
Una noche corta puede dejar una señal al día siguiente: más hambre, menos sensación de saciedad y una mayor inclinación por alimentos dulces o grasos. Detrás de esa reacción no hay solo cansancio. Dormir pocas horas puede alterar las hormonas que regulan el apetito y favorecer el aumento de peso, según explicaron a Infobae especialistas en medicina del sueño.
La relación entre el descanso y el peso corporal incluye varios factores. La cantidad de horas de sueño influye en las señales que recibe el cerebro sobre cuándo comer y cuándo detenerse, pero también incide en el manejo de la glucosa —el azúcar que circula en sangre— y en el nivel de actividad física del día siguiente.
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Dormir poco aumenta el hambre y reduce la saciedad
Uno de los mecanismos centrales involucra a la grelina y la leptina, dos hormonas vinculadas al apetito. La grelina estimula la sensación de hambre, mientras que la leptina interviene en la percepción de saciedad.
Mirta Averbuch, médica neuróloga y especialista en Medicina del Sueño, explicó que “dormir pocas horas altera dos hormonas: la grelina, que da hambre, y la leptina, que produce saciedad”. Según detalló, cuando una persona no descansa lo suficiente, aumenta la grelina y disminuye la leptina.

El resultado puede aparecer incluso cuando la alimentación es ordenada. “Esto hace que tengas más hambre aun comiendo bien y sano”, señaló la especialista. El organismo puede pedir más comida aunque ya haya recibido los nutrientes necesarios.
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Joaquín Diez, médico especialista en sueño, coincidió en que la falta de descanso modifica las señales que regulan el apetito. “La que avisa ‘tengo hambre’, la grelina, se activa más, y la que avisa ‘ya estoy satisfecho’, la leptina, se activa menos”, afirmó a Infobae.
“Por eso, con poco sueño, sentimos más hambre y nos cuesta más parar de comer”, remarcó.
El descanso insuficiente también afecta el manejo del azúcar en sangre
La falta de sueño no se limita a un cambio en el apetito. Diez indicó que el cuerpo también puede procesar con más dificultad la glucosa cuando el descanso resulta insuficiente.
“Cuando dormimos poco, el cuerpo maneja peor el azúcar en sangre: le cuesta más aprovecharla como energía”, sostuvo. La glucosa es una fuente de energía para las células. Si su manejo se altera, pueden producirse cambios en el metabolismo, el conjunto de procesos que permite obtener y utilizar energía a partir de los alimentos.
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Averbuch señaló que dormir menos horas de las necesarias “altera hormonas y metabolismo”, y que esa modificación puede favorecer la acumulación de grasa corporal. La relación entre sueño y peso, por lo tanto, no depende únicamente de cuántas calorías se consumen, sino también de cómo responde el organismo después de una noche de descanso insuficiente.
Este efecto puede sumarse a una situación cotidiana: tras dormir mal, muchas personas sienten fatiga durante el día y reducen sus movimientos habituales. Diez explicó que el cansancio puede hacer que una persona se mueva menos “sin darse cuenta”, un factor que también influye en el equilibrio entre la energía que se ingiere y la que se gasta.
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La falta de sueño puede aumentar el deseo de comidas dulces o grasas
El tipo de alimentos que se desean también puede cambiar después de una mala noche. De acuerdo con Diez, dormir poco puede llevar al cuerpo a pedir “especialmente comidas dulces o grasas”, incluso si la dieta general es saludable.

Esa tendencia no implica que una noche aislada determine un aumento de peso. El problema aparece cuando el descanso reducido se vuelve frecuente y se combina con mayor hambre, menor saciedad, elecciones alimentarias más calóricas y cansancio persistente.
Dormir menos de seis horas de forma regular es lo que más se vincula con el aumento de peso y con la diabetes tipo 2, según indicó Diez. La diabetes tipo 2 ocurre cuando el cuerpo tiene dificultades para utilizar de manera adecuada la insulina, una hormona que ayuda a controlar la glucosa en sangre.
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Averbuch resumió esta conexión al señalar que existe “una relación muy compleja entre el buen descanso y el control del peso”. “Si dormimos poco o mal, hay una predisposición al aumento de peso y dificultad para adelgazar”, afirmó.

La calidad del sueño importa tanto como la cantidad de horas
El número de horas es una referencia útil, aunque no alcanza por sí solo. Una persona puede permanecer muchas horas en la cama y, aun así, no lograr un descanso reparador si el sueño se interrumpe varias veces o si no alcanza las etapas más profundas.
Diez advirtió que “no alcanza con dormir muchas horas si el sueño es de mala calidad”. Esto puede suceder, por ejemplo, en personas con apneas del sueño. Se trata de pausas repetidas en la respiración durante la noche, que pueden fragmentar el descanso aunque la persona no siempre lo advierta.
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“Quizás duermen igual o más, pero muy entrecortado”, explicó. Esa interrupción también puede desordenar las señales de hambre y saciedad. El médico describió el efecto con una frase: “Se juntan el hambre y las ganas de comer”.
La calidad del descanso requiere atención cuando una persona duerme varias horas, pero se despierta cansada, tiene somnolencia durante el día, ronca con frecuencia o registra pausas respiratorias que otra persona observa. En esos casos, una consulta médica puede ayudar a identificar si existe un trastorno del sueño.
Los dos especialistas coincidieron en que los adultos necesitan un descanso regular dentro de un rango determinado. Averbuch recomendó dormir entre siete y ocho horas por noche, o sostener “siete horas los siete días de la semana”.
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“Esto ayuda a regular las hormonas del apetito y mejora el procesamiento de lo que comemos”, indicó la neuróloga.
Diez amplió el rango a entre siete y nueve horas por noche. También remarcó que dormir más no siempre equivale a descansar mejor. “Dormir 10 horas o más, todos los días, tampoco es bueno. Ahí tenemos que estar atentos a que se necesita más porque no es un sueño de buena calidad”, señaló.
El objetivo, según los especialistas, no consiste en compensar una semana de descanso reducido con muchas horas durante el fin de semana. La regularidad puede ayudar a sostener las señales de apetito, el nivel de energía y el funcionamiento metabólico. Para quienes buscan cuidar el peso o atraviesan dificultades para adelgazar, el sueño aparece como un factor que conviene considerar junto con la alimentación, la actividad física y la evaluación médica.
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