
Hay un momento del año en que la clínica veterinaria cambia de ritmo. No es por emergencias, sino por costumbre: llegan perros para bañarse, gatos para cortarse el pelo y pedidos para que estén listos para la foto familiar. Recibimos a cada uno con afecto, porque querer que una mascota se vea bien también es una forma de cuidado. Pero hay gestos que invitan a mirar un poco más allá. ¿Solo queremos que luzcan bien… o también que estén bien?
Hace unos meses, el INEI incluyó la crianza de perros dentro de la misma encuesta que analiza el acceso al agua potable, internet o seguridad ciudadana. Que una mascota aparezca allí no es un dato curioso: es la confirmación de que convivir con un animal ya forma parte de la vida doméstica del país. Sin embargo, esa convivencia aún debe convertirse en una cultura de prevención.
En muchos hogares hay juguetes, repisas diseñadas especialmente para gatos o snacks exclusivos para perros, pero los chequeos médicos suelen postergarse hasta que el malestar es evidente. No se trata de falta de afecto; muchas veces es falta de tiempo o información. La vida moderna avanza rápido y las mascotas se adaptan a nuestro ritmo, no a su salud. Los síntomas no siempre se manifiestan con dolor: a veces aparecen en la piel, en los hábitos o en silencios que no generan alarma inmediata.
Los gatos, por ejemplo, enferman en silencio. Dejan de explorar, comen menos o cambian de escondite. Cuando llegan a consulta en esa etapa, la enfermedad ya ha ganado terreno. Algo similar ocurre con los perros que pasan muchas horas solos: el cambio no se nota de golpe, pero la conducta empieza a hablar por ellos. El afecto no debería llegar cuando ya hay sufrimiento. Si se mide solo en compras, puede llegar tarde.
Solemos decir “hijo de cuatro patas”, y ese término expresa un vínculo real. Pero todo vínculo profundo también exige responsabilidad. Criar a un ser humano implica decisiones constantes, tiempo y cuidado. Ser responsable de una mascota también. No es antropomorfismo; es respeto por la vida que nos acompaña.
Convivir con una mascota ya no es excepcional, es parte del hogar peruano. Tal vez el reto para el 2026 no sea demostrar amor, sino escuchar mejor. Porque una mascota puede llenar silencios… pero también puede revelarlos. Y cuando aprendamos a leer lo que nos dicen —a través de su piel, su conducta o su ausencia— quizá descubramos algo sobre nuestra forma de vivir, antes de que el año vuelva a empezar.

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