
Sin duda, muchos recordaremos el momento. Era una mañana como otras y de golpe, obviamente sin ningún aviso, una fuerte explosión nos generó una máxima alerta física y emocional. Inmediatamente después vendrían los pensamientos y se agolparían las preguntas.
El sonido había sido particularmente fuerte, no era algo que estuviera en nuestro marco de expectativas. Faltaban pocos minutos para las 10 de la mañana del 18 de julio de 1994 y luego nos enteraríamos de que había sido un atentado en la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), cercana a la cual pasaba diariamente. Casi 30 años después, nos encontramos con infinidad de dudas y cicatrices de todo tipo aún sin poder sanar.
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Todo esto vuelve a la memoria décadas más tarde multiplicado por los medios de comunicación, sumados a las redes, con imágenes que multiplican el impacto de la bomba, cuando la población civil se ve inmersa en un estado no propio, inmersa en el terror, con los ataques en Israel.

En definitiva, los procesos traumáticos son, en realidad, la memoria de la herida que no cesa, una y otra vez. El área del trauma psíquico es un proceso que es más conocido quizás por el síndrome por estrés postraumático TEPT (o PTSD por sus siglas en inglés) llevándonos esa denominación a un equívoco, ya que en realidad difiere fundamentalmente del estrés y es una condición, como bien lo establece su nombre, de “trauma”. Se ha generado una herida, inclusive en la cual algo se ha partido. Ya no es un proceso de desgaste o sobrecarga, sino que esa sobrecarga supera la capacidad de resistencia.
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La palabra trauma proviene del griego, de herida (producida por un impacto lo suficientemente fuerte como para dejar una secuela), pero quizás su raíz previa la emparenta con lo que pasa en algunos casos en el psiquismo y es la de moler algo, de allí deriva, por ejemplo, la palabra triturar. Es nuestra mente que es molida, triturada en ese proceso muchas veces interminable.
Esa referencia a la raíz quizás ayuda a comprender lo que vemos en los efectos posteriores de esa acción destructiva, en algunos casos única en lo concreto, pero repetida una y otra vez en la mente de la víctima, y es lo que la vuelve insoportable. En el caso de estos atentados vemos que sus diferentes modalidades, las muertes, los secuestros, las escenas terribles hacen que la repetición traumática profundice esa herida.
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¿Cuáles son las manifestaciones y secuelas de los procesos traumáticos a consecuencia del terrorismo?
Los aspectos más frecuentes y salientes son derivados de lo que hace al propio concepto: el terrorismo es una instancia particular con características que la hacen distintiva, no es una causa traumática derivada de una tragedia o un desastre natural, por ejemplo, sino que es el uso intencional de la violencia para crear miedo y terror. Así, los ataques terroristas con este fin pueden estar dirigidos a individuos, grupos o comunidades.
No hay forma de poder ponderar de una manera objetiva algo como los procesos traumáticos y sus causas, sin embargo, el que se está viviendo en la actualidad en Israel tiene las características de un proceso agudo, de impacto único, pero a la vez de la repetición del trauma y también a la cronicidad del mismo. Por un lado, ser víctimas directas, a la vez indirectas o secundarias y finalmente el factor repetición no solamente por los nuevos y constantes hechos sino por las consecuencias desde la repetición mediática, a otras como pueden ser las medidas que deberán ser llevadas a cabo a raíz de esto, los procesos que afectan la vida de todos los días de las personas. Es decir, las formas de traumatización son múltiples e inclusive en los mismos individuos.
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La variedad de respuestas es amplia. Si bien pueden hablarse de dos cuadros básicos como el estrés agudo, y el trastorno por estrés postraumático, en realidad impactan bajo forma de un espectro clínico que toma casi toda la nosología psiquiátrica y pueden ir desde cuadros de ansiedad al abuso de sustancias y/o psicofármacos o inclusive situaciones de riesgo de vida en la profundidad de una depresión.
La respuesta traumática genera a su vez desde alteraciones profundas de funciones básicas como el sueño, con sus amenazantes y a veces constantes pesadillas, a un estado de alerta, al evitamiento, el temor por momentos a todo de lo cual se busca huir, hasta los fenómenos disociativos que frecuentemente se asocian a despersonalización. La sensación de no ser uno mismo, de estar aislado de los otros, pero principalmente de sí mismo, puede ser una de las experiencias más angustiantes.
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Al mismo tiempo, toda esta verdadera tormenta psíquica sin la capacidad de elaborar alguna forma de defensa, impacta por razones simples de entender en el aparato neuroendocrino e inmunológico. Así las enfermedades de todo tipo, en particular aquellas que están asociadas a algún tipo de inmunodeficiencia son muy frecuentes como también las ligadas a procesos inflamatorios y hormonales.

Los factores que influyen en la gravedad de las consecuencias psicológicas dependen de una serie de factores, incluyendo el tipo de evento, la proximidad al evento, la salud mental previa del individuo y el nivel de apoyo social disponible. El terrorismo es una forma de guerra en la que el objetivo es la mente de las personas y las poblaciones y desgraciadamente ha demostrado una macabra eficiencia como lo demuestra la historia.
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Una acción que no podemos soslayar es que el traumatizado muchas veces en su despersonalización tiene la sensación de no pertenecer más a la categoría ser humano, siente haber sido deshumanizado. Allí podemos actuar acompañándolo, diciéndole que no están solos. Una forma es condenar todo tipo de acto inhumano. Otra manera es acompañarlos en el dolor, que eso es la compasión. Toda nuestra condena y compasión por las víctimas, y repudio por los victimarios.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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