Loa al perro de playa

Por QUENA STRAUSS, periodista.

Siempre fui bichera. Desde siempre mi casa ha sido un sanatorio de pájaros averiados, gatos abandonados y perros atontados por los cohetes de Nochebuena. Será por eso que amo a los perros de playa, esos bichos llenos de pelos y de arena que te miran, te enamoran y en dos minutos ya se adueñaron de tus sentimientos. Así que preparate para que te rompan el corazón sin miramientos cuando decidan partir.

Pero, ¿por qué hablo de todo esto? Porque en muchas playas argentinas, presentarse con el termo, la conservadora, el familión y –además– el perro de la familia está prohibido.

En los parques nacionales, de hecho, antes de admitirte y darte el mapa de senderos se aseguran de que no escondas nada peludo en tu auto (más allá de tu marido y de tu hijo adolescente, claro). Según dicen, el perro es una "especie exótica" y podría enfermarse y enfermar a los habitantes naturales del lugar.

Hasta ahí lo entiendo perfectamente, pero, ¿por qué no puede Bobby ir a corretear las olas si tanto le gusta? Veamos: es posible que el susodicho Bobby le ladre a los más chicos, se la agarre con toda pelota playera que salga a rodar y hasta intente devorar cuanto sánguche de milanesa, huevo duro o "milo quenchi" le dejen a mano. Además, terminada su comilona es altamente probable que elija como baño alguna de las carpas que tanto cuesta rentar. A diferencia del perrito de playa, el perrito en la playa es un incordio notable, así que mejor, como sugieren en algunos balnearios, en verano, las mascotas en casa. Y el perro de playa en su casa, que es la costa, claro.

Vacaciones sin perro

Por LUIS BUERO, periodista.

Para mí las vacaciones son algo idealizado, para realizar solo, en pareja o en familia, pero sin animales. Tengo una mascota hace muchos años y comprendí que un perro es como un bebé de seis meses eterno por el que debés conservar los más diversos cuidados si querés obrar responsablemente.
Recuerdo que cuando iba a hacer el primer viaje al que pensé en llevarlo, la señorita veterinaria me dio mil previsiones legales –faltaba que le tuviera que hacer sacar un pasaporte al can para ir hasta Las Toninas–. Luego comenzó con las indicaciones para llevarlo a la playa: "preparale una mochila especial con papeles del animal, agua y plato bebedero, juguetes, bolsa para recoger sus necesidades fisiológicas, crema solar y un protector con almohadillas para las patitas". A lo que yo pensé: "este bichito me trae más problemas que si llevo a mi suegra".
Pero la doctora no se detuvo y siguió: "Llevá sombrilla y ponelo a la sombra, que no vague suelto por la playa ni se exponga tanto al sol, si va al mar, que no beba de las olas y que esté solo en la orilla, y de vuelta en casa dale un buen baño con agua dulce para limpiarlo de la sal y la arena". ¿Algo más?, pensé. Y sí, vinieron los consejos sobre cómo llevarlo en el auto, avión, tren o barco, sin olvidar un botiquín con pomada antiinflamatoria, pastillas antidiarreicas, gasas, agua oxigenada, analgésicos, productos antiparasitarios… ¡Uf! Me cansé. Y decidí dejar al perro en un house-dog-holidays que me cobró por día más que el hotel que reservé. Pero el próximo verano me interno en esa guardería de pichichos con él.

Ilustración: VERÓNICA PALMIERI

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