
Un geólogo, paleontólogo y médico inglés de finales del siglo XVIII, al igual que muchos contemporáneos, se vio influenciado por la Revolución Francesa (1789-1799) y lo que este acontecimiento representaba en términos de cambios políticos y un reordenamiento social. Este último promovía la consideración de las clases previamente ignoradas por la monarquía como ciudadanos y publicó varios artículos con pedidos de reforma sociales haciendo eje en la salud pública.
Este interés en clases menos favorecidas hacía que estuviera observando los problemas de gente en la calle y, en ese contexto, describió un cuadro que también había visto en pacientes en su consulta: un estado de temblor con una particularidad, parecían padecer de parálisis. Esta condición ya había sido descrita parcialmente por diversos autores, pero este médico unió elementos aislados y los agrupó en un cuadro sindromático, haciendo una presentación muy minuciosa y nombrándolo como “parálisis agitante”. Buscaba en su presentación, que sus colegas empezaran a tomar conciencia de este cuadro, en particular en esa población no tenida en cuenta.
50 años más tarde otro médico, William Sanders, reconoció este cuadro algo olvidado. Y, en honor al médico inglés que lo había descripto por primera vez, le dio su nombre: enfermedad de Parkinson (EP). En resumidas cuentas, recordó a James Parkinson que fue, en 1817, quien había presentado ese “Ensayo sobre la parálisis agitante”.

Sería el famoso y prestigioso neurólogo francés Jean Martin Charcot quien haría popular para la comunidad médica el término enfermedad de Parkinson, en base a sus estudios en mayor profundidad de la enfermedad.
En función del natalicio de Parkinson, 11 de abril de 1755, se celebra el Día Mundial de la enfermedad de Parkinson los 11 de abril de cada año.
Mucho camino ha sido recorrido en el conocimiento de esta patología, pero quizás a partir de los síntomas más visibles y las descripciones originarias, queda limitado el concepto de esta enfermedad neurodegenerativa progresiva del sistema nervioso, del área motriz, caracterizada principalmente por síntomas motores como temblor, rigidez, bradicinesia e inestabilidad postural.
Sin embargo, ese mismo proceso degenerativo, así como los derivados de la propia enfermedad, plantean una intensa sintomatología psiquiátrica cada vez más reconocida por su impacto en la calidad de vida del paciente y la carga del cuidador. (Manejo de sintomatología psiquiátrica en la EP- Management of psychiatric disorders in Parkinson’s disease).
Es importante remarcar que estos aspectos muchas veces subdiagnosticados por debajo de la sintomatología motora (extrapiramidal), influyen negativamente en la evolución y pueden ser invalidantes.

Trastornos psiquiátricos y enfermedad de Parkinson
La EP se asocia con una variedad de trastornos psiquiátricos, que incluyen depresión, ansiedad, psicosis, trastornos del control de los impulsos y apatía. En el caso de la depresión, su prevalencia en pacientes con EP es de alrededor del 40%, y al menos la mitad de ellos cumplen criterios de depresión mayor.
Existe una fuerte asociación entre la frecuencia de la depresión y la gravedad de la EP que sugiere que la misma sea secundaria a las deficiencias funcionales relacionadas con la enfermedad.
Los trastornos de ansiedad también son muy frecuentes y afectan aproximadamente a un 30% de los pacientes con EP. Es interesante para el diagnóstico diferencial establecer una evaluación completa, ya que en algunos casos los síntomas psiquiátricos, como por ejemplo una ansiedad particularmente importante, preceden a la aparición de síntomas motores evidentes. (Relación entre EP y ansiedad/The Relationship Between Anxiety Disorders and Parkinson’s Disease: Clinical and Therapeutic Issues).
El origen, la etiología de estas afecciones psiquiátricas en la EP es multifacética con factores psicológicos, físicos, neurológicos y neurobiológicos.
Las bases neurobiológicas

Aparte de la ansiedad o la depresión, existen una serie de afectaciones más graves, como el deterioro cognitivo, episodios psicóticos, alucinaciones y demencia, que refieren fundamentalmente a una afectación orgánica, en relación con la extensión y la localización de la afección degenerativa de base. También se manifiestan y participan en la evolución mórbida las consecuencias de las diferentes terapéuticas farmacológicas.
Es decir, los cambios neurofisiopatológicos en la EP, así como la asociación entre el tratamiento de la EP y trastornos psiquiátricos particulares, sugieren una contribución neurobiológica a muchos síntomas psiquiátricos. Un ejemplo de esto es que la degeneración dopaminérgica que ocurre en la sustancia negra y la presencia de cuerpos de Lewy contribuyen a la neurodegeneración y las manifestaciones psiquiátricas posteriores.
Estos cuadros que se ven en general en estadios más avanzados son aquellos que impactan mucho en el desgaste de los cuidadores de pacientes con EP. Las alteraciones cognitivas son muy frecuentes afectando la atención y las funciones ejecutivas, que son necesarias para planificar y llevar a cabo una tarea, haciendo a veces difícil algunas que creemos que el paciente está en condiciones de realizar. También las alteraciones de memoria, de lenguaje y de orientación visuoespacial, sin necesidad de que estas estén relacionadas con afecciones visuales, pero que impiden el manejo en el espacio.
Otras áreas de importancia son aquellas ligadas al control de los impulsos, algunos directamente relacionados con la patología motora y otros en relación a su componente psiquiátrico. Esta impulsividad o deficiente control de los impulsos, puede poner en riesgo a los pacientes de este tipo de afecciones.

Tampoco son infrecuentes estados de profunda apatía. Un aspecto que llama la atención a quienes no están habituados a las patologías neurodegenerativas son las afectaciones pseudobulbares, en las cuales se observa una variabilidad en la expresión de síntomas emocionales muy fuerte y en algunos casos paradójica, como por ejemplo sonreír y que al mismo tiempo el paciente llore o viceversa.
Esto ocurre por dificultades en la conexión cortical con regiones del tronco encefálico, es decir la conceptualización de la emoción y la expresión de las mismas, y puede resultar muy extraño para quienes desconozcan esta instancia.
El impacto en los cuidadores
El deterioro cognitivo asociado con la EP también tiene un impacto significativo en la salud mental de los cuidadores.
Los cuidadores de personas con EP pueden sufrir una gran carga por la demanda de cuidado y un deterioro de su salud mental, con las consecuencias del conocido burnout, (Síndrome de burnout: cómo desactivarlo y evitar el desgaste emocional en el ámbito laboral), lo que requiere intervenciones específicas y sistemas de apoyo.

Habitualmente se hacen conceptualizaciones en compartimientos estancos en lo que hace a la salud mental y separando patologías psiquiátricas y neurológicas.
La idea de un área orgánica aislada de las manifestaciones en la esfera cognitiva y comportamental lleva a errores diagnósticos con consecuencias graves en la elaboración de una estrategia terapéutica adecuada. El caso de la enfermedad de Parkinson plantea un modelo por excelencia para dimensionar esto.
No entender el aspecto fundamentalmente neuropsiquiátrico de la EP, en el cual se priorice de manera excluyente la afectación motriz, lleva a que los aspectos de sintomatología o patología psiquiátrica sean infravalorados y no tratados adecuadamente.
La base neurológica de los trastornos psiquiátricos es a veces no comprendida, al mismo tiempo que las consecuencias de los fármacos usados para la sintomatología motora, que tienen efectos sobre la esfera psiquiátrica, es decir no queda aislado a su indicación del prospecto. El incluir en la perspectiva diagnóstica a estas patologías y ampliar el espectro de comprensión de esta patología, lleva a una mejor calidad de vida de los pacientes y a un menor desgaste de los cuidadores.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista.
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