Historias de la pandemia: un chofer del SAME y una médica de terapia intensiva cuentan sus vivencias para salvar vidas

El personal de la salud es uno de los sectores que más ha sufrido el impacto del coronavirus en todo el mundo, incluida la Argentina

Un grupo de médicos trabaja en la Unidad de Terapia Intensiva en el Hospital Posadas, en Buenos Aires (Argentina). EFE/ Juan Ignacio Roncoroni
Un grupo de médicos trabaja en la Unidad de Terapia Intensiva en el Hospital Posadas, en Buenos Aires (Argentina). EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

Hoy se cumplen 6 meses desde que en Argentina rige el aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO), que dispuso el gobierno de Alberto Fernández el 20 de marzo último en toda la Argentina a raíz de la llegada del virus SARS-CoV-2 que desató la pandemia de COVID-19.

Esta enfermedad, dejó en el mundo más de 31 millones de contagios y casi un millón de fallecidos. En nuestro país, el coronavirus infectó a más de 613.000 personas y 12.700 muertos al día de ayer.

Uno de los sectores que más ha sufrido esta pandemia, sin lugar a dudas, es personal de la salud, que en muchos hospitales y clínicas vio rebasada su capacidad de acción, con camas de terapia intensiva desbordadas y agotamiento de médicos, enfermeros, cuidadores y demás personas que ayudan a salvar vidas.

Las ambulancias del SAME tienen mucho trabajo en la pandemia
Las ambulancias del SAME tienen mucho trabajo en la pandemia

Hernán Chaile tiene 43 años y trabaja hace 15 como chofer de ambulancia en el SAME. Heredó su pasión por el oficio de su papá, quien dedicó 35 años de su vida a la emergencia y hoy por la pandemia se mantiene resguardado para el cuidado de su salud.

Hernán trabaja desde las 8hs de la mañana con las ambulancias destinadas a COVID-19 y realiza las guardias de la zona centro, donde afirma que la gran mayoría de los auxilios son por coronavirus. “Estamos en la primera línea de la batalla y creo que es importante porque podemos ayudar y le estamos poniendo el pecho a la pandemia”, sostiene con un tono de voz firme, pero que por momentos se quiebra.

El primer contacto con la enfermedad fue cuando tuvo que asistir a una evacuación en un geriátrico por casos de Coronavirus. Como muchos argentinos, él también se imaginó que iba a ser “algo pasajero, una enfermedad nueva del momento”. En cada auxilio, por la enfermedad, los cuidados son muchos y precisos, Hernán no le tiene miedo al virus, pero sí respeto. Resalta que lo importante es estar atento a los detalles y realizar los procedimientos de la mejor manera posible.

Imagen de archivo de pacientes de COVID-19 descansando en sus camas en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) en el Hospital Dr. Alberto Antranik Eurnekian, en Ezeiza, en las afueras de Buenos Aires, Argentina. 21 de agosto, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian/Archivo
Imagen de archivo de pacientes de COVID-19 descansando en sus camas en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) en el Hospital Dr. Alberto Antranik Eurnekian, en Ezeiza, en las afueras de Buenos Aires, Argentina. 21 de agosto, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian/Archivo

El 29 de agosto falleció Juan Lobel, médico del SAME, de 47 años. Para Hernán fue uno de los momentos más duros: “más allá de que estamos en la primera línea creemos que no nos vamos a enfermar y lo que le pasó a Juan nos shockeó a todos en el sistema”. La contención emocional y psicológica es fundamental en los momentos de angustia y para quienes trabajan día a día haciéndole frente a la pandemia la carga es aún más grande, “entre nosotros nos apoyamos constantemente, todos necesitamos un poco de contención por lo que estamos viviendo, lo importante es darnos fuerza”.

Tiene dos hijos de 12 y 7 años a los que no ve desde que empezó la cuarentena en el país y para preservarlos, junto a la mamá de ellos, decidieron que se quedaran con sus abuelos. Lo que más extraña es poder abrazarlos, mantiene la comunicación diaria por videollamadas y, si los visita, es a través de una reja. Cuando habla de ellos hace una pausa y sigue: “me dicen que me cuide y que haga las cosas bien. Cada final de llamada me dicen que me extrañan y eso me mata”. Tiene esperanzas de que esto termine y pueda volver a abrazar a sus hijos, a sus papás y compartir un asado entre amigos.

Médica que salva vidas

Personal médico realiza controles de pacientes con COVID-19 en una unidad de terapia intensiva hoy en un hospital de la provincia de Buenos Aires (Argentina). EFE/JUAN IGNACIO RONCORONI
Personal médico realiza controles de pacientes con COVID-19 en una unidad de terapia intensiva hoy en un hospital de la provincia de Buenos Aires (Argentina). EFE/JUAN IGNACIO RONCORONI

Otro caso es el de Eleonora Cunto, médica infectóloga y jefa de terapia intensiva del Hospital de Enfermedades Infecciosas J.F. Muñiz, uno de los hospitales cabecera para hacerle frente a la pandemia de Coronavirus. Tiene 62 años, es miembro de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva (SATI), donde es directora del comité de infectología crítica. Se recibió de médica en la Universidad de Buenos Aires el 27 de agosto del 83′.Estudiar durante el proceso militar, no fue fácil, pero perseveró en su carrera, que había elegido a los 13 años, al querer “encontrar una verdad”.

Su historia en el Hospital Muñiz empieza hace 37 años. Cuando se recibió, un compañero le recomendó ir al hospital, donde según decía, la iban a recibir muy bien. Se presentó a la cátedra para aprender sin tener recomendaciones o conocidos. Desde ese momento arrancó en la sala 1 y 2 de terapia intensiva, se enamoró del hospital: de la arquitectura, de sus pabellones, del verde que a veces parece que tiñe todo, los árboles y sus pájaros. Se quedó.

Mis viejos casi se infartan cuando les dije que venía al hospital, tenían miedo de que me contagie. No teníamos barbijos N95, apenas si teníamos barbijos de tela cuando empecé”, cuenta Eleonora que comenzó a los 25 años a especializarse en terapia intensiva en un hospital de enfermedades infecciosas. “Toda la vida este hospital recibió pacientes con tuberculosis, que puede llegar a ser altamente contagiosa”, completa. Dos años más tarde a su ingreso, en el 85′ llegó el primer caso de HIV SIDA al Muñiz, donde vivió su primera pandemia.

Muchos médicos pensaron que la pandemia no iba a llegar al país - EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo
Muchos médicos pensaron que la pandemia no iba a llegar al país - EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo

Tenemos experiencia en vestirnos, pasamos otras pandemias. La última fue la de ébola, ya estábamos preparados”, cuenta segura Eleonora. Para ella y su equipo, la pandemia de Coronavirus no comenzó el 20 de marzo con el primer caso confirmado de COVID-19 positivo en Buenos Aires, sino el 27 de enero, cuando llegó la noticia del cierre de la ciudad de Wuhan. Ese día hicieron la primera reunión con el Comité de Crisis. “Dijeron que no iba a venir”, recuerda Eleonora, cayendo en la cuenta de cuán lejos estaban en ese momento de imaginarse todo lo que iba a pasar después.

Viendo cómo avanzaba la situación mundial, Eleonora nos dice con firmeza: “Empezamos a hacer charlas informativas, tuvimos que estudiar porque nadie conocía la enfermedad. A partir de ahí fue una vorágine de información, tratamientos, medicamentos. Hicimos reuniones con la gente de limpieza, enfermería, técnicos de todas las áreas. Tratamos de aprender y educar”. Así se prepararon para lo que estaba por venir: agregaron 20 camas de unidad de terapia intensiva (UTI) sobre las 34 que ya tenían y acondicionaron pabellones de internación general de pediatría para convertirlos en terapias intensivas. El proceso fue gestionado y supervisado por ella y su equipo. Hoy afirma que no le gusta ver la cantidad de casos por día porque el 5% termina en una UTI.

No tiene miedo a contagiarse, y con algo de orgullo agrega, “sabemos cómo respetar a los gérmenes”. Respecto a sus hábitos, como médica piensa que “tenés que dar el ejemplo, no me reúno con mi familia.”. Muchas cosas cambiaron por la pandemia, lo que más extraña es compartir el mate y las reuniones con la familia. “Nos acostumbramos a estar conectados virtualmente, pero eso no me gusta, me gusta abrazarlos”, dice con nostalgia. Su marido es técnico radiólogo, con quien tiene dos hijos, un varón y una mujer que también es médica y trabaja en el Pabellón Koch, el recientemente inaugurado pabellón del Muñiz para la atención de pacientes moderados de Coronavirus. Se contagió y está aislada, “con un poco de bronca por haberse contagiado”.

Los médicos saben que las vidas de los pacientes están en sus manos. EFE/Juan Ignacio Roncoroni
Los médicos saben que las vidas de los pacientes están en sus manos. EFE/Juan Ignacio Roncoroni

Un cambio que notó en ella en el último tiempo fue ponerse más sensible. Cuenta que suele ser dura, que no es de llorar. Pero hace poco, lloró junto a un amigo y compañero de trabajo, que tenía una hermana internada por Coronavirus en estado crítico, y “lloré con él”, confiesa.

Pide no subestimar las enfermedades, tener empatía y entender que hay que hacer el esfuerzo por el bienestar del otro, dejar de ser egoístas. Sobre su equipo de trabajo dice que se cuidan entre ellos, y quiere agradecerles a todos: bioquímicos, kinesiólogos, médicos, enfermeros, farmacéuticos, administrativos y seguridad. Valora que son personas que “han apoyado a la sociedad, más que a mí. Apoyaron al país, sin contar la plata, por el simple hecho de que se sienten, desde el punto de vista ético y moral, con compromiso”. Está segura de que en circunstancias así siempre se puede sacar lo mejor del otro, y debemos estar abiertos a sorprendernos con personas que uno no esperaba que se “pusieran la camiseta de la pandemia, pero lo han hecho con el alma y dedicación. Eso tiene que quedar.”

Así, Eleonora sostiene que no se va a tomar la licencia de 5 días de descanso que otorgó el Ministerio de Salud de la Ciudad, sino que lo deja para los médicos de guardia, que ya llevan muchas semanas de desgaste y trabajo intenso en su tarea diaria. Sin embargo, Eleonora reconoce que dejó muchas cosas de lado por la pandemia y que en un momento no dormía porque “a veces lo urgente no da tiempo para lo importante”.

 Un trabajador de la salud atiende a un paciente con COVID-19 en una unidad de cuidado intensivo del HospitalDr. Alberto Antranik Eurnekian, en Ezeiza, en las afueras de Buenos Aires, Argentina, Agosto 21, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian
Un trabajador de la salud atiende a un paciente con COVID-19 en una unidad de cuidado intensivo del HospitalDr. Alberto Antranik Eurnekian, en Ezeiza, en las afueras de Buenos Aires, Argentina, Agosto 21, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian

En una ponderación final, la infectóloga concluye: “Somos seres humanos, no somos héroes para nada, no creo eso de ser héroes. Te va llevando la vida, y te preguntás qué hice para terminar acá.” Eleonora es parte de una generación de intensivistas que pasará a la historia como aquellos que le hicieron frente al Coronavirus en una pandemia. Aunque su humildad y su tranquilidad por el aprendizaje de tantos años de experiencia tratando con enfermedades infecciosas, se ve en la seguridad de sus palabras y sus expresiones. Sin perder nunca el humor, en su verborragia, se nota que tiene una chispa vital que genera el impulso para seguir adelante a pesar de todo.

Empeora la salud mental del personal sanitario

Una investigación realizada por el Equipo de Investigación GPS Salud (Grupo de evaluación y seguimiento del Personal de Salud), formado por científicos del CONICET, de cuatro universidades nacionales y privadas y del Hospital Garrahan, advierte que la salud mental del personal de salud está en peligro.

Un equipo de investigadores del CONICET y de las Universidades de Buenos Aires (UBA), Universidad Adventista del Plata (UAP), Universidad Austral (UA), Universidad de Ciencias Sociales y Empresariales (UCES) y Hospital Garrahan elaboraron un cuestionario que fue distribuido a trabajadores de hospitales y centros de salud público y privado de todo el país para evaluar el estado psicológico del personal de salud dedicado al tratamiento de pacientes con coronavirus en Argentina.

En muchos hospitales y clínicas el trabajo en las terapias intensivas es extenuante - REUTERS/Agustin Marcarian
En muchos hospitales y clínicas el trabajo en las terapias intensivas es extenuante - REUTERS/Agustin Marcarian

Desde el 8 de abril hasta el 2 de junio, respondieron 2000 trabajadores de la salud, entre otros, médicos, enfermeros, kinesiólogos, bioquímicos y camilleros, entre otros, de ambos géneros, incluyendo personas que trabajan en la distintas áreas de incumbencia dentro de la primera línea de atención (sala de guardia, internación general, UTI e internación intermedia, etc.).

Las preocupaciones más importantes del personal, sobre en cuánto está afectado su bienestar psicológico, indica que la preocupación por la posibilidad de contagiar a sus seres queridos aumentó del 83% al 90%. La preocupación ante la posibilidad de contagiarse ellos mismos cambia significativamente del 65% al 71%. El 63% considera no contar con equipamiento adecuado, mientras que la percepción de que el cansancio interfiere en su trabajo aumentó del 67% en el primer período al 79% en el tercero.

En cuanto a contar con un equipo de contención y apoyo psicológico, sólo el 32% de ellos dicen tenerlo, pero al mismo tiempo estas personas disminuyen significativamente su participación en estos equipos (pasan del 24% al 18%) representando sólo el 7% de la muestra total. Por otro lado, el 78% cree que contar con un grupo de contención y apoyo psicológico lo ayudaría con sus problemas y temores.

Finalmente, las mujeres obtuvieron en general, valores significativamente mayores que los varones en todos los indicadores de depresión, ansiedad e intolerancia a la incertidumbre.

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