
Hace muchos años fue considerada la locomotora del mundo, el país que crecía a tasas exuberantes y que se llevaba cuanto commodity encontraba en el planeta. Este rol aparece ahora más desdibujado, y puede seguir debilitándose. El punto de inflexión lo marcaron la pandemia y la guerra de tarifas con Trump. La primera debilitó la economía de China, la segunda convenció a los asiáticos que necesitan reducir sus importaciones de commodities agrícolas.
La soja se muele en este país para producir aceite y harina, un ingrediente relativamente económico y rico en proteínas que se utiliza para engordar cerdos, aves y ganado. Los especialistas destacan que la harina de soja es valorada en la alimentación animal por su óptimo perfil de aminoácidos y su compatibilidad con granos energéticos como el maíz y el trigo.
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China consume al menos 100 millones de toneladas de soja al año. Hasta acá sigue dependiendo en gran medida del poroto que llega desde el exterior, aunque las compras anuales parecen estar relativamente amesetadas. En mayo, importó un volumen récord de soja, totalizando 13,92 millones de toneladas, de las cuales Brasil suministró el 87%. En los primeros cinco meses del año ingresó 21,25 millones de toneladas de soja desde Brasil, 14,57 millones de toneladas desde Estados Unidos y 112 mil toneladas desde la Argentina. Es esperable que en los próximos meses la supremacía de Brasil se incremente significativamente.

En el camino de terminar con su dependencia de Estados Unidos, Beijing ha decidido recortar el uso de harina de soja en la alimentación animal. Hace unos meses el gobierno chino anunció un plan para reducir el contenido de este derivado en las raciones al 10% hacia 2030, frente al 13% estimado para 2023. Este ingrediente representa entre un 17 y un 20% de los alimentos utilizados en la cría y engorde de cerdos, pollos y otras especies. Los especialistas entienden que se puede hacer algo así, pero será costoso y técnicamente desafiante para los pequeños productores, que representan un tercio de la producción porcina de China.
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Se supone que si la propuesta funciona, China reduciría sus compras en el exterior en 10 millones de toneladas de soja, y lo haría básicamente con el poroto de Estados Unidos, llevando a la mitad los 12.000 millones de dólares que invirtió en este cometido durante 2024. De hecho las anotaciones del gigante asiático para 2025/26 son muy pobres, y todo depende de un acuerdo que, por cierto, a Trump le está costando más de la cuenta. A su vez, una movida como la comentada pondría un techo temporario a las compras en Brasil.
China alberga la mitad de la población porcina mundial. Los porcicultores de menor escala están habituados a la harina de soja principalmente por la familiaridad, la confianza y la fiabilidad percibida. Los analistas entienden que las empresas más grandes actuarán con rapidez –de hecho ya lo están haciendo-, mientras que los productores más pequeños podrían retrasarse o incluso enfrentar contratiempos.
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El recorte a las importaciones de soja se ha convertido en una obsesión para el gobierno chino a partir de la guerra comercial que desató Trump en 2018. En años recientes China ha comprado aproximadamente el 20% de su soja a Estados Unidos, frente al 41% en 2016, pero aún representa casi la mitad de las exportaciones estadounidenses de esta oleaginosa. Este país se convirtió en un actor secundario en el mercado mundial de soja.
El uso de harina de soja en China ya es menor que en algunos países vecinas. El sudeste asiático utiliza alrededor del 25% para aves de corral y el 20% para porcinos. En comparación, el principal criador de cerdos de China, redujo el empleo de este derivado al 5,7%, en tanto otros se mueven dentro de un 7,3 -7.4%. El punto es que todavía los pequeños criadores recurren a un 15-20% de harina de soja en la ración.
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Los sustitutos de la harina de soja suelen consistir en una mezcla de alimentos proteicos como harina de colza, harina de palma, salvado de arroz y harina de pescado, o se complementan con aminoácidos sintéticos. En su anuncio de abril, el Ministerio de Agricultura de China promovió alternativas como aminoácidos sintéticos, paja fermentada, maíz rico en proteínas y proteínas no derivadas de cereales, como proteína microbiana, proteína de insectos y desechos de cocina. Su objetivo es que esta últimas superen los 10 millones de toneladas para 2030.

Desde la primera guerra comercial de la administración Trump, China también ha promovido la llamada tecnología de alimentación baja en proteínas, que generalmente reduce la dependencia de la harina de soja al complementar las dietas animales con aminoácidos sintéticos, especialmente entre las grandes empresas. Sin embargo, estos solo pueden reemplazar parcialmente la proteína natural y no logran satisfacer completamente las necesidades digestivas de los animales, según expertos del sector.
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Beijing también apoya el maíz rico en proteínas, con unas 667.000 hectáreas plantadas. Esta variedad contiene más del 10 % de proteína, frente al 8 % estándar. La proteína de insectos está ganando asimismo terreno: existen “granjas” en las provincias de Shandong y Guangdong que producen 100.000 toneladas de alimento al año, que actualmente se está probando en dietas para aves de corral, cerdos y acuicultura.
La idea es asimismo aumentar el forraje disponible. Implica optimizar el uso de tierras cultivables, en barbecho o con condiciones difíciles (por ejemplo, salino-alcalinas) para obtener maíz, alfalfa y avena, en lugar de cereales tradicionales. Es crucial considerar todas estas tendencias emergentes, ya que se prevé que sus impactos se extiendan más allá de China, influyendo en las cadenas de suministro globales y los mercados de materias primas.
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El punto es que la mayoría de las alternativas son más caras o se encuentran en fase inicial de desarrollo. “Mientras la harina de soja siga siendo la mejor opción en términos de precio y rendimiento ganadero, mantendrá su cuota de mercado”, opinan algunos observadores.
Lo cierto es que los cambios en los patrones comerciales de la harina de soja en China están teniendo un claro impacto en los mercados y precios globales. FAIRR Initiative trae a colación un estudio del Chinese Rural Economy, que muestra que las importaciones de soja de China presentan un “efecto de país grande”, en el que las intervenciones políticas fronteras adentro influyen significativamente en los precios internacionales al afectar los volúmenes de importación.
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