
El 13 de junio pasado, en uno de los momentos más duros de la pandemia, el comunicado oficial del gobierno chileno consignaba 2.870 muertos por Covid-19 mientras que las mismas autoridades comunicaban a la Organización Mundial de la Salud (OMS) más de 5.000 fallecidos por el coronavirus, casi el doble.
La discrepancia fue denunciada por el Centro de Investigación e Información Periodística chileno (CIPER) y estalló el escándalo.
A pocas horas de ser revelada esta diferencia, el presidente Sebastián Piñera le pidió la renuncia a su ministro de Salud, Jaime Mañalich. La decisión no debe haber sido fácil. El funcionario, que ya se había desempeñado al frente de la misma cartera en la anterior gestión de Piñera (2010-2014), gozaba de un merecido prestigio por su desempeño en la crisis posterior al terremoto del 27 de febrero de 2010 -Piñera asumió su primer mandato el 11 de marzo de ese año- y más adelante, en agosto de 2010, en el rescate de los mineros atrapados en la mina de San José de Atacama.
Especialistas conocedores de la metodología empleada y del informe a la OMS explicaron al CIPER que la cifra de 5000 muertos brindada por el Departamento de Estadísticas (DEIS) del Ministerio de Salud incluía, además de los casos con examen PCR positivo, a los clasificados como sospechosos o atribuibles al COVID-19.
Las cifras eran comunicadas semanalmente al Departamento de Planificación Sanitaria del Ministerio y al gabinete del ministro de Salud, Jaime Mañalich.

Desde esa cartera, se explicó que no se trataba “de una estadística definitiva, ya que debe someterse a nuevos procesamientos y escrutinios que pueden incorporar correcciones”. “La OMS solicita a las oficinas de enlace de los países, con fines exclusivamente de vigilancia epidemiológica, la información de los casos sospechosos, probables, fallecidos con y sin confirmación diagnóstica de COVID-19 por parte de laboratorio, lo que Chile envía una vez por semana”, dijeron voceros de Salud.
Y relativizando la discrepancia, agregaron: “La Organización Mundial de la Salud no publica estos antecedentes, sino que son de uso exclusivo para la vigilancia epidemiológica”.
Pero no alcanzaron estos argumentos para evitar la salida de Mañalich que fue reemplazado de inmediato por Enrique Paris. La revelación de que se había informado a la OMS casi el doble de decesos que los comunicados oficialmente dentro del país resultó indigerible para el gobierno de Piñera.
Chile se encontraba en plena curva ascendente de casos y fallecidos y con previsiones poco halagüeñas para las semanas siguientes con la llegada del frío. Eran los tiempos en que el presidente Alberto Fernández se complacía en comparar la situación sanitaria argentina con la del país vecino. El 13 de junio, Argentina registraba 1903 muertos; al menos esos eran los que comunicaba. Hoy, con las últimas revelaciones sobre discrepancias en la carga de datos, se sabe que todas esas cifras deberán ser revisadas.

En Chile, hasta el representante de la OMS ante ese país, Fernando Leanes, intentó arrojar un salvavidas a los funcionarios alegando que el principal problema de Chile en cuanto las cifras reportadas era de tipo comunicacional y no de diagnóstico o registro de pacientes. “Comparado con otros países, Chile está bien en el diagnóstico, está bien en el registro, pero en la comunicación ha habido dificultades”, matizó. “Conviene que los expertos del país tengan un lenguaje de consenso”, fue su consejo.
De todos modos, Mañalich tuvo que dejar el cargo. Su salida, aquel 13 de junio, coincidió con un nuevo récord de muertos -231-, impulsado en parte por el cambio en el conteo de víctimas; un sinceramiento en realidad.
El nuevo ministro, Enrique Paris, prometió trabajar para “seguir fortaleciendo la transparencia de nuestros datos”. Desde ese día, los reportes oficiales empezaron a incluir los casos de fallecidos sospechosos de coronavirus, con lo que la cifra de muertos se acercó a la comunicada a la OMS y prácticamente duplicó el balance de la pandemia.
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