¿Beber agua con gas ayuda a bajar de peso? Lo que dice la ciencia sobre su verdadero efecto en el cuerpo

Una revisión científica analiza si su consumo tiene algún impacto real en el organismo o si sólo se limita a la hidratación y los hábitos diarios

Ilustración de una mujer sonriente con cabello rizado y camiseta a rayas, sosteniendo un vaso de agua con limón en una cocina. Hay vegetales y un temporizador ajustado a 75
El agua con gas ayuda a bajar de peso solo si reemplaza bebidas calóricas como gaseosas azucaradas, jugos o alcohol (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Tomar agua con gas puede ayudar de manera indirecta a bajar de peso cuando reemplaza bebidas con calorías —gaseosas azucaradas, jugos o alcohol— y, en algunas personas, incrementa la sensación de saciedad. Pero la evidencia disponible no indica que el gas, por sí mismo, genere una pérdida de peso relevante.

Un análisis japonés publicado en BMJ Nutrition, Prevention & Health fue claro: el posible efecto metabólico del CO₂ existe, pero es tan pequeño que no permite esperar un descenso de peso solo por incorporar agua con gas. En la práctica, puede sumar si facilita sostener una hidratación sin azúcar y reduce la ingesta; si no modifica el consumo total del día, el impacto es nulo.

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Qué evaluó el estudio japonés y cuál es el “mecanismo” propuesto

El artículo de Akira Takahashi (2025) en BMJ Nutrition, Prevention & Health discutió un mecanismo fisiológico: tras beber agua con gas, el CO₂ se absorbería a través del estómago y pasaría a la sangre.

En los glóbulos rojos, la enzima anhidrasa carbónica convertiría el CO₂ en bicarbonato, lo que aumentaría el pH intracelular y estimularía vías como la glucólisis en eritrocitos, con mayor utilización de glucosa. El punto clave es la magnitud: el propio trabajo concluyó que el gasto/consumo de glucosa implicado sería mínimo y que no corresponde proyectar un efecto adelgazante por sí solo. También advirtió que el consumo de bebidas carbonatadas podría afectar mediciones de glucosa en ciertos contextos, por lo que pidió más estudios.

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Imagen de una profesional de la salud utilizando una laptop para diagnóstico médico. La tecnología en la medicina ofrece herramientas avanzadas para mejorar la precisión y eficiencia en el cuidado de los pacientes. (Imagen Ilustrativa Infobae)
El estudio japonés concluyó que el consumo de agua con gas solo produce un gasto mínimo de glucosa en el organismo (Imagen Ilustrativa Infobae)

La evidencia más consistente no es “acelera el metabolismo”, sino el reemplazo: cuando el agua con gas se usa como alternativa a bebidas azucaradas, la reducción calórica puede ser real y acumulativa.

Ejemplo simple: si una persona cambia una bebida azucarada diaria por agua con gas sin calorías, baja la ingesta energética sin tocar el plato. Eso no garantiza por sí solo un descenso de peso (hay compensaciones posibles), pero es una estrategia de base frecuente en programas de control de peso.

Saciedad: posible, pero no universal

El agua con gas puede aumentar la sensación de plenitud por distensión gástrica. Un estudio experimental halló que la carbonatación atenuó el hambre y modificó la actividad eléctrica del estómago en un grupo reducido de mujeres jóvenes, un indicio de que el efecto existe en algunas personas, aunque no prueba un impacto sostenido sobre el peso en la población general.

Mujer joven sentada en una cama con sábanas blancas, vestida con camiseta gris y pantalones claros, agarrándose el abdomen con ambas manos.
El consumo de agua carbonatada debe moderarse en personas con reflujo gastroesofágico o síndrome de intestino irritable debido al riesgo de agravar síntomas (Imagen Ilustrativa Infobae)

También hay hipótesis en sentido contrario: en ciertos contextos, las bebidas carbonatadas podrían asociarse con señales de apetito (por ejemplo, cambios en ghrelina). La evidencia, sin embargo, es insuficiente para afirmar que el agua con gas “engorda”. La lectura más prudente es que la respuesta varía según la persona, el patrón de dieta y el contexto.

Qué dicen fuentes médicas de referencia

Guías clínicas y recomendaciones de divulgación médica, como las de Harvard Health Publishing, coinciden en que la estrategia más confiable desde el punto de vista de las bebidas sigue siendo priorizar agua y opciones sin azúcar. En ese marco, el agua con gas aparece como una herramienta útil para abandonar bebidas azucaradas, aunque persisten dudas sobre su efecto en el apetito en algunos individuos.

En la misma línea, el artículo publicado en BMJ Nutrition, Prevention & Health ubicó al agua con gas como un complemento menor dentro de un esquema de hábitos saludables, no como una intervención principal para bajar de peso.

En adultos sanos, el agua con gas sin azúcar suele ser una alternativa válida de hidratación. El límite suele estar en la tolerancia digestiva: puede aumentar distensión, eructos y gases.

Primer plano de una persona bebiendo de un vaso alto de agua con gas helada. El vaso tiene gotas de condensación y burbujas visibles.
El agua con gas, dentro de hábitos saludables, actúa como complemento menor y no como intervención principal para adelgazar (Imagen Ilustrativa Infobae)

En personas con reflujo gastroesofágico o trastornos gastrointestinales por ejemplo, síndrome de intestino irritable, el agua con gas puede agravar síntomas. El artículo del BMJ recomendó moderación y ajustar el consumo según la sensibilidad individual.

Si aparece reflujo o dolor, la regla práctica es directa: si molesta, no conviene insistir. En ese caso, es preferible optar por agua sin gas o ajustar cantidad y momento de consumo. También conviene revisar la etiqueta cuando el consumo es frecuente: algunas aguas con gas pueden tener sodio añadido y, si bien no suele ser un problema en personas sanas, quienes deben restringir sal por indicación médica pueden necesitar elegir versiones con bajo sodio.

Además, es importante distinguir el agua con gas “sola” de las gaseosas “light” o aguas saborizadas, que pueden incluir edulcorantes, ácidos y otros aditivos con efectos distintos sobre el apetito y el tracto digestivo.

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