
“Contar cuentos de hadas a los niños es tender un puente entre lo terrenal y lo divino”. Ursula Grahl
Más allá de las versiones edulcoradas, los cuentos clásicos ofrecen a la infancia mapas simbólicos para atravesar el miedo y la pérdida.
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En la biblioteca de mi casa había un libro tan grande que apenas podía sostenerlo con mis manos pequeñas. Tendría seis, siete, tal vez ocho años. Era un libro de mitos y leyendas, y aunque había muchas historias, como la de Tristán e Isolda que no lograban atraparme, yo volvía siempre a las mismas páginas: Los doce trabajos de Hércules. Lo apoyaba en mi regazo y podía pasar así toda la tarde.
Recuerdo especialmente a la Hidra de Lerna, el monstruo reptiliano de múltiples cabezas que, cada vez que era herido, multiplicaba su amenaza. ¡Qué miedo me daba! Pero más fuerte era el deseo de ver a Hércules triunfar. En ese entonces, yo no sabía que era un semidios. Solo quería que ganara el bien contra el mal. Creo que no entendía todas las palabras. Pero yo entendía. Entendía que había monstruos y que había luchas. Que había peligros y que había caminos para seguir. Sabía que aunque el mal parecía multiplicarse, había que seguir luchando por lo que era justo y que eso traía el alivio final.
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Leía y releía aquella escena, esperando llegar otra vez al momento en que el héroe, armado de coraje, enfrentaba lo imposible. Sabía, de algún modo, que esas historias hablaban de la vida. Y que, de algún modo ese libro enorme, también hablaba de mí.
Los llamados cuentos de hadas —relatos populares que, más allá de hadas o magias explícitas, recorren pruebas, pérdidas y búsquedas— nacieron para eso: para dar forma simbólica a lo que la vida muchas veces no puede decirse. No son historias dulces ni inofensivas.
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En Hansel y Gretel, los niños son abandonados. En Caperucita Roja, una niña confiada es devorada. En Blancanieves, el peligro viene del interior del propio hogar.
No hay mundo sin riesgo, y los cuentos lo saben.
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Sin embargo, muchos de estos relatos han sido censurados o suavizados con el tiempo por ser considerados demasiado violentos para la infancia, como si la protección consistiera en negar la existencia del peligro en lugar de enseñar a enfrentarlo.

Bruno Bettelheim, en Psicoanálisis de los cuentos de hadas, señala que estas historias permiten a los niños enfrentar sus temores inconscientes de forma simbólica: atravesar bosques oscuros, vencer monstruos, sobrevivir a la soledad.
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En tiempos en que las historias se suavizan para no inquietar, cabe preguntarse: ¿qué clase de mundo simbólico les dejamos a los niños si eliminamos el conflicto, la angustia, la injusticia?
Una infancia más feliz, no es un infancia frágil.
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El aparato psíquico infantil necesita relatos que acompañen su trabajo interno: procesar miedos, entender pérdidas, imaginar caminos de salida, encontrar esperanza. Nombrar no es herir: es visibilizar, ayudar a elaborar y comprender no sólo de manera consciente, sino también inconsciente.
Un niño que escucha un cuento donde el peligro existe, pero también la astucia, la valentía, la solidaridad, aprende que su vida interna tiene puentes, salidas, posibilidades.
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Respetar la potencia natural del niño para construir sentido es también entender que los caminos hacia la salida son, muchas veces, colectivos: Blancanieves es salvada gracias a la ayuda de los enanitos; Hansel y Gretel logran vencer a la bruja actuando juntos; y en Caperucita Roja, es la intervención del leñador lo que permite la salvación. En los cuentos, como en la vida, hay personajes malos y nadie se salva solo: hay pactos, alianzas, gestos de ayuda que permiten a los héroes encontrar el camino de regreso.
Proteger a la infancia es resguardar también su mundo simbólico: su derecho a imaginar, a interpretar, a dar sentido a lo que viven. Es garantizarles acceso a relatos que no edulcoren ni anulen los conflictos que atraviesan, sino que les permitan nombrar sus miedos y sus sueños, comprender lo visible y lo invisible, elaborar lo que aún no pueden decir en palabras. Proteger a un niño es reconocerlo como sujeto de cultura, de deseo, de historia, desde bebé.
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No hay protección verdadera sin acceso a la cultura simbólica. No hay infancia plena sin palabras, sin imágenes, sin cuentos que los nombren y los sostengan.

Desde una mirada interseccional, sabemos que no todos los niños parten desde el mismo lugar. La pobreza, la discriminación y la violencia estructural privan a millones de niñas y niños del acceso pleno a sus derechos culturales.
Sin embargo, incluso donde faltan libros, persiste la oralidad: los cuentos contados al calor de la palabra, las canciones, los relatos transmitidos de generación en generación construyen también mundo simbólico. Por eso, hablar de cuentos, de relatos, de palabras compartidas, no es un lujo: es una forma concreta de proteger.
Ojalá se impulsaran y sostuvieran más bibliotecas populares en todos los rincones, para que cada niño y niña pueda tener acceso a estas herramientas simbólicas que ayudan a vivir y a cuidarse.
Pensando en esto recorrí en estos días la Feria del Libro en Buenos Aires, vi libros para niñas y niños llenos de belleza: ilustraciones conmovedoras, relatos cuidados, mundos que invitan a imaginar y a ejercer la empatía y el compromiso. Me traje unos cuantos, uno que me impactó fue una libro álbum Migrantes. de Issa Watanabe, sin palabras narra con imágenes conmovedoras el viaje de un grupo de animales que deja atrás un bosque nocturno que carece de hojas.

También encontré otros, escritos como si fueran producidos en serie, que intentan “bajar línea” sin respetar la potencia simbólica de la infancia. Recorrer la Feria del Libro reafirmó en mí un anhelo profundo: que podamos abandonar las narrativas adultocéntricas que intentan imponer discursos, y confiar, en cambio, en que cada niño y niña pueda, a su modo, construir sentidos propios.
Aunque muchas veces el mercado ofrezca relatos prefabricados, queda en nosotros —adultos atentos y respetuosos— ayudar a abrirles caminos hacia palabras verdaderas, hacía relatos y cuentos que los acompañen de verdad.
Los niños necesitan comprender la realidad que los rodea y poder ponerle nombre a lo que viven, a lo que sueñan, a lo que temen. Necesitan relatos que no oculten las dificultades de su vida y del mundo, sino que les ofrezcan imágenes simbólicas para elaborarlas. No para protegerlos del dolor —que inevitablemente forma parte de la vida—, sino para fortalecer su capacidad de habitar el mundo con imaginación y coraje.
Quizá por eso, los clásicos siguen resonando generación tras generación: porque no niegan la oscuridad ni la maldad al acecho, pero también recuerdan que el coraje, la astucia y la solidaridad pueden abrir caminos incluso en el bosque más oscuro.
* Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.
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