
A días de las elecciones definitivas en la Argentina, en la consulta particular, en las redes sociales, en los medios, en la calle, se percibe un estado mental, anímico, en el que predominan las emociones, siendo estas mayormente negativas. La incertidumbre y el miedo parecen haberse apoderado de la escena emocional.
Las campañas de los sectores en pugna así como la expresión de la gente parece amplificar y potenciar ese fenómeno, quizás por intentos de beneficio o por propios temores que se intenta proyectar.
Hemos hablado en otras notas sobre los diferentes tipos de emociones y cómo las mismas modifican nuestra percepción de la realidad y, al mismo tiempo, las consecuencias para nuestra salud.
Dos palabras relativas a estos estados anímicos parecen ser las más recurrentes: incertidumbre y miedo. ¿Cuál es el origen, y las consecuencias de estos estados sostenidos en el tiempo? y, al mismo tiempo, ¿qué podemos hacer frente a este estado emocional que tiene efectos concretos en nuestra salud?

Los períodos de inestabilidad sociopolítica nos llevan a experimentar una mayor incertidumbre, ansiedad y miedo, que se ve incrementado por cierta cobertura mediática o de redes sociales expresando una retórica de conflicto.
Un trabajo de la Asociación Psicológica Americana de 2020 muestra que aproximadamente el 80% de la población experimentaba reacciones de estrés en relación al escenario social futuro incierto.
Nuestra mente, nuestro cerebro está preparado desde el origen de la humanidad a responder ante cualquier posible inestabilidad y las amenazas a la seguridad y el bienestar. Esos mecanismos evolutivos de supervivencia se han basado sobre un sistema de alarma y protección que representa el miedo, como medida de alerta, activación, neurofisiológica y consecuente impulso a la acción para salir de ese peligro.
Las respuestas siempre mencionadas al referirnos al estrés, de huida, pelea, parálisis, proveen una respuesta en algunos casos efectiva, pero en su aspecto disfuncional condiciona un peor pronóstico, como puede ser la parálisis.

En los últimos tiempos, a esas tres F en inglés (freeze, flight, fight/parálisis, huida, pelea), se le ha sumado una cuarta “F”, por la palabra “fawn” que es la de complacer para poder evitar el castigo asociado a algo o alguien que efectivizaría esa eventual sanción. Fawn, a su vez, está asociado en muchos casos a la de parálisis y así esta última respuesta nos permitiría entender muchas respuestas observadas ligadas a la incertidumbre.
Imprevisibilidad y salud mental
Si bien es parte de la vida, la incertidumbre está asociada a situaciones externas y es directamente proporcional a la cantidad o característica de elementos que manejamos o sobre los cuales debemos decidir. Es así que actualmente en la era de las TIC (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones) esta se ve amplificada.
El “overload data” (sobrecarga de datos) puede ser por momentos abrumadora y una de las consecuencias es la incertidumbre, no por carencia de datos sino por exceso. La imprevisibilidad de la estabilidad económica, la salud o la seguridad por ejemplo, generan mayor incertidumbre y esto es un desencadenante del estrés y la ansiedad, que frecuentemente puede transformarse en reales problemas de salud mental.

Las personas pueden temer por su seguridad física, el futuro de sus proyectos, la estabilidad de las instituciones o estructuras a las que están relacionados (escuela, estado, trabajo, etc.), de las que dependen. Cuando debido a esto se genera un estado de incertidumbre el miedo se puede apoderar de las personas al no poseer o imaginar que no se posee una estrategia que permita salir de ese estado de parálisis que implica la incertidumbre. Cuando el miedo se generaliza y transforma en excesivo, puede evolucionar hacia ansiedad crónica, fobias o incluso trastorno de estrés postraumático.
En las medicinas tradicionales como la china o la ayurvédica o los principios de la griega antigua, la idea de balance entre emociones es considerada un tema central. Así, el exceso de emociones en cualquier sentido es considerado algo perjudicial y de allí el término de los griegos, de ataraxia valorado como positivo y un estado a lograr. Ataraxia es el estado de imperturbabilidad, tranquilidad, ecuanimidad.
Es así que sabemos desde siempre, hoy quizás desde otra lectura teórica, que los sentimientos prolongados e intensos de ansiedad y miedo pueden tener efectos perjudiciales en la salud mental. Los hallazgos son los evidentes durante los períodos de agitación, experimentamos una activación continua de la respuesta al estrés del cuerpo, lo que lleva a un aumento del cortisol, la frecuencia cardíaca y la presión arterial solo por mencionar lo ya conocido y habitual.

Los estudios a partir de la práctica clínica, así como la literatura, muestran una correlación entre la agitación sociopolítica y el aumento de las tasas de depresión, TEPT, insomnio, sobremedicación y abuso de sustancias en las poblaciones afectadas. En algunos casos se trata de peorías clínicas de patologías ya existentes o “a mínima”, en otros la aparición de cuadros no detectados previamente. La literatura es abundante en este respecto quizás solo ilustrando un mundo convulsionado en el que lamentablemente los ejemplos son varios.
Un estudio meta analítico (estudio de estudios) publicado en The Lancet en 2019, sobre la prevalencia de enfermedades mentales en áreas de conflicto es interesante porque si bien es aplicable originalmente a zonas de guerra, los indicadores son de alguna manera posible de ser extrapolados a nuestra situación como sociedades en conflicto.
Mecanismos de afrontamiento
A pesar de la sensación de desánimo, de incertidumbre, miedo, parálisis o huida a soluciones mágicas como las drogas, existen mecanismos de afrontamiento para proteger la salud mental. Si bien algo de miedo y precaución puede estar justificado, la preocupación excesiva a menudo conduce a reacciones exageradas que exacerban los conflictos internos y con el medio. Algunas recomendaciones:

- Limitar la exposición a los medios de comunicación e informarse mediante fuentes confiables. Un estudio durante la época del COVID-19 en el Reino Unido encontró asociaciones directas entre consumo de información (sobre el COVID-19 en ese momento) y las tasas de depresión, ansiedad y trauma (Rettie & Daniels, 2020).
Además, es fundamental concentrarse en fuentes de información creíbles y pensamiento crítico para evitar la desinformación. Una práctica interesante es en esa diversidad no tomar noticias solo de una fuente asociada a un sector de pensamiento sino salir del sesgo confirmatorio y escuchar otras fuentes disonantes con la propia creencia. Pero cualquiera sea la fuente, cuidar la conducta de seguir un comportamiento casi adictivo respecto a la búsqueda de información que, si bien puede ser de mucho impacto, este, a su vez, nos comprometa emocionalmente.
Con respecto a las redes sociales, seguir una conducta similar, pero con el agregado que, frente a la conducta pasiva en medios de difusión masiva, las redes generan un comportamiento activo, y pasivo, a la vez, en el que se transforma por momentos en ritualización obsesiva en la búsqueda de material confirmatorio de la emoción vivida, a pesar de la “toxicidad” de la misma.

- Buscar espacios de “recreo” de esa búsqueda compulsiva de información, y desconectarse: participar en actividades en la naturaleza, sociales, actividades físicas, etc. Es decir, entrar en un circuito de mundo concreto y menos especulativo, este último en el cual se manejan escenarios potenciales múltiples, pero únicamente mentales. La participación en actividades sociales de ayuda, voluntariado, inclusive participación política etc. está postulada según estudios, como una medida para incrementar el estado de bienestar. (Piliavin & Siegl, 2007).
- Trabajar el overthinking. Una buena forma de salir del ensimismamiento de ideas y anticipaciones negativas no es pensar más “buscando soluciones”, sino pasar a cuestiones básicas comportamentales.
- Son momentos de priorizar las cuestiones básicas que hemos abordado varias veces, cuidar la higiene en sentido amplio, alimentaria, de sueño, de consumos problemáticos, no sólo drogas, sino excesos alimentarios, alcohol, medicamentos etc.
En conclusión, estas épocas de incertidumbre, temor y ansiedad, se basan en gran parte por la sensación que hemos perdido prácticamente el control de nuestras vidas, y solo podemos estar expectantes a lo externo y eventualmente complacer (fawn), así sea por redes sociales o confirmando una idea, pasa ser la única posibilidad existencial.
Retomar aspectos habituales y relegados de nuestras vidas como el cuidado de nuestra salud y las actividades básicas que parecen de menor urgencia o importancia puede ser una forma de recuperar algo de control.
Finalmente, entender que hay cosas sobre las cuales podemos influir mayormente y que no lo lograremos estando más preocupados, y sobreinformados, pero si queda el enorme espacio de lo personal, de lo propio, sobre él sí podemos ejercer un poder a veces olvidado.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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