Adelanto de “Guerra sin cuartel”, el libro en el que Patricia Bullrich hace un repaso de su gestión en el Ministerio de Seguridad

La ex ministra explicó que el nombre del texto alude a que no tuvo un solo día de tregua y porque “los ataques provenían de los más diversos ángulos”. A lo largo de sus páginas expresa su visión sobre el caso Chocobar, Santiago Maldonado, el G20, los barrabravas y el narcotráfico, entre otros temas. En esta nota, el primer capítulo

Una imagen de Patricia Bullrich en su rol de ministra de Seguridad en el marco de la organización del G20 (Patricio Murphy)
Una imagen de Patricia Bullrich en su rol de ministra de Seguridad en el marco de la organización del G20 (Patricio Murphy)

El primer día de diciembre Patricia Bullrich lo anunció en sus redes sociales: “¡Qué alegría contarles que Guerra sin cuartel ya está en las librerías del país!”. Lo describió como un libro que cuenta el cambio de paradigma en la seguridad de los argentinos. Editado por Editorial Sudamericana, repite los dos mismos conceptos en su segundo título: “Terminar con la inseguridad en la Argentina”.

Lo calificó como un libro “entretenido” para leer en el verano. No lo concibió como un informe de gestión sino como un abordaje a sus cuatro años al frente del Ministerio de Seguridad de la Nación. “Es el resultado de anécdotas y situaciones para ver lo subliminal de cada momento”, puntualizó en una entrevista a Radio Rivadavia.

Habló también de la transformación de los enfoques durante su gestión: “De Zaffaroni al orden y la ley en el centro de la realidad de los argentinos”. Y consideró que el libro es una recopilación de los hitos que marcaron este un cambio de paradigma en el tratamiento de la seguridad en el país. De hecho, una de las oraciones dice: “Ningún gobierno en toda la historia Argentina consiguió un resultado así en la lucha contra el narcotráfico y el contrabando”.

El libro fue editado por Editorial Sudamericana y contiene doce capítulos
El libro fue editado por Editorial Sudamericana y contiene doce capítulos

“Como ministra de Seguridad de la República Argentina -apuntó en el libro- he debido librar una guerra contra el crimen organizado y sus cómplices en la política y en ciertas organizaciones de la sociedad civil; ‘sin cuartel’ porque no tuve un solo día de tregua y también porque los ataques provenían de los más diversos ángulos, sin una trinchera visible. A pesar de todo, estoy convencida de haber contribuido a devolver el respeto a la ley y a quienes están a cargo de hacerla cumplir en la Argentina”.

Los capítulos son doce más un decálogo de “liderazgo en seguridad”. El primer capítulo lleva por título “Una buena y una mala” y refiere al diálogo que tuvo con Mauricio Macri un día después de que se conociera su triunfo electoral por balotaje. Infobae reproduce en esta nota esa historia relatada en las primeras líneas del libro. Los otros capítulos tocan temas álgidos en la gestión de Patricia Bullrich, como el caso Chocobar, la muerte de Santiago Maldonado, los grandes operativos contra el narcotráfico, la lucha contra los barrabravas y la organización del G20.

El primer capítulo del libro narra el momento en que Mauricio Macri le propone a Patricia Bullrich ser su ministra de Seguridad (Getty)
El primer capítulo del libro narra el momento en que Mauricio Macri le propone a Patricia Bullrich ser su ministra de Seguridad (Getty)

“Una buena y una mala”

Sentada a un costado, en la platea, cerca de una puerta de salida de emergencia, miraba con una mezcla de admiración, alegría y somnolencia al presidente electo, mientras él hablaba a los pocos periodistas que, contra sus hábitos casi siempre noctámbulos, habían sido obligados a levantarse temprano. También yo sentí que debía hacer lo mismo y despertarme poco después de las seis de la mañana, casi sin haber dormido, para llegar antes de las ocho a la Usina del Arte, en el barrio de La Boca, donde Mauricio Macri ofrecía una conferencia de prensa. La noche anterior se había confirmado su triunfo en el balotaje contra Daniel Scioli, quien ya había reconocido al ganador. Para entonces, todo el equipo, los legisladores electos, los partidarios más cercanos y los fiscales electorales estábamos en el llamado bunker de Costa Salguero, en la costanera porteña, dispuestos a festejar hasta la madrugada, con discursos, música, cantos y bailes, como realmente lo hicimos. Los medios de prensa habían registrado y televisado esos festejos y los discursos del triunfador y de su equipo. ¿Qué necesidad había de una conferencia de prensa a las ocho de la mañana? ¡Esa rara costumbre del partido de Macri cada vez que ganaba una elección en la Ciudad de Buenos Aires ahora se repetía tras el escrutinio nacional!

Arrastrábamos el cansancio de una intensa campaña con la que, como candidata al primer lugar en la lista de diputados nacionales por la Ciudad de Buenos Aires, yo había colaborado recorriendo casi toda la capital, tocando timbre cuadra por cuadra, entrevistando a los vecinos, concurriendo a actos y reuniones y acompañando, a veces, al futuro presidente. Todo eso, sumado a mi trabajo como diputada nacional, una función que ya ejercía desde hacía cuatro años como presidente de la Comisión de Legislación Penal. Además, durante el día anterior, con los equipos de mi partido, había ayudado a María Eugenia Vidal, quien acababa de ser elegida gobernadora, a fiscalizar la elección en Avellaneda. ¡Y cuando ya saboreaba el relax del triunfo, esta cita a cuarenta cinco minutos de mi casa, en hora pico!

Antes de llegar, supuse que estarían en el auditorio de la Usina todos los que a la noche habíamos festejado sobre el escenario de Costa Salguero, pero fuera de la plana mayor: Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal y Marcos Peña, ningún otro dirigente había acudido a la cita.

Una cierta contrariedad por la carga ancestral de mi sangre prusiana, que me impulsó siempre a rendir hasta el último esfuerzo, se colaba cada tanto en la inmensa alegría de esa fecha inolvidable: 23 de noviembre de 2015, el día posterior al que una nueva coalición, bajo el nombre de “Cambiemos”, y compuesta por gente con vocación republicana, derrotó al partido del poder en la nación y en jurisdicciones donde casi nadie soñaba que perdería el peronismo.

Como era de esperar, Mauricio repetía más o menos los conceptos y los grandes anuncios de la noche anterior: los porcentajes por los que habíamos ganado, las posiciones obtenidas y los objetivos que nos habíamos propuesto como partido, ahora en situación de gobernar.

Habían pasado doce años desde que yo había competido con ese hombre como uno de mis rivales, cuando en 2003 fui candidata a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En aquel momento, no supimos unirnos. Ricardo López Murphy y yo habíamos mantenido varias conversaciones previas con él, pero en esa época Mauricio era más partidario de algún tipo de convergencia con el peronismo, mientras que Ricardo y yo manteníamos una posición crítica hacia el partido que nos había desalojado del gobierno, tras el golpe cívico del 20 de diciembre de 2001. Por tanto, para la competencia, habíamos quedado tres candidatos principales: Mauricio Macri, con su nuevo partido: “Compromiso para el Cambio”; Aníbal Ibarra, quien procuraba ser reelegido como jefe de Gobierno, que es lo que lamentablemente terminó ocurriendo, y yo, con mi partido Unión por la Libertad, que por entonces se llamaba Unión por Todos y era aliado de Recrear para el Crecimiento, la fuerza de Ricardo López Murphy, quien disputó la presidencia contra Carlos Saúl Menem y contra Néstor Kirchner, dos rivales peronistas en dos partidos diferentes.

Desafortunadamente, hice una campaña negativa, más apoyada en los prejuicios que había desarrollado respecto de Macri que en propuestas de obras y realizaciones; aunque sí presenté un proyecto muy detallado para eliminar la corrupción y los procedimientos burocráticos que la producían en el Gobierno de la Ciudad. Durante los debates, le enrostré a Mauricio las conversaciones que había mantenido con dirigentes peronistas como Juan Pablo Schiavi, quien después fue secretario de Transporte durante el gobierno kirchnerista y finalmente terminó preso a consecuencia de la tragedia de Once. Me arrepentí de eso y se lo dije. Mauricio era mucho más que una conversación transitoria con peronistas, como después lo demostró cuando finalmente llegó a ser jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y llevó a cabo una administración excelente, en la que no sólo impulsó obras extraordinarias, sino que también puso en marcha algunas de las medidas que yo misma había propuesto para desterrar la burocracia en la ciudad. A pesar de haberle pedido disculpas, cada tanto Macri me recordaba entre risas aquellos desencuentros: “¡Qué trompada me diste durante el debate en 2003!”, me dijo un par de veces en reuniones.

El acercamiento y la unidad vino de la mano de la resistencia al kirchnerismo y sus pretensiones de arrasar con las garantías constitucionales, acabar con la división de poderes y establecer un unicato en la Argentina. Ese avasallamiento que avanzaba a pasos agigantados, primero con la presidencia de Néstor Kirchner y después la de su esposa, Cristina Fernández y su lema “¡Vamos por todo!”, es lo que nos fue convocando a la acción a políticos con vocación claramente republicana, como Mauricio Macri, Elisa Carrió, algunos radicales en la resistencia al llamado “Radicalismo K”, y yo, con la gente que me acompañaba desde hacía veinticinco años.

Cuando terminó la conferencia en la Usina del Arte, Mauricio se acercó:

-Vení, que tengo que hablar con vos -me dijo, ejecutivo y enigmático.

Mi curiosidad se extendió por unos segundos.

-Tengo una buena noticia y una mala para vos. ¿Por cuál querés que empiece?

-Por la mala -le respondí.

-La mala es que no vas a poder ser presidente del bloque de Cambiemos en el Congreso.

La presidencia del bloque era una promesa previa a la campaña que, de algún modo, también estaba insinuada con mi primera posición en la lista de candidatos a diputados nacionales por la Ciudad de Buenos Aires.

-Bueno -le contesté-, no te preocupes. Estoy acostumbrada a trabajar desde el llano y este será mi cuarto mandato como diputada.

-La buena -prosiguió- no sé si es tan buena. Quiero proponerte que seas ministra de Seguridad o encabeces una agencia para la lucha contra el narcotráfico. Todavía no tenemos decidido qué forma darle, pero el combate contra la droga fue una promesa mía de campaña y me parece que, por tu carácter, firmeza y convicciones, sos la más indicada para esa posición.

-Acepto -le respondí de inmediato.

-Bien; acompañame, que voy a las oficinas de Parque Patricios, así hablamos durante el viaje -se entusiasmó enseguida y yo más, por supuesto.

Subimos a la camioneta que usaba Mauricio, que parecía preparada para reuniones ejecutivas cortas, porque las butacas giraban de manera que quedaban enfrentadas.

Durante el trayecto, el presidente electo me confesó que lo que más le preocupaba en ese momento era diciembre. La inquietud tenía mucho fundamento. Cualquier argentino sabía que todos los diciembres eran calientes en el Gran Buenos Aires, no tanto porque el veintiuno de ese mes tiene lugar el equinoccio de verano en el hemisferio sur, sino porque, desde la caída del presidente radical Fernando de la Rúa, el 20 de diciembre de 2001, los movimientos sociales, muchos de ellos influidos por el peronismo y otros por la izquierda más radicalizada, generaban disturbios y saqueos.

A la pueblada impulsada por el peronismo y por algunos sectores industriales, en diciembre de 2001, que terminó con el gobierno de Fernando de la Rúa, siguieron otras revueltas durante la presidencia provisoria del peronista Eduardo Duhalde. Esas revueltas desembocaron en la muerte de dos jóvenes que habían participado de un piquete en el puente Pueyrredón, en el ingreso a la capital. Efectivos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, en la localidad de Avellaneda, habían disparado sobre Maximiliano Kosteki -de veintidós años- y Darío Santillán -de veintiuno- quienes pertenecían al Movimiento de Desocupados. El hecho causó tal conmoción que terminó con el rápido llamado a elecciones por parte de Duhalde, quien tuvo bien presente las muertes producidas durante la represión a la revuelta del 20 de diciembre anterior -apenas seis meses antes- que habían exacerbado la agitación que puso fin al gobierno radical. Varios años atrás, en 1989, otro líder del radicalismo, Raúl Alfonsín, también había dejado la presidencia tras una ola de saqueos en medio de una hiperinflación.

Cada diciembre, los denominados grupos sociales, integrados fundamentalmente por desocupados liderados por caudillos que los impulsaban a reclamar mercaderías y dinero, con el argumento de la proximidad de las fiestas, se movilizaban con la bandera de Kosteki y Santillán. Pero ese diciembre era particularmente peligroso, porque el peronismo había perdido en la nación y en varias jurisdicciones, incluido su bastión histórico, la provincia de Buenos Aires, donde María Eugenia Vidal fue elegida gobernadora contra el candidato de Cristina Fernández de Kirchner, Aníbal Fernández. Además, faltaban diecisiete días para el traspaso del mando.

La camioneta llegó a la entrada de las oficinas de Parque Patricios y ahí bajé. Mauricio ingresó en el edificio y yo regresé a mi casa. Durante el trayecto, hablé a mi marido, Guillermo Yanco.

-Guillermo, tengo algo importante que contarte -le dije, para que me esperara.

-¡Dale, contame, contame! -me pidió ansioso.

-No, llego enseguida y te cuento.

Cuando llegué a nuestro departamento, en el barrio de Palermo, le di la noticia a Guillermo, quien quedó tan contento como sorprendido por la novedad.

-Bueno, pensémoslo -me dijo.

-No, ya contesté que acepto -le informé, con alguna culpa pero a la vez haciendo gala de mi estilo para tomar decisiones.

-¡Cómo que aceptaste! ¡Pero pará, vos sos diputada por cuatro años más! -reclamó Guillermo, porque como era lógico, el mandato como diputada por cuatro años lo tenía asegurado; pero cualquier ministro, y más uno de Seguridad, puede ser eyectado en cualquier momento de su función ante el menor error.

-No, mirá -le contesté-, de hecho, ahora voy a la Cámara de Diputados a renunciar, así el que me siga en la lista no tendrá que esperar para ser designado.

Guillermo sabía que era inútil seguir con los argumentos y yo emprendí el rumbo hacia el Congreso. Durante el camino, ya las radios empezaban a comunicar el trascendido. Los periodistas me habían visto subir con Macri en la camioneta, después de la conferencia en la Usina del Arte, e inmediatamente percibieron que esa reunión ambulante no tenía lugar porque sí; de manera que empezaron a preguntar y, desde los equipos de comunicación del presidente electo, dejaron trascender la propuesta.

Cuando llegué a la oficina administrativa de la Cámara de Diputados, me llamaron los congresistas amigos para felicitarme: Federico Pinedo, Paula Bertol, Pablo Tonelli, Silvana Giúdice, Miguel del Sel, Héctor Baldassi y varios más.

-Che, ¿qué vas a hacer? Vos sos diputada ¿Vas a pedir licencia? -me preguntaron algunos, inquietos por mi futuro.

-No -les dije-, justamente en este momento estoy en la oficina administrativa de la Cámara renunciando a la diputación. Si esto va bien, perfecto, y si no, mala suerte; pero no quiero quedarme tapando un cargo.

Por otro lado, mi intención era dar un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas, aceptando las responsabilidades sin condiciones y sin reaseguros.

Como no era la única diputada electa que iría a cargos en el Poder Ejecutivo, sino que me había enterado de que el rabino Sergio Bergman estaría al frente de la Secretaría de Medio Ambiente y el economista Federico Sturzenegger encabezaría el Banco Central, se había producido un corrimiento en las listas que permitió que José Luis Patiño, un dirigente de mi partido, Unión por la Libertad, ingresara inmediatamente. Él había ocupado el séptimo lugar en la lista de las elecciones legislativas de 2013 y, en aquel momento, habían resultado elegidos seis diputados. Ahora, con la renuncia de Bergman, a él le tocaba el turno, dos años después.

“José Luis, sacá tu traje de casamiento del placard, que vas a jurar como diputado”, le comuniqué contenta por teléfono a Patiño, quien me acompañaba desde que ambos revistábamos en la Coalición Cívica, en 2007.

Tras renunciar a mi cargo, reuní al pequeño equipo de asesores que tenía en el Congreso en una salita del edificio del Anexo, en la esquina de la avenida Rivadavia y la calle Riobamba. Estaba Pablo Noceti, el abogado que encabezaba el equipo; Carlos Manfroni, también abogado, quien me asesoraba principalmente en temas de anticorrupción y me había acompañado en la fórmula como candidato a vicejefe de Gobierno, en 2003; Micaela Siburu y Gimena Gorostidi, las profesionales que seguían prolijamente todos los temas que se desarrollaban en la Comisión de Legislación Penal; Federico Saettone, que oficiaba de coordinador; Alicia Ilari -mi secretaria de toda la vida- y los hermanos Leonardo y Alejandro Neumann, después miembros infaltables de mi equipo de comunicación. Me esperaban desde hacía más de media hora, después de terminar una reunión de asesores, porque ya Alicia les había avisado que yo quería hablarles de un tema importante. Les di la noticia, que causó la misma sorpresa que provocó en todos aquellos que la recibieron, incluyendo a Guillermo, mi marido.

La sorpresa era explicable. Si bien yo tenía experiencia ejecutiva, ya que había sido ministra de Trabajo durante el gobierno de Fernando de la Rúa -cuando tuve que lidiar con la prepotencia del sindicalista Hugo Moyano en contiendas que se hicieron famosas-, e incluso había ocupado antes el cargo de secretaria de Política Criminal y Asuntos Penitenciarios -una función de alta tensión y desgastante para cualquier funcionario-, también era cierto que en el partido que llevó al ingeniero Mauricio Macri a la presidencia yo era un “sapo de otro pozo”, casi una recién llegada. Había colaborado, sí, con los equipos de la Fundación Pensar -el think tank de Macri- como coordinadora de coordinadores, pero había otros que aparecían en esos equipos con más expectativas para el cargo, como el ex juez Guillermo Montenegro, quien ya había sido ministro de Seguridad en el Gobierno de la Ciudad, y Eugenio Burzaco, que había diseñado varios proyectos.

Precisamente, ese mismo día, recibí el llamado de Marcos Peña, después jefe de Gabinete del presidente, para preguntarme si tenía algún inconveniente en que Burzaco me acompañara en la gestión como secretario de Seguridad. Él mismo me informó que la decisión era que yo asumiera como ministra de Seguridad y no como directora de una agencia, a la que habría que armar y aprobar la estructura, mientras que el Ministerio de Seguridad ya existía y estaba funcionando. Le respondí que no tenía inconvenientes y que apreciaba mucho el trabajo de Burzaco en los equipos de la Fundación Pensar.

Yo sabía que Burzaco alentaba fuertes expectativas de ser él mismo el ministro. Venía de ser número dos en la Ciudad de Buenos Aires, donde terminó renunciando por desavenencias con Montenegro, y ahora quedaba nuevamente en un segundo plano. Su insatisfacción se hizo visible en los primeros momentos. Gente del Gobierno de Buenos Aires me comentó que en la puerta misma de la jefatura, él declaró ese día que iba a ser el “Berni” del Ministerio de Seguridad. Aludía a Sergio Berni, un teniente coronel médico retirado que había ocupado el cargo durante la presidencia de Cristina Kirchner y, con su personalidad avasallante, había opacado a los sucesivos ministros que estuvieron por encima de él. De hecho, todavía Berni era en ese momento el secretario de Seguridad. Les respondí a los que me transmitieron el chisme que me parecía bien, que yo necesitaba a alguien con espíritu competitivo y no que fuera mi sombra. El vaticinio no se cumplió; en parte porque Burzaco no tenía la personalidad de Berni y mi carácter fue precisamente lo que más impulsó al presidente electo a proponerme para el cargo.

Sentados a la mesa redonda en la que comuniqué la noticia a mi equipo del Congreso, las reacciones fueron diversas. Pablo no se alegró mucho, porque estaba ilusionado con que manejáramos por primera vez un bloque oficialista en la Cámara de Diputados. Hubiera sido interesante también. Siempre había vivido los debates desde la vereda de enfrente a la del gobierno y esta era la oportunidad de liderar en el Congreso los proyectos que acompañaban al Ejecutivo. No obstante, esa misma mañana, el equipo se embarcó, por pedido mío, en el diseño de posibles organigramas y funciones.

En un pasillo, me crucé con Victoria Donda, quien tenía su despacho de diputada contiguo al mío y me felicitó efusivamente por la designación. Pero las reacciones más sorprendentes las recibí cuando llegué nuevamente, por la tarde, a las oficinas del Gobierno de la Ciudad. Macri me había llamado para que fuera hasta allí a fin de comenzar a conversar de las primeras medidas y me encaminé otra vez hacia Parque Patricios.

El edificio de Parque Patricios es una construcción totalmente vidriada, diseñada por el famoso arquitecto británico Sir Norman Foster, con escaleras abiertas y transparentes, de manera que desde todas las oficinas se puede observar a quien va subiendo por ellas. Durante el breve trayecto de ascenso hasta el tercer piso, donde está el despacho del jefe de Gobierno, fui recibiendo las distintas reacciones. Muchos funcionarios me felicitaban y me daban el “pésame” al mismo tiempo. “Te felicito, pero ¿estás segura de lo que hacés?”, decían algunos. “De ahí nadie sale vivo”, se atrevían a “alentarme” otros.

Seguí subiendo las escaleras y en uno de los boxes vi a Ariel Toglia, un abogado que me acompañaba hacía años en Unión por la Libertad y estaba trabajando en la Administración de la Ciudad.

-¡Andá haciendo las valijas, Ariel, que nos vamos al Poder Ejecutivo! -le grité. Ni dudó en aceptarlo y fue después mi Director General de Recursos Humanos en el Ministerio de Seguridad.

Cuando llegué a las oficinas centrales, estaban nuevamente reunidos Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal y Marcos Peña. Entraba y salía gente todo el tiempo y el propio Mauricio se trasladaba de reunión en reunión. Me encontré con él y me reiteró que lo más urgente, en ese momento, era la preocupación por los posibles desmanes o saqueos durante diciembre.

-Dejemos todo lo de la estructura del ministerio para después -enfatizó Macri-. Ahora quiero que te dediques a monitorear lo que pase con los movimientos sociales y estés muy atenta con las revueltas que puedan producirse -fue la primera directiva del presidente electo a su futura ministra de Seguridad-. ¿Querés que te presente a algunos comisarios de la Metropolitana para que te asesoren? -continuó.

-No, dejá; yo prefiero monitorearlo con gente que tenga cercanía con los movimientos sociales -le contesté. Él mismo me conectó entonces con Carlos Pedrini, un abogado que trabajaba en el Gobierno de la Ciudad y era el enlace con los movimientos sociales. Después, fue Secretario de Articulación de Política Social en el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, que condujo Carolina Stanley. Armé un equipo con él y otras personas de mi partido y seguimos los acontecimientos paso a paso. Tanto en 2015 como durante los cuatro años de gestión de Cambiemos, no se registraron disturbios en diciembre. Hubo un gran esfuerzo para conseguir ese resultado, sobre todo por tratarse de un gobierno no peronista.

Al salir, me quedé pensando en el comienzo de la conversación con el presidente electo, en la Usina del Arte, y su frase: “Una buena y una mala”. Todavía pienso hoy en esa introducción, que resultó un vaticinio; porque así fue toda mi gestión, no por los resultados, que mejoraron exponencialmente la situación heredada en la totalidad de los indicadores, sino por los obstáculos que se fueron interponiendo día a día en el camino, algunos estimulantes, otros muy tristes, pero todos desafiantes.

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