
La salud mental es un componente esencial del bienestar integral en todas las etapas de la vida. Desde la adolescencia hasta la adultez mayor, nuestras condiciones emocionales, psicológicas y sociales juegan un papel decisivo en nuestra calidad de vida, nuestras relaciones y nuestra capacidad de afrontar desafíos. Por ello, resulta imprescindible prestar atención puntual a la salud mental especialmente en etapas críticas como la adolescencia y la vejez. En el Perú, el Ministerio de Salud (Minsa) reporta que el 90 % de los casos de suicidio están vinculados a la depresión, la ansiedad y otros trastornos de salud mental, lo cual resalta la importancia de fortalecer la atención en esta área.
Para adultos mayores, la situación tiene matices particulares: la confluencia de factores psicológicos, sociales, físicos y existenciales puede elevar sustancialmente el riesgo de ideación suicida y de suicidio consumado. Si bien muchos suponen que la vejez implica sabiduría y calma, para otras personas puede ser un periodo de soledad profunda, sentimiento de inutilidad o padecimiento crónico.
Por qué es alto el riesgo de suicidio en los adultos mayores
El riesgo elevado de suicidio en la tercera edad no responde a una causa única, sino a una conjunción de múltiples factores que interactúan. Algunas de las razones más relevantes son:

- Depresión y trastornos mentales no tratados: la depresión en personas mayores suele presentarse de forma atípica: fatiga persistente, insomnio, pérdida del apetito o quejas somáticas pueden enmascarar el diagnóstico (lo que se conoce como “depresión tardía”). Además, muchas veces no se considera como enfermedad, sino como algo normal del envejecimiento. Cuando estos trastornos no se detectan o no reciben tratamiento, pueden evolucionar hacia ideación suicida.
- Soledad y aislamiento social: la pérdida de la pareja, el alejamiento de hijos o amigos, y la disminución de la red social son factores frecuentes que acentúan la sensación de vacío. El Minsa advierte que la soledad no deseada es un factor clave para el riesgo suicida en la vejez.
- Pérdida de autonomía y funcionalidad: las enfermedades crónicas (diabetes, hipertensión, artrosis, afecciones cardiovasculares, problemas de movilidad o visión, entre otras) limitan la independencia y pueden generar sentimientos de inutilidad o carga hacia otros. Esa frustración existencial puede agravar la desesperanza.
- Dolor crónico y enfermedades múltiples: el dolor persistente y las comorbilidades físicas deterioran la calidad de vida y pueden actuar como factores estresantes constantes, asociados con depresión e ideación suicida.
- Pérdidas continuas y duelo acumulado: la muerte de amigos o familiares, la jubilación, el alejamiento social, la pérdida de roles sociales vigentes (como trabajar, por ejemplo) van generando un duelo prolongado. En algunos casos, estas pérdidas activan pensamientos de que “ya no hay razones para seguir”.
- Estigmas y barreras de acceso a atención: los adultos mayores pueden sentirse reacios a buscar ayuda psicológica o psiquiátrica por vergüenza, por pensar que “es demasiado tarde” o por falta de recursos. Muchas veces los servicios no están adecuadamente adaptados para esta población.
- Historia previa de intento suicida o trastornos mentales: antecedentes personales de intentos o trastornos psiquiátricos incrementan la probabilidad de que surja nuevamente la ideación suicida.
Cómo identificar si hay riesgo de suicidio en adultos mayores

Detectar señales en adultos mayores puede ser más complejo que en personas más jóvenes, pero hay indicios que deben alertar:
- Expresiones verbales como “me gustaría no despertar”, “ya no tengo fuerzas para seguir”, “sería mejor para los demás si ya no estuviera”.
- Cambio marcado en el estado de ánimo: tristeza profunda, irritabilidad, apatía.
- Pérdida de interés en actividades que antes disfrutaba.
- Aislamiento progresivo: evitar contacto con familiares o amigos.
- Cambios en el sueño (insomnio, despertarse muy temprano) y en el apetito.
- Deterioro en el cuidado personal, descuido en la higiene.
- Despedidas, regalar objetos valiosos, cerrar asuntos pendientes.
- Aumento del uso de sustancias o medicamentos, o acumulación peligrosa de fármacos.
- Quejas físicas persistentes sin explicación clara (dolores difusos) porque a veces estos son enmascaramientos de malestar psicológico.
Si alguna de estas señales se observa, es fundamental no minimizarla, especialmente si hay combinación de varios síntomas o si hay situaciones recientes de pérdida, enfermedad o crisis. En estos casos lo más recomendable es buscar ayuda profesional de un psicológo o psiquiatra.
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