Modernidad sin patria

Entre el Estado que construye nación y el saqueo disfrazado de libertad, Argentina elige el peor camino posible

El candidato presidencial brasileño Flavio Bolsonaro y el presidente argentino Javier Milei
El candidato presidencial brasileño Flavio Bolsonaro y el presidente argentino Javier Milei
Guardar

Los vientos de la historia parecen imponer la moda del ascenso de las derechas. Uno se pregunta si fracasaron los progresismos o estamos viviendo una profunda crisis de la democracia. Los ricos del mundo ya superan con su poder a las naciones mismas; entre nosotros, vivimos la absurda experiencia de haber convertido el derrame en ideología.

El espejismo es claro, si dejamos a los ricos libres, habrá un futuro para los pobres. Lo perverso es que el presente del enriquecimiento de los grandes, llamado “Macro”, es desmesurado, siendo su contracara la desgracia de los más vulnerables.

PUBLICIDAD

Para los que hemos acumulado muchos gobiernos en nuestras vidas el actual recetario es a veces parecido y otrasuna simple fotocopia de las reiteradas dictaduras. Pensar las sociedades desde la ganancia, y no desde sus habitantes, nos lleva a coyunturas donde reinan grandes empresas manos de empresarios que ni siquiera nos asumen como su patria y que, por rebajar algunos precios, terminan destruyendo millares de puestos de trabajo. Para no mencionar la especulación financiera ilimitada y la destrucción de la industria nacional y de las Pyme. Si la política hubiera existido, si se hubiera hecho responsable del futuro colectivo, no estaríamos asistiendo al penoso espectáculo de miles de locales comerciales cerrados, con sus propietarios, inquilinos y empleados sometidos a la desesperación porque nuestra frivolidad nos llevó a recorrer un sinsentido cuyo daño era infinitamente superior al beneficio que podía proporcionar. Nunca fui marxista, pero sí, lector, y recuerdo la ocasión en que Stalin le ofreció a Mao una donación de decenas de camiones, a lo cual el estadista chino respondió: “No todavía, porque no sabría qué hacer con los obreros chinos”.

Recorrer Europa implica descubrir que esas sociedades no cayeron en estas insensatas y codiciosas tentaciones, ni siquiera en la deformación que aportan los “barrios privados”. Son países con un estado presente que cumple las funciones que requiere su ciudadanía, respetando las instituciones y la división de poderes, defendiendo y sosteniendo su soberanía, ejerciendo la necesaria percepción de aranceles para proteger su producción, entre otras medidas que constituyen la base de una nación. Sin Estado no hay nación, pero Milei y los suyos no saben de qué se trata. Las sociedades deben ser diseñadas con un proyecto en el que coincidan gobierno y oposición, diferenciando sus acentos en producción o distribución, pero jamás entregadas a manos de personajes para quienes el dinero vale más que la dignidad humana.

PUBLICIDAD

En la elección de Brasil hubo quienes cayeron en la simplificación de intentar compararnos, sin entender que en el caso de la sociedad brasileña, el patriotismo precede a la ideología. Ni las dictaduras ni los Bolsonaro privatizaron su patrimonio, y la vitalidad de su burguesía impidió hasta el momento cualquier tipo de dependencia extranjera. Otro dato importante es que el país hermano nunca alteró la célebre estructura diplomática de Itamaraty, gestora de una política exterior situada por encima de cambios coyunturales. Así y todo, el gobierno del exitoso presidente Lula generó una especie de cansancio que nos lleva a pensar si lo sucedido en Brasil es un avance de la derecha o una derrota momentánea de los oficialismos debido a hartazgos no siempre justificados.

Diferenciar la burguesía productiva, integrada por aquellos que generan riqueza, de la nacida con Menem y especializada en quedarse con las propiedades del Estado, es tan simple como entender la diferencia entre una visión de Patria y una colonial. En esa caricatura estamos. Asociados a conocidos testaferros, los amigos de este gobierno se apropian de los servicios públicos por precios irrisorios, como el reciente caso de AySA, en el intento de manejar un Estado paralelo y achicar los márgenes reales de todo poder democrático. La familia Caputo “privatiza” con actitud ilícita, se apropia de AySA, una empresa que está equilibrada y que necesita inversiones para dar agua y cloacas a los sectores desfavorecidos, sabiendo que eso no es negocio y que la privatización es quedarse con la ganancia y abandonar a los necesitados. Es que “privatización” no es más que el nombre técnico del saqueo. Negociar, comerciar sobre la necesidad de los que carecen de agua y cloacas es la perversión de una casta degradada que hoy dice conducirnos. Los que las tenemos pagaremos más caro, y quienes las necesitan son excluidos de toda posibilidad de acceder a esos bienes indispensables. Esto es el Liberalismo en la versión delincuencial — no es la primera vez — que hoy gobierna. Estamos ante un gobierno absolutamente delictivo que pretende, además, vender la ciudadanía argentina a quién sabe qué clase de extranjeros por cifras siderales en dólares, con la intermediación de una agencia británica, sin que sepamos a qué consecuencias de todo orden – desde el narcotráfico hasta la compra ilimitada de tierras– nos estamos exponiendo.

La imagen pública de nuestro presidente y sus insultos al periodismo y a todos los que no coincidan con su ya indiscutible fracaso nos ubica en la certeza de que solo un nuevamente fracasado ministro de Economía es experto en expandir la pobreza de los que tienen a partir de la promesa del derrame, un concepto que sólo marca el nivel de su perversión ideológica, mientras menosprecia al Arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires con total desparpajo, llamándolo Cuerva. ¿Creerá, acaso, que al omitir un apellido lo aleja de la clase a la que él sí, con uno solo pertenece? Pobre personaje, el “Toto” Caputo y su mediocre y balbuceante discurso lleno de falsedades económicas, por lo demás.

Los pueblos suelen solicitar lo que logran como en el llamativo caso de nuestra baja de inflación para afincarse en lo que carecen como en su mínimo digno derecho a la sobrevivencia. Si hay algo que los economistas conocen de sobra es que los bienes son limitados y, en consecuencia, lo que se llevan ricos y poderosos impunemente beneficiados como lo están por este gobierno — reducción de impuestos, desregulación de tarifas, alquileres, tasas, salud y educación privadas y flexibilización laboral mediante— es lo que se les saca a los pobres y ahora, también a la clase media.