
El Perú atraviesa una hora decisiva. No es una exageración retórica: es la constatación de una nación atrapada entre el desencanto ciudadano, la fragmentación política y la amenaza permanente de quienes entienden el poder como un instrumento de revancha ideológica y captura institucional.
En medio de ese panorama emerge nuevamente la figura de Keiko Fujimori. Y conviene decirlo con claridad: más allá de simpatías o discrepancias, su candidatura representa hoy una de las pocas opciones con experiencia política, estructura nacional y convicción democrática suficiente para evitar que el Perú siga descendiendo hacia el caos.
Durante demasiados años, parte de la élite intelectual latinoamericana ha preferido juzgar a Keiko Fujimori no por sus propuestas ni por su capacidad política, sino por el apellido que lleva. Como si la democracia consistiera en heredar culpas eternas y no en permitir que cada ciudadano construya su propio camino ante el juicio soberano de las urnas.
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El debate serio no debería girar alrededor de resentimientos históricos, sino sobre una pregunta concreta: ¿quién puede devolverle estabilidad, crecimiento económico y confianza institucional al Perú?
Porque mientras algunos cultivan discursos incendiarios, el Perú real exige empleo, inversión, seguridad jurídica y orden democrático.
No hay prosperidad posible en un país donde cada gobierno intenta destruir al anterior. No hay inversión donde reina la incertidumbre. No hay libertad donde el populismo convierte a las instituciones en trincheras ideológicas.
Y es precisamente allí donde Keiko Fujimori ha demostrado una resiliencia política extraordinaria. Ha soportado persecuciones judiciales interminables, campañas de demolición personal y una narrativa continental diseñada para convertirla en símbolo de todos los males de la política peruana. Sin embargo, sigue de pie. Y eso, en política, también revela carácter.
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Quienes defienden la democracia liberal en América Latina no pueden seguir actuando con ingenuidad. El autoritarismo contemporáneo ya no llega vestido de uniforme militar; llega disfrazado de redención moral, de justicia social infinita y de odio contra el sector privado, la prensa libre y la empresa.
El Perú ya vivió demasiado cerca de ese abismo.
Por eso, respaldar a Keiko Fujimori no significa ignorar debates del pasado. Significa comprender que el futuro exige liderazgo, firmeza y experiencia para impedir que el país continúe atrapado en la inestabilidad permanente.
Las naciones no progresan alimentando resentimientos. Progresan cuando son capaces de defender la libertad económica, el Estado de derecho y la estabilidad institucional frente a quienes pretenden sustituirlos por el caos populista.
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El Perú necesita recuperar la confianza en sí mismo.
Y en esa tarea, Keiko Fujimori puede convertirse —una vez más— en el dique democrático frente a la incertidumbre y la improvisación.
* El autor fue presidente constitucional de la República de Ecuador.
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