
El riesgo de sufrir un coágulo sanguíneo potencialmente mortal aumenta a partir de los 40 años, según especialistas citados por The Telegraph. Aunque se trata de un fenómeno frecuente y en muchos casos prevenible, su evolución puede ser silenciosa y derivar en complicaciones graves cuando no se detecta a tiempo.
Los coágulos pueden formarse sin signos claros y avanzar hacia cuadros críticos en cuestión de horas o días. El problema se intensifica con el paso de los años, especialmente por cambios fisiológicos y condiciones médicas asociadas. La trombosis venosa profunda (TVP) y la embolia pulmonar (EP) se ubican entre las principales manifestaciones de esta condición, en la mortalidad hospitalaria evitable.
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Qué ocurre cuando se forma un coágulo
El organismo utiliza la coagulación como mecanismo natural de defensa para detener hemorragias. Sin embargo, cuando este proceso se activa dentro de las venas sin una lesión previa, puede interrumpir la circulación normal.
La tromboembolia venosa (TEV) engloba este tipo de trastornos. Dentro de ese concepto, la trombosis venosa profunda se desarrolla en venas profundas del cuerpo, con mayor frecuencia en las piernas o brazos. La embolia pulmonar aparece cuando el coágulo se desplaza hacia los pulmones y bloquea el flujo sanguíneo.

La profesora Beverley Hunt, especialista en trombosis y hemostasia explicó a The Telegraph el mecanismo de mayor gravedad: “Si estos coágulos de sangre se desprenden, viajan por el cuerpo y pueden bloquear las arterias pulmonares, que son las que suministran sangre a los pulmones”.
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El impacto del envejecimiento en el riesgo
El incremento del riesgo se vincula con múltiples factores biológicos y sociales. Entre ellos, el aumento de proteínas que favorecen la coagulación, la pérdida de elasticidad en las venas y la mayor incidencia de enfermedades crónicas que reducen la movilidad.
De acuerdo con especialistas, el riesgo de tromboembolismo venoso se duplica aproximadamente con cada década después de los 40 años. La aparición suele concentrarse a partir de los 60, etapa en la que también crecen las hospitalizaciones y los períodos de inmovilidad prolongada.

Las estadías en centros de salud representan un factor de riesgo. Hunt señaló que la probabilidad de formación de coágulos se mantiene elevada hasta 90 días después del alta hospitalaria. A esto se suman intervenciones quirúrgicas, lesiones importantes y tratamientos farmacológicos específicos.
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Casos clínicos y evolución de la enfermedad
El testimonio de Sue Llewellyn expuso la dificultad del diagnóstico inicial. Tras una cirugía de rutina, sintió dolor en la pierna sin signos visibles como hinchazón o enrojecimiento. El cuadro fue interpretado inicialmente como un calambre muscular.
Un profesional médico le indicó anticoagulantes por precaución, debido a su reciente alta hospitalaria. Horas después, la paciente presentó dificultad respiratoria. Estudios posteriores detectaron múltiples coágulos en los pulmones.
La evolución no terminó allí. Años después, tras un cuadro de COVID-19, volvió a desarrollar una embolia pulmonar, confirmada nuevamente mediante estudios de imagen. Actualmente, la paciente participa en actividades de concientización vinculadas a la trombosis.
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Factores de riesgo más frecuentes
El desarrollo de coágulos no depende de un único elemento. Entre las condiciones asociadas se incluyen los siguientes factores:
- Inmovilidad prolongada
- Cirugías recientes o procedimientos médicos
- Lesiones de alta gravedad
- Cáncer y tratamientos oncológicos
- Insuficiencia cardíaca
- Diabetes no controlada
- Embarazo y etapa posparto
- Terapias hormonales específicas

El entorno hospitalario concentra gran parte de estos factores, por lo que el seguimiento médico se vuelve clave durante y después de la internación.
Señales clínicas y diagnóstico
La trombosis venosa profunda puede presentarse con síntomas localizados. El Servicio Nacional de Salud británico (NHS) identificó como principales indicadores el dolor al caminar o estar de pie, hinchazón en una pierna, aumento de temperatura en la piel, cambios de coloración y venas inflamadas.
Sin embargo, la ausencia de signos visibles no descarta la enfermedad. En numerosos casos, el dolor persistente en una extremidad representa el único indicio inicial. Cuando el coágulo alcanza los pulmones, el cuadro se agrava con dificultad respiratoria progresiva, dolor torácico al respirar y tos con sangre.
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Para el diagnóstico, el análisis de dímero D permite detectar fragmentos de proteínas asociados a la formación de coágulos. Ante resultados elevados, se indican estudios de imagen como ecografías o tomografías para confirmar la presencia del trombo.
Tratamiento y abordaje médico
Según Hunt, el manejo habitual incluye la administración de anticoagulantes, medicamentos destinados a reducir la capacidad de coagulación de la sangre y evitar la expansión del coágulo. En la mayoría de los casos, la evolución mejora en pocas semanas con seguimiento clínico.
En situaciones de mayor gravedad, se evalúan procedimientos intervencionistas como la extracción del coágulo mediante técnicas de catéter. Este método consiste en introducir un tubo a través de la ingle o el cuello para remover la obstrucción y restablecer el flujo sanguíneo.
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