no necesita compensarse con ayuno, castigo o restricciones extremas.
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Dormir, comer con regularidad y manejar el estrés también importan
La falta de sueño, el estrés sostenido y los horarios irregulares pueden volver más difícil registrar las señales de hambre y saciedad. Goldman recomendó concentrarse primero en una conducta posible, como mejorar el descanso, antes que intentar transformar toda la rutina de una vez.
También propuso ampliar los recursos para afrontar el malestar: caminar, correr, respirar de forma pausada, meditar, estirar el cuerpo, hablar con alguien o dedicar tiempo a una actividad agradable. “No es tu culpa”, dijo Goldman, al referirse a la importancia de reconocer los factores que influyen sobre la conducta alimentaria y concentrarse luego en lo que cada persona puede modificar.
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La alimentación emocional ocasional no requiere un diagnóstico. Pero conviene buscar apoyo profesional si aparecen episodios recurrentes de pérdida de control al comer, culpa intensa, restricciones frecuentes, preocupación persistente por el peso o el cuerpo, aislamiento social o interferencias con la vida diaria.
El Instituto Nacional de la Diabetes y las Enfermedades Digestivas y Renales señala que la terapia cognitivo-conductual, la terapia interpersonal y la terapia dialéctico-conductual pueden formar parte del tratamiento del trastorno por atracón.
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