
Hay un votante nuevo en Argentina. O, por lo menos, hay un votante que ahora empieza a verse con una claridad que antes no tenía. Es el que responde “sí, pero”.
Sí a la baja de la inflación, pero no a determinadas formas del ajuste. Sí al equilibrio fiscal, pero hay que mirar qué pasa con los jubilados. Sí a una política de seguridad en la que el que delinque tiene que pagar, pero también hay que ocuparse de las consecuencias sociales de las medidas económicas. Sí al fin de los piquetes y de los intermediarios entre el Estado y los beneficiarios de los planes sociales, pero no necesariamente a toda la manera en que el Gobierno comunica sus decisiones. Sí al cambio económico, pero no a la pelea permanente con periodistas, empresarios, artistas o dirigentes políticos.
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Y hay otro grupo que responde exactamente al revés. Es el que dice “no, pero”. No a Milei, pero tampoco quiere volver a la Argentina anterior. No a Milei, pero no quiere volver a convivir con una inflación descontrolada. No a Milei, pero tampoco quiere regresar al modelo político que identifica con el kirchnerismo. No a Milei, pero tampoco está dispuesto a tirar por la borda todos los cambios que se produjeron desde diciembre de 2023.
Los dos grupos tienen algo en común: el “pero”. Y quizás haya llegado el momento de ponerle nombre a ese fenómeno: el votante perista argentino.
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No necesariamente porque sea de centro o moderado. Es “perista” porque necesita poner una condición a su posición política. Porque puede coincidir con el rumbo general y cuestionar determinadas decisiones, o rechazar al Gobierno y, al mismo tiempo, rechazar el regreso al pasado.
La expresión no nació de una encuesta electoral tradicional. Isonomía Consultores comenzó a hablar de los “siperistas”: aquellos que aceptan la orientación general del cambio impulsado por Javier Milei, pero tienen objeciones sobre determinadas políticas, sus costos sociales o las formas del Presidente.
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En mayo, uno de sus directores, Pablo Knopoff, planteó que esos votantes podían ser decisivos para la próxima elección. Una frase suya merece ser tomada en serio: “El rumbo es más grande que Milei”. Porque si efectivamente existe una parte de la sociedad que considera necesarias algunas transformaciones iniciadas por el Presidente, pero que no necesariamente quiere a Milei como la única forma posible de continuarlas, entonces el problema electoral cambia.
Ya no se trata solamente de quién está a favor o en contra del Presidente. Se trata de quién se queda con el cambio.

El “pero” empieza a tener volumen
Las distintas mediciones de opinión pública muestran que hay un electorado que no encaja cómodamente en las identidades políticas más fuertes.
Una encuesta de las últimas semanas que llegó a la Casa Rosada encontró que el 14,6% de los consultados seguramente votaría a un espacio que no fuera ni libertario ni kirchnerista, mientras que otro 40,7% decía que podría hacerlo. Es decir, un 55,3% mostraba algún grado de apertura a una alternativa por fuera de los dos polos.
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Pero hay una aclaración fundamental: estar dispuesto a votar una alternativa no significa que exista una candidatura capaz de unificar a ese electorado. Tampoco equivale a una intención de voto efectiva. Ahí está la diferencia entre demanda y oferta.
Puede existir un electorado que quiera algo diferente sin que haya todavía alguien capaz de representarlo. Las mediciones de Management & Fit también han mostrado matices entre quienes prefieren la continuidad del rumbo oficial y quienes quieren mantenerlo con modificaciones. Es una distinción importante: no es lo mismo apoyar sin condiciones la continuidad de un gobierno que querer preservar algunos de sus objetivos y corregir determinadas políticas.
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Es, precisamente, la lógica del “sí, pero”.
Poliarquía, por su parte, registró en septiembre una aprobación de la gestión de Milei del 42%, en un escenario de deterioro de algunos indicadores políticos y de pérdida de apoyo en determinados sectores. Ese dato no permite afirmar que todos los desencantados se hayan convertido en peristas. Sí obliga a mirar con atención qué hay detrás de la aprobación, el rechazo y las razones que llevan a cada ciudadano a ubicarse en uno u otro lugar.
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Otros introducen una advertencia extra: que exista una demanda de alternativa no significa que haya una tercera fuerza competitiva. La polarización continúa ordenando una parte importante de las preferencias electorales. Por eso el fenómeno del perista es más interesante que la vieja discusión sobre la “avenida del medio”.

Importante: no estamos hablando necesariamente de moderados. Estamos hablando de personas que pueden ser firmes en algunas convicciones y críticas en otras. Personas que quieren un cambio profundo y, al mismo tiempo, cuestionan la forma en que se lo lleva adelante. O que rechazan a Milei, pero no quieren que la respuesta sea volver a un esquema político y económico que consideran agotado.
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La pregunta es si esas posiciones pueden convertirse en una identidad electoral.
¿Y entonces qué puede pasar en 2027?
La Argentina probablemente vuelva a tener una elección polarizada. La pregunta es si esa polarización tendrá que organizarse necesariamente alrededor de los mismos extremos que dominaron la conversación política durante los últimos años.
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Cristina Kirchner está cumpliendo prisión domiciliaria y permanece inhabilitada para ejercer cargos públicos por la condena firme en la causa Vialidad. Eso no significa que el kirchnerismo haya desaparecido: conserva dirigentes, estructuras territoriales y una base electoral. Pero sí modifica las condiciones en las que deberá reorganizarse la oposición de cara a 2027.
En ese escenario aparece una posibilidad que merece ser examinada. Quizás la próxima elección no se dirima entre continuidad y cambio. Quizás se dirima entre dos maneras de continuar el cambio.
Una podría ser la continuidad dura: la defensa integral del rumbo económico, político y cultural de Milei. La idea de que las transformaciones requieren profundización y que cualquier corrección corre el riesgo de convertirse en una marcha atrás.
La otra podría ser una continuidad racional. Aceptar que la inflación debía bajar. Que el déficit fiscal no podía seguir creciendo. Que el Estado necesitaba reformas. Que los piquetes no podían continuar y que la política de seguridad debía cambiar.
Pero, al mismo tiempo, sostener que una cosa es cambiar y otra es gobernar. Que hay costos sociales que atender, instituciones que cuidar, formas de comunicar que pueden modificarse y sectores que necesitan ser escuchados. Y que el desafío de una transformación no es solamente iniciarla. Es conseguir que perdure.
Ahí aparece una pregunta que puede ser decisiva: ¿el cambio de Milei puede sobrevivir a Milei? Si una parte importante de la sociedad considera que determinadas transformaciones llegaron para quedarse, el próximo presidente no necesariamente tendrá que ser alguien que desarme lo hecho. Podría ser alguien que proponga sostener lo que funcionó y corregir lo que no.
“Esto que funcionó, lo mantengo. Esto que no funcionó, lo corrijo”. Eso sería diferente de volver al kirchnerismo. Y también sería diferente de continuar exactamente como hasta ahora. Sería una disputa por la administración del cambio.

El votante “perista” podría convertirse así en una figura central de 2027. No porque necesariamente esté buscando una tercera vía, sino porque puede estar buscando una segunda etapa. Una etapa en la que algunas de las transformaciones de los últimos años se conviertan en políticas capaces de trascender a quien las impulsó.
Para que eso ocurra, sin embargo, no alcanza con una candidatura que prometa mejores formas o más sensibilidad social. También necesitaría ofrecer garantías de continuidad sobre aquello que sus potenciales votantes consideran valioso. Y demostrar que corregir no significa desandar.
Esa es una dificultad política enorme: ¿cómo construir una alternativa al mileísmo sin aparecer como una amenaza al cambio que una parte de la sociedad todavía respalda?
La paradoja es interesante. Milei llegó al poder con una sociedad que quería romper con muchas cosas. Ahora podría aparecer una parte de esa misma sociedad que diga: “Sí, había que romper. Pero ahora hay que construir”.
El cambio puede ser una decisión electoral. Convertirlo en un proceso duradero requiere algo más: reglas previsibles, políticas públicas capaces de atravesar gobiernos y acuerdos que no desaparezcan con cada elección.
La polarización no impide necesariamente esos acuerdos, pero los vuelve más difíciles. La competencia electoral exige diferenciarse del adversario; la construcción de políticas duraderas exige reconocer que el otro también puede tener algo para aportar.
La pregunta, entonces, no es todavía quién será ese candidato. Ni siquiera sabemos si existirá. Hay algo mucho más importante: ¿existe realmente ese votante y tiene el peso suficiente para modificar la competencia electoral?
Las señales que describen distintos analistas justifican investigarlo, pero no permiten dar por probado que ese electorado vaya a comportarse como un bloque ni que vaya a encontrar una representación común.
El gran interrogante de 2027 no es solamente cuántos argentinos están con Milei y cuántos están en contra, sino cuántos creen que el cambio fue necesario, pero quieren que alguien lo continúe de otra manera. Porque quizás la próxima elección no sea una disputa entre volver atrás o seguir adelante.
Quizás sea una disputa por el cambio que ya ocurrió.
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